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Cambio climático: Al calor de la ciudad


18 de abril de 2026

Los modelos con los que se estudia el clima global presentan algunas limitaciones, como la poca representación que tienen las ciudades en sus cálculos. Un trabajo internacional pionero, con participación de un equipo argentino aborda ese problema y analiza, mediante modelos climáticos regionales, las características de decenas de megaciudades, entre ellas, el AMBA. Se busca aportar a la planificación de ciudades más sostenibles y a la comprensión de las islas urbanas de calor.

Adrian Negro

Que en las ciudades el calor es más intenso puede parecer una verdad de perogrullo, pero dentro de una ciudad el calor no se siente siempre igual. En un contexto de cambio climático resulta cada vez más necesario contar con datos y estimaciones lo más certeras posibles sobre el impacto climático de las urbes. A eso –o más precisamente, a los medios para lograrlo– se dedica un reciente trabajo internacional publicado en la revista Urban Sustainability, perteneciente a Nature, en el que participa un equipo argentino con sede en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA.

El tema cobra cada vez mayor relevancia, sobre todo teniendo en cuenta que, según datos de Naciones Unidas, más del 50 por ciento de la población mundial vive en ciudades. Se estima que esa cifra trepará al 70 por ciento para el año 2050. “El caso de Argentina es muy particular porque el 91 por ciento de las personas vive en ciudades”, advierte Luis Muñoz, becario doctoral en el Centro de Investigaciones del Mar y la Atmósfera (CIMA, UBA-CONICET) y el Instituto Franco-Argentino de Estudios sobre el Clima y sus Impactos (IFAECI, UBA-CONICET-CNRS-IRD).

Los modelos climáticos resuelven ecuaciones que permiten predecir o pronosticar el comportamiento de las variables atmosféricas. Desde el equipo señalan que hace poco más de diez años se comenzaron a explorar nuevos esquemas debido al incremento de la capacidad computacional y de la resolución a la que se puede llegar. “Cuando mejoramos la resolución empezamos a detectar cosas que antes no se observaban en los modelos de escalas más grandes, como las ciudades, que a pesar de que geográficamente son importantes, son sitios pequeños comparadas con toda la masa continental del planeta”, explica Muñoz.

 

“Empezamos a ver que tienen características muy particulares que no solo influyen a nivel local en la ciudad, sino que también tienen el potencial de afectar a nivel regional. Sin embargo, la resolución que aún manejamos no permite representar a muchas ciudades, porque deben ser muy grandes para que aparezcan. En simulaciones climáticas regionales, se logró detectar cuarenta y un áreas urbanas a nivel mundial, entre ellas la Ciudad de Buenos Aires y su área metropolitana”, agrega.

Muñoz destaca que el hecho de contar con un modelo que explícitamente date esta cuestión mejora la representación de la isla urbana de calor –el fenómeno producido por las características de los materiales existentes en la ciudad que, a diferencia del suelo natural, retienen más el calor–. Y afirma: “En particular, sobre Buenos Aires, el estudio observa que, en los meses de verano, la isla urbana de calor puede alcanzar los dos o tres grados centígrados por encima del área rural”.

El experto comenta que muchas veces los estudios de cambio climático son muy generales, abarcando, por ejemplo, toda Sudamérica. “Sin embargo, los impactos más fuertes del cambio climático relacionados con la temperatura se van a sentir principalmente en las ciudades”, afirma.

 

Un zoom climático

Los modelos climáticos pueden pensarse al igual que una cámara fotográfica que, a mayor resolución, más definición y detalles en la imagen. Así lo explica Lluís Fita, investigador del CIMA y del IFAECI. En ese sentido, los modelos han avanzado desde cuadrículas que agrupan de cincuenta a cien kilómetros hasta lograr el alcance de un kilómetro.

“La mayor resolución nos permite ver fenómenos que ocurren a una escala más pequeña. Por ejemplo, los que se producen por la interacción entre la radiación y la estructura de una ciudad; la sombra que producen los edificios; el impacto de un parque”, afirma Muñoz. Y suma: “Es un tema pionero a nivel internacional y los grupos de investigación se reúnen periódicamente para desarrollar más y mejores herramientas que ayuden a entender mejor qué sucede en el medio urbano”.

Tal es el caso del proyecto enmarcado en el Experimento Regional Coordinado de Reducción de Escala Climática (CORDEX, por sus siglas en inglés), una iniciativa del World Climate Research Programme, en el cual participa el equipo del CIMA-IFAECI aportando la representación de una ciudad desde estas latitudes. “Es un trabajo que estamos realizando desde hace tres años. Es el plan de mi tesis doctoral: hacer una exploración de impacto del área urbana de Buenos Aires en el clima regional a través de modelos”, define Muñoz. Y aclara: “Es un ida y vuelta de información: mientras el proyecto internacional puede enfrentar los problemas más grandes de los modelos, nosotros estamos desarrollando investigación a nivel local en el área metropolitana de Buenos Aires y entendiendo la diversidad de esta ciudad con respecto a otras”.

Según Andrea Carril, investigadora del CIMA y del IFAECI y codirectora junto a Lluís Fita de la tesis de Luis Muñoz, estos trabajos son relevantes porque permiten ver las diferencias climáticas dentro de la ciudad. “Se trata de un insumo para la sustentabilidad de las ciudades. Si antes contábamos con una determinada proyección de cambio climático, como un mismo píxel cubría toda la ciudad, esa proyección se aplicaba por igual a todo el píxel. Sin embargo, al caminar la ciudad no se siente igual en todas partes. Estos trabajos permiten ir bajando la escala y sumar complejidades, aunque con muchas incógnitas latentes, porque las bases de datos urbanos en AMBA son muy acotadas”, desarrolla.

 

La cara oculta del AMBA

“Una ola de calor no se percibe del mismo modo en la zona de Ciudad Universitaria, al lado de la reserva natural, que en la Villa 31, que presenta una alta densidad poblacional y edilicia con pequeños pasadizos que no permiten mucha circulación de aire”, plantea Muñoz. El científico comenta que utilizando bases de datos públicas accedieron a información importante para representar mejor la morfología de la ciudad en el modelo. Y aclara: “Era vital incorporar las diferentes tipologías urbanas, incluyendo villas y asentamientos para determinar las características de su clima, cuantificar si una ola de calor podría ser más severa en unas zonas que en otras de la ciudad y comprender los procesos asociados”.

Con ese trabajo, el equipo acaba de publicar otro artículo con algunos hallazgos en torno al AMBA. “Logramos mejorar la representación de la diversidad urbana del área metropolitana de Buenos Aires. Con la información local pública corregimos el mapa que estaba disponible mundialmente, hecho con imágenes satelitales y una misma metodología para todo el mundo. Lo mejoramos para nuestro modelo y lo publicamos para que cualquier persona que quiera hacer un estudio pueda acceder y usarlo”, comparte Muñoz.

En cuanto a los datos públicos, Carril agrega: “Los morfológicos que se utilizan para que el modelo vea a la ciudad son bastante buenos. Hay un detalle interesante de los edificios. Pero faltan datos de consumo, por ejemplo, del uso del aire acondicionado, que es una variable importante porque, mientras el equipo enfría hacia el interior, emite calor hacia afuera”. Por su parte, Muñoz advierte: “Otra información que nos hace falta es la meteorológica, con la que validamos los modelos. Actualmente utilizamos diez estaciones del Servicio Meteorológico Nacional que están dentro del área metropolitana de Buenos Aires, pero no tienen las características que necesitamos para estudios de clima urbano”.

Los investigadores remarcan que existen experiencias en otras ciudades del mundo, como la de París, que se destaca por sus redes y campañas de monitoreo de clima urbano. “Sería excelente contar con una red similar, para lo que se requiere inversión de fuentes públicas, ya que la finalidad última es el bienestar de la población”, propone Muñoz.

“Estamos avanzando con el modelado, pero sería bueno montar una gran red de observación de clima urbano y hacer campañas específicas en momentos críticos, como cuando ocurren olas de calor”, agrega Carril. Por su parte, Fita destaca el aporte local: “La relevancia de que estemos dentro de este proyecto internacional, en el que la mayoría de los participantes son investigadores de Europa, es que nuestro aporte realmente permite entender que las ciudades de Sudamérica son muy distintas a las europeas. Así podemos abrir puertas y hacer preguntas científicas que no se hubieran hecho si no formáramos parte”.

A su vez, el equipo señala que los modelos incluyen muchos parámetros de escala global, “sin bajarlos al territorio”, y la recomendación internacional es corregirlos, aunque no se cuenta con la información necesaria. “Tratamos de aproximarnos lo mejor posible y entender toda esa gran variedad de más de cien parámetros, cuáles son los que causan más impacto y para cuáles tenemos información disponible –explica Muñoz–. Así hicimos un análisis de la sensibilidad que tiene el modelo a los cambios de estos parámetros. Encontramos que los morfológicos, como la altura de edificios y el ancho de las calles, son los que causan un impacto mayor”.

Del modelo al territorio

Muñoz comenta, además, que vienen barajando “aterrizar” su trabajo a nivel local. Para eso, iniciaron diálogos con la Gerencia Operativa de Cambio Climático de la Ciudad de Buenos Aires, con algunos municipios del AMBA y con el Ministerio de Ambiente de la Provincia de Buenos Aires: “La idea es diseñar escenarios para evaluar qué efectos tendría hacer cambios en la ciudad. Explorar, por ejemplo, qué pasaría con el techado verde, que es algo que se evalúa mucho bajo la idea de ciudades del futuro. El modelo nos permite entender qué impacto tendría implementar esa estrategia”, comparte.

“Hay mucha discusión a nivel mundial sobre los efectos del cambio climático y la necesidad de crear más espacios verdes, como plazas y parques”, señala Carril. Y continúa: «Se debe avanzar en la posibilidad de hacer estudios más finos, porque no cualquier implementación en ese sentido es igual. Hay investigaciones que observaron que en algunas ciudades determinada forestación servía, pero en otras no. Dependiendo del clima de la región y de cómo transpiran los árboles, el efecto puede ser distinto. No se trata de plantar cualquier cosa”.

Por último, los investigadores destacan que su trabajo también aporta a la elaboración de un informe del IPCC de la ONU (Panel Intergubernamental de Cambio Climático) específico sobre ciudades. “El mismo esfuerzo que se hace cada siete años a nivel global, ahora se está haciendo para el clima urbano. Sería el primero y estaría disponible dentro de uno o dos años. Estamos intentando aportar nuevos conocimientos para que estos informes puedan tener mayor base científica”, anticipa Lluís Fita.

“Y también para que se pueda representar el sur global”, agrega Muñoz. Y concluye: “En el norte hay mayor inversión y apoyo a la ciencia, pero nosotros, con el apoyo de la UBA y del CONICET, y el apoyo francés a través del IFAECI, estamos tratando de aportar conocimientos sobre el clima urbano local para que los informes también incluyan la ciencia de esta zona del mundo”.

Adrian Negro

Adrián Negro es Licenciado y Profesor en Ciencias de la Comunicación (UBA). Docente de media y superior. Periodista de ciencias en NexCiencia. 

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