Escándalo Epstein y las cúpulas al desnudo
04 de abril de 2026
Análisis crÃtico del caso Epstein como sÃntoma del poder, la impunidad y la lógica del capitalismo contemporáneo de Fernando Buen Abad.
Con el affaire Epstein, que no es un “escándalo” en el sentido vulgar que los medios administran para entretener a la plebe con migajas de horror; lo que se produce es, más bien, un texto social denso y macabro, una maquinaria de signos que condensa, como pocas, la verdad obscena de la burguesía contemporánea. Su fuerza semiótica no reside en la anécdota criminal —que ya sería suficiente para helar la sangre— sino en la arquitectura simbólica que la sostiene, una red de poder, dinero, silencio y cuerpos cosificados que funciona como metáfora viva del capitalismo tardío y de su moral de clase. Epstein no es una excepción; es un síntoma. No es un monstruo aislado; es un operador, un nodo, un significante privilegiado en la gramática de la dominación.
Así la burguesía siempre ha necesitado rituales de impunidad para reafirmarse como clase. En el feudalismo, el derecho de pernada; en el colonialismo, la violación como pedagogía del terror; en el capitalismo financiero, la orgía clandestina, el tráfico de cuerpos juveniles y la compra sistemática del silencio. El caso Epstein articula todos esos momentos históricos en una sola escena obscena; la acumulación originaria reaparece como acumulación de carne, como apropiación privada del tiempo vital de otros, como ejercicio de soberanía absoluta sobre cuerpos declarados desechables. La semiótica del poder se escribe aquí en la piel de las víctimas, convertidas en mercancía, en signo de prestigio, en moneda de intercambio entre caballeros del capital.
Nada en este entramado es casual. La isla privada, por ejemplo, no es sólo un espacio geográfico, es un signo. La isla funciona como metáfora del enclave burgués, del territorio separado del mundo donde la ley se suspende y la excepción se vuelve norma. Es el paraíso fiscal del deseo, la zona franca del crimen de clase. Allí, como en los paraísos fiscales financieros, la soberanía popular no rige; rige el contrato entre iguales, entre propietarios, entre sujetos que se reconocen mutuamente como dueños del mundo y de quienes lo habitan. La isla es el útero simbólico del capitalismo criminal, aislada, blindada, opaca, sostenida por una logística de complicidades que va desde pilotos y abogados hasta policías, jueces y periodistas domesticados.
Epstein mismo encarna una figura semiótica precisa, el mayordomo del deseo burgués, el proxeneta de alto nivel, el gestor de placeres ilícitos para una élite que necesita intermediarios para mantener las manos limpias. No es el rey; es el chambelán. Su riqueza, de origen siempre nebuloso, opera como signo flotante del capital financiero, dinero sin historia productiva visible, dinero que parece surgir de la nada, como si confirmara la ilusión burguesa de que la acumulación es un acto casi mágico, desligado del trabajo y del sufrimiento ajeno. Ese dinero compra no sólo cuerpos, sino narrativas, coartadas, absoluciones anticipadas. Compra tiempo mediático, compra olvidos programados, compra la conversión del crimen en rumor y del rumor en ruido.
Toda la prensa hegemónica juega aquí un papel semiótico crucial. Transforma la violencia estructural en morbo episódico, reduce la lucha de clases a un thriller judicial, personaliza lo que es sistémico. Se habla del “caso Epstein” como si se tratara de un expediente cerrado, de una anomalía corregible, de una mancha en un traje por lo demás elegante. Pero la semiótica marxista exige leer más allá del fetichismo del individuo. El verdadero sujeto del texto no es Epstein, sino la clase que lo produjo, lo protegió y, llegado el momento, lo sacrificó como chivo expiatorio para preservar el conjunto. El suicidio —o muerte en custodia— funciona así como signo final de clausura narrativa, el punto donde el relato se interrumpe para que no continúe hacia arriba, hacia los verdaderos beneficiarios del sistema.
Y las víctimas, en este relato, son sistemáticamente despojadas de voz. Se las nombra como “menores”, “jóvenes”, “chicas”, categorías que, en la semiótica patriarcal del capital, oscilan entre la infantilización y la erotización. Son cuerpos sin biografía, sin clase, sin historia; cuerpos disponibles para ser consumidos y luego descartados. El capitalismo no sólo explota fuerza de trabajo; explota vulnerabilidad. Y la vulnerabilidad tiene género, edad y clase. Las jóvenes pobres, racializadas, precarizadas, son materia prima ideal para una industria clandestina del placer que se sostiene sobre la desigualdad global. Aquí, la plusvalía adopta la forma de plus-de-goce, un excedente de placer extraído violentamente de quienes no tienen cómo negarse.
Una semiótica del silencio que es quizá la más elocuente. Jueces que miran a otro lado, fiscales que negocian penas irrisorias, cárceles que fallan en custodiar, cámaras que no graban, registros que se pierden. Cada silencio es un signo; cada omisión, un mensaje. El mensaje es claro: hay una justicia para los de abajo y otra para los de arriba. El Estado burgués se revela, una vez más, no como árbitro neutral, sino como comité de gestión de los negocios comunes de la clase dominante, incluso cuando esos negocios incluyen el crimen sexual organizado. La legalidad se muestra como lo que siempre fue, una forma histórica, moldeable, selectiva, diseñada para proteger la propiedad y a los propietarios.
Desde un punto de vista humanista y científico, la pedofilia no puede entenderse como una patología meramente individual ni como un desvío psicológico aislado, sino como un síntoma social producido y amplificado por condiciones históricas concretas, la mercantilización extrema de la vida, la cosificación generalizada de los cuerpos y la ruptura sistemática de los lazos comunitarios que impone el capitalismo burgués en su fase de descomposición. La investigación en psicología social, neurociencias del trauma y sociología crítica converge en señalar que las sociedades atravesadas por desigualdades estructurales profundas generan entornos de alta vulnerabilidad emocional, donde el poder se erotiza y la dominación se naturaliza; en ese contexto, la pedofilia emerge no como causa, sino como efecto mórbido de una cultura que disocia deseo de responsabilidad, placer de ética y poder de límite. La burguesía, al monopolizar impunidad y privatizar la violencia, crea un clima simbólico donde la transgresión absoluta se convierte en signo de privilegio, mientras las poblaciones subalternas absorben las consecuencias psíquicas colectivas, trauma intergeneracional, normalización del abuso, erosión de la confianza social y una afectación profunda de la integridad emocional de los pueblos, que internalizan el mensaje de que sus cuerpos y sus infancias valen menos que la acumulación de capital. Así, la pedofilia, lejos de ser un fenómeno marginal, funciona como indicador clínico de la putrefacción de un orden social que ha perdido toda capacidad de autorregulación ética y que transmite su enfermedad estructural como daño psicosocial masivo.
Desde una perspectiva ética, el affaire Epstein es una pedagogía negativa del capital. Enseña, a quien quiera leer, que la moral burguesa es un simulacro, una superestructura hipócrita que predica valores familiares mientras privatiza el deseo y lo ejerce como dominación. Enseña que la “libertad” que el liberalismo proclama no es universal, sino de clase, libertad para comprar, para usar, para destruir. Enseña que el patriarcado no es un residuo arcaico, sino un aliado funcional del capital, una tecnología de poder que permite la apropiación diferencial de los cuerpos.
No se trata, entonces, de indignarse moralmente, sino de comprender políticamente. La indignación sin análisis es otra mercancía mediática, otro consumo efímero. La tarea crítica consiste en desarmar el aparato semiótico que convierte el horror en espectáculo y el espectáculo en olvido. Consiste en reinscribir el caso en la lucha de clases, en mostrar que la depravación no es un vicio personal, sino una lógica sistémica. La burguesía no “cae” en la depravación; la administra, la organiza, la rentabiliza. Su obscenidad no es un exceso; es una coherencia.
Ese affaire Epstein, leído con rigor semiótico y con filo humanista, nos devuelve una imagen sin maquillaje del capitalismo contemporáneo, un sistema que, habiendo agotado sus justificaciones éticas, se muestra desnudo en su violencia, confiado en su impunidad, seguro de que incluso sus crímenes más abyectos pueden ser metabolizados como ruido informativo. Frente a eso, la crítica no puede ser tímida ni decorativa. Debe ser descarnada, implacable, materialista. Debe nombrar lo innombrable y conectar los signos dispersos en una totalidad inteligible. Porque sólo cuando el horror deja de ser un “caso” y se reconoce como estructura, se abre la posibilidad de su negación histórica. Y esa negación, como toda negación revolucionaria, no será semiótica solamente, sino práctica.


