El corazón de la bestia
09 de enero de 2026
La reciente invasión a Venezuela marca un nuevo capÃtulo en la historia sangrienta del imperialismo norteamericano. Es la expresión contemporánea del mismo monstruo que desde hace más de siglo y medio organiza, financia y ejecuta golpes de Estado, invasiones, bloqueos y masacres en nombre de la libertad y la democracia.
La reciente invasión a Venezuela, ejecutada bajo el disfraz de una “intervención humanitaria contra la dictadura” y celebrada por los grandes medios de comunicación occidentales, marca un nuevo capítulo en la historia sangrienta del imperialismo norteamericano. Es la expresión contemporánea del mismo monstruo que desde hace más de siglo y medio organiza, financia y ejecuta golpes de Estado, invasiones, bloqueos y masacres en nombre de la libertad y la democracia. Cada misil lanzado, cada sanción impuesta, cada gobierno derrocado, no es un hecho aislado: es la consecuencia lógica de una ideología que nació con la Guerra de Secesión, como continuación anglosajona, y que aún hoy guía sus pasos. El corazón de la bestia late, inmutable, bajo nuevas máscaras.
Comprender al enemigo
El secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores es una muestra más de la impunidad imperialista y la amenaza constante que significa Estados Unidos para el desarrollo soberano de los pueblos del mundo. La voluntad de frenar la decadencia hegemónica de su imperio, una vez más, hace que la bestia muestre su verdadero rostro, su peor cara, su esencia asesina. En defensa propia, y para tener posibilidad de enfrentarla y vencerla, tenemos la obligación de identificar y conocer profundamente al enemigo.
En este sentido, poco y nada han contribuido los intelectuales contemporáneos a la comprensión de la ideología de los Estados Unidos de Norteamérica. Pero eso no es solo un ejercicio académico, sino una tarea militante: es una necesidad de supervivencia y una fuente necesaria para la batalla por la liberación de los pueblos.
Un hombre puede estar en una encrucijada y decir primero que avanzará hacia el norte, luego que lo hará hacia el sur, después que se dirigirá al oeste, y más tarde que marchará hacia el este. Y, mientras no mueva los pies, los cuatro discursos serán igualmente creíbles. Pero apenas empiece a caminar, su verdadera intención quedará expuesta, a la luz del sol. En consecuencia, para nosotros que hemos perdido 30.000 compañeros a manos de estos hijos de la guerra y del capital, resulta imperioso conocer su historia y, así, el verdadero pensamiento que guía sus actos. No las palabras vacías con las que nos entretienen los medios o los intelectuales a sueldo, ni los mecanismos de defensa legales e institucionales, ni la mera disputa por el modelo económico; sino la lógica profunda de un sistema que se sostiene sobre la guerra y la muerte.
Si no desciframos su ideología, subestimaremos su conducta y no comprenderemos cuán cruel puede ser —y ha sido— desde su nacimiento. Los Estados Unidos de Norteamérica son el jefe del imperialismo mundial, el mayor asesino serial de la historia humana, el más calculador y frío. Conocer su pensamiento real es la única forma de desactivar su engaño: solo comprendiendo su diplomacia, su prensa, su propaganda, podremos adelantarnos a sus actos y contrarrestarlos.
La ideología del monstruo
No hay diferencia sustancial entre los marines de ayer, las sanciones y secuestros de hoy: todas son formas de guerra total contra los pueblos libres. Desde Guatemala en 1954, donde derrocaron a Jacobo Árbenz, hasta Chile en 1973, Panamá en 1989 o la persecución sistemática actual contra Venezuela, Cuba y Nicaragua: el patrón se repite.
En Medio Oriente, la barbarie imperial se expresó con igual frialdad. Afganistán fue reducido a ruinas durante veinte años de ocupación; Irak fue invadido bajo la mentira de las “armas de destrucción masiva”; Libia, la nación más próspera de África, fue destruida por la OTAN; Siria fue desmembrada por mercenarios financiados por Washington. Y mientras tanto, el Estado de Israel —su brazo armado en la región— perpetúa un genocidio contra el pueblo palestino, sostenido por miles de millones de dólares anuales en ayuda militar. La sangre de Gaza es también sangre de los Estados Unidos.
En Nuestra América, el corazón de la bestia se siente cada vez que una base militar se instala, cada vez que el FMI dicta políticas de ajuste o cuando la deuda se convierte en mecanismo de dominación. La Doctrina Monroe de 1823, con su hipócrita lema “América para los americanos”, continúa viva en cada golpe blando, en cada lawfare, en cada bloqueo, en cada sanción económica.
Los orígenes del horror
La ideología estadounidense no es reciente. Es la continuidad de la barbarie del imperio anglosajón, y su actualización de casi 160 años que se remonta a su consolidación durante la Guerra de Secesión. Allí nació el espíritu del monstruo, el corazón de la bestia.
Primero en el tiempo, pero no el más importante, fue el senador por Nueva York y Secretario de Estado, William Seward que le sugirió, a su presidente, una retorcida vía hacia la unidad del Norte industrialista y el Sur latifundista. Le propuso declarar la guerra a España, Francia, Rusia e Inglaterra bajo la hipótesis del enemigo externo como único medio de unidad a fin de ir juntos por la gloria y la conquista. Atroz razonamiento mediante el cual la guerra es la base de la unidad y el objetivo a compartir con el Sur.
Planteo inimaginable para cualquiera de nuestros países de la Patria Grande, porque la guerra y la conquista son naturales a la base de la ideología imperial estadounidense, contraria a la nuestra.
Como segundo hito, Lincoln, luego de rechazar la propuesta de Seward de ir a la guerra en Europa, decidió por un enfrentamiento interno (norte sur) como mecanismo de unificación. Enfrentó la dificultad de que la opinión pública del Norte era adversa a un enfrentamiento armado contra el Sur y planeó dar vuelta esa situación. El plan consistió en enviar una columna de abastecimiento a Fuerte Sumter (Sur), visiblemente débil y desprotegida adrede para que las tropas fronterizas sureñas la atacaran y masacraran. Así, el Norte, indudablemente, cambiaría de opinión y se decidiría a declarar la guerra sin necesidad de mayor presión.
Los hechos planificados por Lincoln se consumaron el 12 de abril de 1861. A partir de ellos la opinión pública del Norte se volvió favorable a la guerra, y hasta el día de hoy, el Pueblo norteamericano es educado en la admiración de la astucia de Lincoln y la ignorancia de todo juicio ético de su conducta. Entregador y asesino de su propia gente, es considerado un héroe, sin jamás permitir la crítica de su canallesco proceder, de sus aberrantes especulaciones.
Otro suceso ilógico, aberrante para cualquiera de nuestros pueblos, pero heroico y conmemorado por la historia yanqui. Otra vez, sus normas, su pensamiento contrario al nuestro.
Tercero en el tiempo, y el más importante en la conformación ideológica, es el General William Sherman. De praxis inmediata, su discurso y análisis pueden estar hoy tanto en boca de un militar del pentágono, como en un empresario industrial, un economista o un periodista del imperio.
William Sherman aseguraba que de las cuatro principales tareas en la guerra (táctica, estrategia, logística e inteligencia) la tercera había superado, en importancia, a las dos primeras. El prusiano Karl Von Klausewitz, entendía como principales a la táctica y estrategia, pero Sherman reescribió el pensamiento militar a partir de sus actos. Decía que el arte táctico de ganar batallas y la ciencia general de planificar la sucesión de las mismas para ganar la guerra, estrategia, no servían sin la logística que les proveyera el sustento material para su victoria.
Por lo tanto, la logística era primordial, y todo aquel que colaborara con el esfuerzo de guerra, aunque fuera un civil de la retaguardia, era tanto o más importante que un soldado armado en el frente. Porque el segundo dependía del abastecimiento en todas sus variables. Entonces, se plantea el concepto de guerra total, donde todos deben ser considerados soldados en combate, y como tales hay que tratarlos.
Así, Sherman transformó en soldados enemigos a carreros, cocineras, trabajadores industriales, costureras, campesinos, médicos… inauguró de una vez y para siempre la matanza intencional y sistemática de civiles. Matanza que hoy se dice bajo el eufemismo “efectos colaterales indeseados”, pero que los norteamericanos planifican conscientemente desde hace 160 años. Empezaron contra su propia gente, sus compatriotas, en su guerra civil, y ya nunca más se detuvieron.
Esa doctrina alcanzó su expresión ejemplar más terrible en agosto de 1945, cuando el presidente Harry Truman ordenó arrojar bombas atómicas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, a pesar de que Japón ya se encontraba en negociaciones de rendición. En Hiroshima, el 6 de agosto, una sola bomba mató instantáneamente a más de 70.000 personas, y otras 100.000 murieron en las semanas siguientes por quemaduras y radiación. Tres días después, el 9 de agosto, Nagasaki fue arrasada: más de 40.000 muertos inmediatos, y decenas de miles de víctimas posteriores. No fue un acto de necesidad militar sino una demostración deliberada de poder, un mensaje al mundo —y especialmente a la naciente Unión Soviética— de que los Estados Unidos poseían el arma, y la voluntad, de destruir la civilización humana. Así, el concepto de “guerra total” de Sherman se transformó en “aniquilación total”: la conversión del planeta entero en campo de batalla potencial.
Desde ese momento, ninguna guerra posterior puede entenderse sin esa lógica del terror: en Corea, Vietnam, Irak, Yugoslavia o Gaza, los Estados Unidos repiten la misma doctrina —destruir la infraestructura civil, quebrar la voluntad del enemigo, imponer la rendición incondicional— con nuevos medios tecnológicos pero idéntico espíritu.
Sherman planteó que, desde la logística, la táctica y estrategia de un ejército derrotado pueden reconstruirse. Entonces, el armisticio ya no puede tener lugar, solo la rendición incondicional es aceptable. “Todo individuo del otro lado debe ser considerado un combatiente y no una simple persona. Cualquier medio de hacer la guerra debe considerarse legítimo. Las ciudades que demuestren simpatía por la causa rebelde deben ser destruidas. (Atlanta, Estado de Georgia, 1861)”.
Aunque resulte difícil trasladarse a aquellos tiempos, es muy fácil advertir la vigencia de la ideología concebida en la Guerra de Secesión.
Lo peor es que esta base de pensamiento definió su acción imperialista hasta estos días. La estrategia principal puesta al servicio de destruir y matar, desde la raíz, toda amenaza a sus intereses. Los Estados Unidos organizaron la producción industrial de la muerte. Hace 160 años ya, que son un país de asesinos. Esa es su verdadera y más profunda naturaleza, su ideología, su sentimiento, el corazón de la bestia.
La vigencia expuesta del pensamiento criminal
La doctrina de Sherman se actualizó con la tecnología y el capital. De Vietnam a Yugoslavia, de Irak a Gaza, el mismo principio se repite: aniquilar la infraestructura civil, destruir la logística del enemigo, quebrar la voluntad de los pueblos. La OTAN perpetúa esa lógica bajo nuevos nombres: “intervención humanitaria”, “defensa de la democracia”.
En Nuestra América, la versión moderna incluye lo financiero y mediático. Sumado a los tanques por mar, están las deudas espurias, los gobiernos impuestos y la guerra comunicacional. Todo cumple el mismo propósito: someter.
Como ejemplo local, en febrero del año 2011, la mismísima Hillary Clinton, cuando era Secretaria de Estado, ante las protestas de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner por un avión militar yanqui que pretendió meter drogas y armas ilegales en Argentina, confesó que era impotente ante la circunstancia. Sin vergüenza, denunció que por cada uno de sus diplomáticos el Pentágono tenía 5 militares en América Latina. Y estas proporciones, son consecuencias de su ideología, su real pensamiento.
Argentina y la Patria Grande pagaron con sangre el desconocimiento de esa verdad. Desde los golpes de 1955 y 1976 hasta las políticas recientes de endeudamiento y desindustrialización, el enemigo siempre operó bajo la misma bandera.
De Ucrania a Gaza, de Haití a Venezuela, el imperialismo mantiene su esencia. Las nuevas guerras híbridas —económicas, mediáticas, tecnológicas— son prolongaciones del método Sherman. La fábrica de muerte se modernizó: ahora mata con drones, sanciones y algoritmos.
Comprender su conducta es defensa propia. Reconocer, exponer y desactivar el corazón de la bestia es la tarea de los pueblos libres del mundo. Unidad regional y cooperación internacional para destruir la maldita máquina de matar anglosajona. Solo así podremos construir una paz verdadera: una paz nacida de la justicia social, de la soberanía para decidir nuestro propio destino.


