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En las calles donde Diego nunca se fue


01 de noviembre de 2025

En un nuevo aniversario del nacimiento de Diego Armando Maradona, Pablo Montanaro, coautor del libro “Un D10S en la Patagonia”, describe con su pluma de narrador la ausencia más presente de todas.

Pablo Montarano

El aire huele a pizza, a café expreso y a fervor. En cada esquina del Quartieri Spagnoli —el corazón popular de Nápoles— los balcones parecen hablar. Camisetas celestes, banderas del Nápoli y estampitas de Maradona conviven con la ropa tendida. Desde lo alto, los ojos del “Dios del fútbol” vigilan a su pueblo en el inmenso mural de Largo Maradona, pintado en 1990 y restaurado en varias oportunidades. Allí, los napolitanos y los miles de turistas no se sacan selfies: rinden culto.

Cada tanto se escucha en medio de la multitud, un “Gracias, Diego” y alguien, muchos, tocan alguno de los retratos del 10.

El inmenso mural fue pintado en 1990 por Mauro Filardi y restaurada por el artista argentino Francisco Bosoletti en 2017. Frente a esa imagen, la gente no posa: reza. Algunos encienden velas, otros dejan flores, banderas o rosarios. Los turistas se mezclan con los vecinos que pasan cada día, persignándose al cruzar el mural como si se tratara de una iglesia abierta al cielo.

En Nápoles, Maradona no es una figura del pasado: es parte del presente urbano, una mezcla de ídolo, santo y hermano mayor. “Maradona es San Gennaro”, suelen decir los napolitanos. Nadie se atreve a discutir tal afirmación.

El santuario improvisado en Largo Maradona reúne velas, bufandas, banderines, camisetas y hasta medallas bendecidas. Allí, entre puestos de souvenirs, late la fe de un pueblo que encontró en Diego una forma de redención. Porque para los napolitanos, Maradona no solo les dio títulos: les dio orgullo, dignidad, un lugar en el mundo.

 

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No hay ciudad en el mundo donde un futbolista haya trascendido tanto los límites del deporte. En estas calles, Maradona no es un recuerdo: es una presencia viva.

En el corazón del Quartieri Spagnoli, una maraña de callejones estrechos y balcones cargados de ropa tendida, los ojos de Diego dominan el paisaje desde el mural.

Maradona es parte del paisaje urbano y del espíritu napolitano. Su rostro aparece en los bares, en las vidrieras, en las puertas de las casas, en los altares familiares.

El lugar, conocido como “el santuario de Diego”, no solo rinde homenaje al futbolista, sino al hombre que dio identidad a un pueblo que durante décadas fue mirado con desdén desde el norte de Italia. Maradona, con su magia y su rebeldía, convirtió al Napoli en campeón, pero sobre todo transformó la autoestima de una ciudad entera. Los napolitanos se reconocieron en él: en su origen humilde, en su talento desafiante, en su irreverencia ante el poder.

Desde que Maradona murió, el santuario se convirtió en una de las postales más visitadas de Italia, solo superada por el Coliseo romano. Miles de personas llegan cada día a ese rincón para rendir tributo. Algunos dejan cartas, otros simplemente se detienen a mirar. Todos sienten lo mismo: que Diego no se fue.

Caminé por Nápoles en mayo de este año y logré entender que Maradona no pertenece solo al pasado. Su imagen está grabada en los muros y en las almas. Los napolitanos recuerdan cuando el mejor jugador del mundo salió a la cancha del Stadio San Paolo cuyas tribunas estaban repletas para verlo vestir por primera vez la camiseta celeste. Recuerdan cada uno de los 115 goles y más de 70 asistencia de gol, la vuelta olímpica por coronerse campeón de la Serie A en dos ocasiones, verlo levantar una Copa Italia, una Supercopa y una Copa de la UEFA.

En Nápoles Maradona fue una metáfora viva de la esperanza popular, un espejo donde los humildes se vieron capaces de desafiar al poder, de ser grandes y de ganar. En esa ciudad, Diego convirtió la pelota en poesía y el fútbol en religión.

Maradona ya no está, pero en las calles ese ausente está presente. Es una presencia perpetua.

Diego sigue siendo eterno. No por los goles ni por las copas obtenidas sino porque encarnó la emoción más humana: la de un pueblo que encontró en un hombre común la posibilidad de soñar.

Nápoles sigue escuchando el eco de su nombre: Maradooo, Maradooo… El mito no morirá jamás. Vive en su gente que pasa, como yo en este mayo napolitano, por el mural y dice: “Gracias por todo, Diego”.

 


Pablo Montanaro nació en Buenos Aires y desde 2004 vive en Neuquén donde trabaja como periodista y coordinador de la carrera de Periodismo en el terciario Seneca. Ha publicado varios libros de poesía, investigación periodística y biografías. Es coautor de “Un D10S en la Patagonia. Maradona en Neuquén y Río Negro”.

Desde aquella primera vez en la Patagonia, más precisamente en Cipolletti en 1977 con la Selección Juvenil Argentina donde convierte su primer gol con la celeste y blanca en un partido amistoso contra el equipo rionegrino; con la camiseta de Argentinos Juniors frente a Deportivo Roca en General Roca en 1980; su estadía en Villa La Angostura donde se preparó para su vuelta a Boca en 1997; su participación en el torneo de Showbol en el estadio Ruca Che de Neuquén en 2008, y su vuelta a Cipolletti donde entrenó a la selección argentina para el amistoso contra Haití en Cutral Co de cara al Mundial de Sudáfrica 2010.

Pablo Montarano

Periodista, escritor y coordinador de la carrera de Periodismo en el Instituto Terciario Séneca.

 

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