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Cómplice y con poder propio


06 de junio de 2026

Columna política y deportiva del Mundial 2026 por Diego “Vasco” Arturo.

Diego Arturo

La FIFA nació como una federación para estandarizar las reglas del fútbol. Con el tiempo se transformó en una herramienta de control político y económico sobre el deporte más popular del mundo. Hoy, detrás del espectáculo de los mundiales, decide y actúa como una multinacional que premia a los poderosos y sanciona a los débiles.

La FIFA surgió en 1994 como una federación internacional que, de manera consciente o inconsciente, asumió la tarea de regularizar todo lo relacionado al juego: normas, vestimenta, dimensiones de los estadios, etcétera. Con ese gesto, unos pocos se estaban apropiando de un deporte. De ahí en adelante no solo pondrían las reglas del juego, sino que decidirían qué balón es el oficial, qué patrocinador puede anunciarse en las gradas o cómo deben celebrar los goles los jugadores.

Detrás de una aparente buena idea de estandarización, se escondía el tener el control del fútbol. La FIFA se fue convirtiendo a lo largo de los años en una federación más política que deportiva, utilizada en numerosísimas ocasiones para proyectos de estado bastante poco éticos.

El fútbol es un poder: moviliza masas y las distrae de su día a día y muchos líderes, con la complicidad de la FIFA, han sabido sacar partido de eso. Esta federación, gracias a su prestigio internacional, ha funcionado como embajadora del mal, blanqueando lugares que no deberían ser premiados con un mundial.

Pero el control político del fútbol por parte de los Estados no es nuevo. Mucho antes de que la FIFA se convirtiera en una superpotencia económica, ya había servido como vidriera para regímenes autoritarios. En la Italia de Mussolini, los Mundiales de 1934 y 1938 fueron utilizados como herramientas de propaganda fascista: el Duce obligaba a los jugadores a hacer el saludo romano y usaba cada victoria para alimentar su culto a la personalidad.

La FIFA, lejos de oponerse, aceptó la sede y las imposiciones del régimen. Décadas después, en el Mundial de Inglaterra 1966, otra polémica marcaría el rumbo: la final entre Inglaterra y Alemania Federal quedó manchada por el famoso “gol fantasma” de Geoff Hurst, convalidado por un árbitro y un líneo que actuaron bajo una presión política y local incontrastable. La FIFA, una vez más, miró para otro lado.

La doble moral actual es insostenible. En 2022, tras la operación militar especial de Rusia a Ucrania, la FIFA suspendió a Rusia de todas las competiciones en 48 horas. Argumentó “paz y unidad”. Sin embargo, mientras Estados Unidos e Israel mantienen una guerra activa contra Gaza (con bombardeos sobre Irán como telón de fondo), la FIFA no ha sancionado a ninguno de los dos.

La conclusión es inevitable: Rusia fue castigada porque era un enemigo geopolítico conveniente; Estados Unidos es intocable porque el negocio del fútbol necesita su mercado, sus dólares y sus patrocinadores.

La hipocresía alcanza nuevas dimensiones cuando se cruzan la política migratoria de Estados Unidos y el racismo en el fútbol europeo. Mientras Donald Trump —y la maquinaria republicana— impulsan políticas de deportación masiva y el ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas) detiene a familias latinoamericanas en condiciones denunciadas como tortura por Naciones Unidas, la FIFA no solo no condena a Estados Unidos, sino que hace oídos sordos.  

Cuando la violación de derechos humanos la comete Estados Unidos contra inmigrantes latinoamericanos, la FIFA no dice nada. La vara no es la misma. Nunca lo fue.

Para la FIFA, Europa y Estados Unidos son socios intocables. Sudamérica, África y Medio Oriente, en cambio, son territorios a los que se disciplina con mano dura. El fútbol, ese hermoso invento popular, sigue siendo secuestrado por los mismos de siempre.

La FIFA no es una federación deportiva. Es una multinacional política disfrazada de árbitro imparcial. Pone las reglas del juego, pero también decide quién juega, quién mira, quién paga y quién es castigado. Detrás de cada mundial hay un operativo de blanqueo de poder. Y mientras no se le exija coherencia, mientras no se la enfrente con las mismas herramientas que ella usa para disciplinar a los débiles, el fútbol seguirá siendo secuestrado por los poderosos de siempre.

Bonito es el fútbol y la pasión que despierta, pero el negocio está ganando y sin partido de vuelta.

Diego Arturo

Diego Hernán Arturo es comunicador social, socio fundador de la cooperativa EME contenidos, militante político y de la economía social.

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