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En espejo con el consenso de Washington


09 de marzo de 2024

El Pacto de Mayo que Milei intenta imponerle a los gobernadores es una demostración del proceso cíclico que vive nuestra historia.

Florencia Defelipe

No es la primera vez que nos enfrentamos a lecturas que nos aseguran que ha llegado “el fin de la historia”, que lo ideológico quedó viejo, que el Estado debe alejarse para que el mercado con varita mágica y mano invisible, nos venga a salvar de todos nuestros males.

Estos momentos aparecen cuando acarreamos experiencias negativas y gobiernos que deslegitiman a la política, muy parecido al proceso que atravesó también la Argentina en la década del ochenta.

Así como el Pacto de Mayo pretende reducir el déficit fiscal, liberar el comercio y Milei quiere asegurar que después llegará el alivio, el consenso de Washington pedía paciencia, esperar a que la copa se derramara. En nuestro país, el conjunto de fórmulas económicas neoliberales impulsadas por varios organismos financieros internacionales de los noventa, fueron en paralelo con el proceso de privatización de las empresas públicas.

“Al amparo de dichas ideas se formuló un paquete de leyes –compuesto, básicamente, por las Leyes de Reforma del Estado (23.696/89) y de Emergencia Económica (23.697/89)- que fue aprobado en tiempos sumamente cortos por ambas cámaras legislativas, donde se plasmaron los principales ejes de las reformas” explica Marisa Duarte, autora de “El Consenso de Washington y su correlato en la Reforma del Estado en la Argentina.”

“Nada de lo que deba ser del Estado, quedará en manos del Estado” era el mantra neoliberal para vender todo lo que se pudiera y, de esta manera, obtener los dólares necesarios para poder sostener el uno a uno.

Ahora pasa algo similar, los puntos que Milei necesita garantizarse – por medio de la Ley Ómnibus o el “Pacto de Mayo” – prepararía el terreno para su propuesta de campaña más famosa: la dolarización de la economía argentina. Muchas dirán “todo está dolarizado”. No, mi amigo. No es lo mismo ganar 300 mil pesos que 300 dólares mensuales, y ahí radica lo salvaje del objetivo del presidente.

En los noventa, también el gobierno de Carlos Menem necesitaba espalda internacional para poder sostenerse en el poder y garantizar el proceso que se llevaba adelante en toda América Latina, algo similar a lo que le sucede a Javier Milei, si bien puede prometer “motosierra” o “licuadora” no ha tenido muchos triunfos, salvo el DNU que sigue vigente.

La diferencia entre Menem y Milei son muchas, pero una sustancial es la cintura política con la que contaba el primero. El presidente libertario hace 24 horas hasta habría amenazado con “cerrar el congreso” de no tener ni ley ni pacto.

Pero lo extraño es proponerles a los mismos jefes de las provincias un pacto de ajuste y a su vez, querer comprar su voto prometiendo un “alivio fiscal” a los que acompañen. ¿Cómo será posible que ambas cosas coexistan juntas?

Para la política interior, el Consenso recomendaba también déficit cero, minimizar la ayuda social a los más vulnerables, facilitar la inversión extranjera y local. En el ámbito del trabajo, aseguraban que una flexibilización laboral y terminar con las indemnizaciones ayudaría a generar “más confianza” para que las empresas inviertan en nuestro país. 

Para poder lograr que estas ideas tengan aceptación, hubo dos situaciones tangibles. Por un lado, gobiernos anteriores que desgastaron la confianza de los ciudadanos y que estos mismos sienten que esa receta no va más. Por otro lado, aquellos que quieran comunicar estas nuevas ideas, para que sean aceptadas culturalmente. En 1992, Francis Fukuyama presentó su libro “El fin de la historia y el último hombre.”

El escritor sentó las bases para que el liberalismo pueda avanzar ya no solo con la teoría económica, sino con un relato claro. Ya que, en palabras del mismo Fukuyama "El fin de la historia significaría el fin de las guerras y las revoluciones sangrientas, los hombres satisfacen sus necesidades a través de la actividad económica sin tener que arriesgar sus vidas en ese tipo de batallas".

Algo similar sucede con nuestro actual presidente. Se puede estar en las antípodas de su pensamiento, pero es innegable que ha logrado captar la atención de jóvenes que recrean una épica de la crueldad con las ideas que él pregona.

La semana pasada definíamos el cierre de la agencia Télam (también me aventuro a decir que sucedió lo mismo con el INADI y el Ministerio de la Mujer, Género y Diversidad), que son decisiones tomadas solamente para intentar vender “una épica” al sector de su electorado. Ese treinta por ciento de la población cansado de que la política no le hable y que se quede “con la suya”.

Es necesario que la oposición en general y el peronismo en particular se articule para continuar haciéndole frente a este proyecto, no solo desde el Congreso, también desde lo cultural. Para vencer el embate neoliberal, pero también para dar la batalla cultural, más profunda que cualquier pacto a puertas cerradas.

Florencia Defelipe

Florencia Defelipe es periodista y locutora. 

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