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La democracia ha muerto. Que viva Terminator


27 de junio de 2026

Jorge Majfud

¿Por qué el presidente de Uruguay tiene tan baja aprobación, siendo que el país no está tan mal como el resto del continente? La respuesta es simple: la arrogancia de su gobierno (del presidente Orsi, de su ministro de Economía Odone y de su canciller Lubetkin) crearon un sisma anímico de traición y derrota dentro de sus votantes, los militantes del histórico Frente Amplio. Su estrategia de alinearse con un neoliberalismo edulcorado y con un sionismo supremacista fue el primer momento que partió las aguas en los primeros meses de su administración, en 2025.

Cuando un gobierno no tiene el apoyo y la defensa articulada de sus votantes y militantes, sus adversarios tienen un trabajo fácil. El primer culpable no es la oposición; es el gobierno. También parte de la izquierda uruguaya, por haber vendido su épica a cambio de ganar alguna que otra elección. Esta es una particularidad de la realidad uruguaya, pero también es la raíz del árbol agonizante de la izquierda occidental, desde Europa a América latina.

¿Quién está dando el ejemplo de cómo volver a sus principios tradicionales de defensa de los derechos de los de abajo, de la clase trabajadora, de la lucha antiimperialista y antiesclavista? Como en el siglo XIX, la izquierda estadounidense.

Paradójicamente, el ejemplo de cómo debe actuar una izquierda que merezca llamarse así procede de la cuna de toda esta ola de brutalidad antidemocrática, racista, sexista y genocida: Estados Unidos. Desde hace unos años, es la izquierda estadounidense la que ha tomado la posta de la irreverencia. Ya lo vimos con la diferencia entre el Partido Verde de Estados Unidos, liderado por nuestra amiga Jill Stein, y el Partido Verde de Alemania: uno militantemente contra el genocidio en Gaza, contra el imperialismo y a favor de las clases trabajadoras y, el otro, el europeo, buscando excusas para no quemarse.

Había un problema: debido a que el sistema político y electoral de Estados Unidos es una herencia del sistema esclavista, las posibilidades de actuar desde un tercer partido eran y son prácticamente nulas. Mucho más cuando la Corte Suprema decidió en 2010 levantar las restricciones a las donaciones para los Super PACs en las elecciones. Desde entonces, el secuestro y compra de políticos se convirtieron en un negocio legal, ya sin disimulos, el que no sólo refleja la estructura obscena de acumulación, sino que la radicaliza.

Ahora comenzamos a ver un movimiento que muchos no consideramos seriamente años atrás. Una de las alas del mismo águila, el partido Demócrata, comienza a ver con pánico cómo candidatos como Zohran Mamdani en Nueva York y James Talarico en Texas están confirmando la idea de que al poder brutal del dinero, de la extorsión de los lobbies y del éxito del libertarismo fascista (regado todos los días con el tecnofacismo de las sectas digitales) se lo enfrenta sin timideces virginales. De la misma forma que un elefante que arremete se detiene cuando un hombre se planta y levanta los brazos de forma desafiante, así está procediendo este grupo de izquierda en Estados Unidos.

Mamdani no solo ganó la alcaldía de Nueva York con su afirmación y confirmación de ser musulmán y socialista, sino que desde el comienzo hizo una campaña a favor del aumento de impuestos a los millonarios (luego de décadas de imparable reducción) y contra el genocidio en Palestina. Luego de ganar la alcaldía, hizo campaña en favor de candidatos al congreso del Estado con una condena clara a la inmoralidad de los lobbies, como el pro-israelí AIPAC, el que históricamente se jactó de decidir quién gana en una elección: sólo aquellos que reciben las donaciones y la bendición de su secta. El resultado ha sido una serie de victorias electorales de la izquierda irreverente. Todos los candidatos que hicieron campaña rechazando este dinero sucio, ganaron.

Es obvio que estarán bajo permanente presión y sabotaje, desde el gobierno federal de Trump hasta los lobbies de millonarios. Lobbies de pobres no hay. Pero, como lo demuestra la historia, la izquierda desde el siglo XIX se plantó con principios y reivindicaciones sin cambiarlas ni por ni para un triunfo electoral.  

En América Latina todavía pesa la historia del colonizado. No por casualidad, ha sido la región que estuvo bajo colonización por más tiempo en la historia moderna, desde que Cristobal Colón pusiera pie en una isla y dejara constancia de que su objetivo era hacer esclavos a los ingenuos isleños?en nombre de Dios, aleluya!

Las elecciones están todas inoculadas por las tecnológicas de Silicon Valley, casi todas aliadas o en manos de grupos pro-israelíes. En los últimos tres años, como reacción a la avalancha crítica de la gente normal contra el genocidio en Palestina, nueve elecciones fueron ganadas por candidatos pro-Israel, justo cuando en todos y cada uno de esos países la opinión de la población era mayoritariamente desfavorable a las políticas intervencionistas, abiertamente genocidas y supremacistas de Israel. En casi todos los casos ganó la derecha más fascista y manipulable; todos simpatizantes del supremacismo racial o étnico: Milei (Argentina, 2023); Noboa (Ecuador, 2023); Peña (Paraguay, 2023); Bukele (El Salvador, 2024);  Mulino (Panamá, 2024); Kast (Chile, 2025); Asfura (Honduras, 2026); Fujimori (Perú, 2026); De la Espriella (Colombia, 2026)… ¡aleluya!

Con (casi) excepciones, como Uruguay y Venezuela. En Uruguay no fue necesario que la izquierda perdiese, sino que bastó con secuestrarla para la causa del genocidio y del neoliberalismo que impidió un uno por ciento de impuesto a los millonarios y la pronunciación de la palabra prohibida. En 2025, en Venezuela, Nicolás Maduro y Delcy Rodríguez condenaron el genocidio en Palestina. Horas después del secuestro de su presidente por una fuerza extranjera que dejó casi 60 muertos olvidados en enero de 2026, Rodríguez dijo que la operación tenía la firma de Israel. Apenas colocada como presidenta interina (la constitución dice que debió llamar a elecciones 30 días después), no dijo ni una sola palabra contra el régimen de Washington ni de Tel Aviv. Más bien todo lo contrario: sus expresiones fueron a favor de la restauración de relaciones diplomáticas con ambos. ¿Qué ha dicho Delcy sobre la invasión y masacre de Israel en Líbano? Nada, pese a que en Venezuela viven 700.000 personas de ascendencia libanesa, 50 mil palestinos y 10 mil judíos, aunque este último grupo no debe ser identificado con el sionismo, como pretenden siempre los sionistas. ¿Dónde quedó la resistencia de Chávez?  Un silencio cobarde, gripal y calculador de sus propios intereses, como el de Shakira.

En junio de 2026, Flavio Bolsonaro se reunió con Netanyahu (como antes lo había hecho la dictada Nobel de la Paz, María Corina Machado) y dijo que esa relación era de “ganha-ganha” (pésima traducción de “win-win”). Flavio es el candidato que le disputa la presidencia a Lula quien, junto con la presidenta Sheinbaum de México, es uno de los pocos presidentes latinoamericanos no arrodillados ante Netanyahu. Flavio Bolsonaro (hijo del golpista pro-israelí y expresidente, capitán Jair Bolsonaro), se subió a una tarima pública y declaró: “Con Bolsonaro, Brasil volverá a ser una nación hermana de Israel”. Del genocidio, de Palestina y de los derechos de los pueblos del mundo, ni una mierda.

Al terminar, gritó dos veces: “Brasil acima de todo”, una copia burda del lema nazi “Deutschland uber alles”, que hasta los europeos prohibieron luego de la Segunda Guerra.

¿Por qué un candidato que disputa la presidencia de un país gritaría en una tribuna algo a favor de lo que el 60 por ciento de la población rechaza? Es simple: este, como la otra decena de candidatos del genocidio, no les habla a sus pueblos palestinizados: les están hablando a las grandes tecnológicas que, a través del hackeo de naciones, son las que deciden las elecciones.

 

Jorge Majfud

Jorge Majfud es un novelista, ensayista y profesor universitario uruguayo-estadounidense.

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