La ilusión de una metrópoli sustentable. La huella ecológica del AMBA
06 de diciembre de 2025
¿Es posible una metrópoli sustentable?
No hay una sola respuesta a esa pregunta, pues depende que variables se consideren, la escala de referencia que se toma, el contexto que no es solo local, ya que la afectan fenómenos de dimensión planetaria, la dinámica entre los actores que la determinan, los múltiples intereses que la tensionan, los recursos disponibles, entre otros factores a considerar.
Por otra parte, el propio término sustentable es polisémico, se utiliza en estudios y propuestas científicas pero también es objeto de manipulación mediática y publicidad. Frente a esta situación diferencial, la noción de desarrollo sustentable es por lo menos ambigua. El ecologista brasilero Roberto P. Guimarães señala que en la literatura técnica disponible hay más de 100 definiciones del término. Pero tomando las variables mayormente consensuadas y su sinergia, podemos afirmar que hasta ahora no existe ninguna gran metrópoli que pueda ser considerada íntegramente sustentable. Por el contrario, las grandes megalópolis se encuentran cada vez más lejos de cumplir con los parámetros básicos.
La ciudad es un ambiente absolutamente artificial, incluso sus espacios verdes son una domesticación de la naturaleza, pues no forman parte de un ecosistema, por tanto toda su actividad implica impactos sobre el ambiente natural; cuanto mayor y más compleja es la urbe, mayor es la conmoción. Ya en el siglo XIX, Carlos Marx destacó en El Capital que el rompimiento del ciclo de la tierra en la agricultura capitalista industrializada constituía nada menos que una fractura en la relación metabólica entre los seres humanos y la naturaleza. Se apoyó en los estudios del químico y agrónomo alemán Justus Liebig quien señaló hace dos siglos que el problema se debía al agotamiento del nitrógeno, el fósforo y el potasio, pues estos nutrientes esenciales de la tierra iban a parar a las ciudades cada vez más pobladas, donde contribuyen a la contaminación urbana.
La supresión de la oposición entre la ciudad y el campo en esta sociedad no es ni más ni menos utópica que la abolición de la oposición entre capitalistas y asalariados. La separación física entre donde se cultiva la producción agrícola y donde los seres el hombre la consumen no puede ser armónica dada la existencia de las grandes urbes, que son una de las piezas principales que hacen inviable la solución de esta contradicción.
Todos los datos disponibles permiten afirmar que los modelos alternativos de crecimiento no han sido eficaces para reducir la creciente demanda de los recursos naturales que los permiten. Tampoco en disminuir la sobre-explotada capacidad de la naturaleza para proveer a la sociedad de los recursos indispensables, lo que afecta el ciclo de nutrientes, la estabilidad climática y la diversidad biológica. Los llamados problemas globales del medio ambiente, el efecto invernadero, la destrucción de la capa de ozono, la desertificación y pérdida de superficie cultivable, las crecientes tasas de extinción de especies de fauna y flora, entre otros, constituyen la trágica cara de la insostenibilidad del paradigma actual, poniendo también en tela de juicio los propios patrones culturales de la humanidad.
Se ha consolidado un paradigma de progreso que sigue pensando de modo lineal el tejido urbano, donde más siempre es mejor, más autos, más metros cuadrados de hormigón, más turismo, más negocios, más consumo es sinónimo de desarrollo.
La crisis actual no es tan sólo una crisis institucional o individual, no es sólo la mala distribución y consumo de bienes, sino una crisis de civilización, de valores y de destino. Así se pone de relieve, una vez más, por encima de los imperativos de corto plazo, la urgencia de introducir cambios estructurales profundos en los estilos de desarrollo vigentes.
Frente a este cuadro se cuestiona el darle preeminencia a la búsqueda de sustentabilidad urbana en el sur global, cuando la mitad de la humanidad sobrevive con menos de dos dólares diarios, casi 3 mil millones de habitantes del planeta están todavía al margen de los derechos más elementales, tales como el de comer, dormir abrigado y tener acceso a agua potable.
En América latina el 30 %, lo que equivale a unos 180 millones de personas, viven con ingresos insuficientes para cubrir sus necesidades básicas. El 20% de sus habitantes, 110 millones, viven en 10 regiones metropolitanas. En los 31 grandes aglomerados urbanos de Argentina, más de 9.4 millones de personas son pobres, en el Gran Buenos Aires, la pobreza afecta a alrededor de 5 millones y es la región con mayor incidencia, la CABA tiene una tasa de pobreza del 19,9% de su población, lo que equivale a 613.000 personas. La realidad es que las poblaciones más pobres son las principales víctimas de la insostenibilidad ambiental y el cambio climático, porque carecen de recursos para protegerse de sus efectos, viven en zonas de mayor riesgo y dependen más directamente de los recursos naturales. La figura de todos estamos en el mimo bote, esconde quienes son los principales contaminadores y quienes más sufren las consecuencias de fenómenos como desastres naturales, inundaciones, sequías y degradación del suelo. “Los riesgos naturales son ampliados por la pobreza urbana, riesgos nuevos y totalmente artificiales, creados por interacción entre pobreza e industrias contaminantes y una infraestructura en colapso” Mike Davis.
Las comunidades pobres a menudo viven en asentamientos precarios en zonas de alto riesgo, por lo que los cambios en el clima y la contaminación del agua, el aire y el suelo los afectan de manera más directa y grave. La maquinaria del falaz desarrollo ilimitado que se realiza a costa de la depredación de la naturaleza tiene como principales víctimas a quienes son socialmente más vulnerables.
Hay coincidencia mundial que el mayor desafió que tiene la humanidad es detener el cambio climático, a pesar de lo cual los principales responsables no toman las medidas consensuadas. Según Worldometer, solo cinco países generan el 61 % del CO2 mundial, China 33%, Estados Unidos 13%, India 7%, 5% Rusia 1.909 5%, Japón 3%, y son principalmente sus metrópolis las que contribuyen a estos fenómenos. La lista la encabeza Shanghái, que es la ciudad con mayor producción de gases de efecto invernadero del mundo, emite 200 millones de toneladas por año, Moscú 112 millones, Los Ángeles, 45 millones Nueva York, 39 millones, Tokio, 70,13 millones de toneladas de CO2. Todo el continente africano genera solo el 3,08 % de CO2. Solo el 1% más rico de la población mundial emite 30 veces más CO2 que el límite fijado en el Acuerdo de París, cada persona de ese 1% más rico debería reducir sus actuales emisiones un 97%.
La huella urbana, pisoteando la naturaleza
A partir de los años 70, principalmente biólogos y geógrafos, aplicando el punto de vista ecológico al medio altamente artificial de las ciudades dieron lugar a la ecología urbana, como un intento justificado y necesario de entender y ver de una nueva manera, un sistema altamente complejo e impredecible, de una enorme entropía como son las grandes ciudades.
La ecología urbana es una manera de ver y comprender la ciudad, pero no descarta o sintetiza todas las otras, la ciudad es, arte, historia, pueblos, identidades, economía y sobre todo un espacio para las relaciones de poder.
Aceptando que la cuestión ambiental y la calidad de vida se extienden más allá de la dimensión ecológica, y admitiendo que la mayoría de los análisis abordan una parte de sus dimensiones, una de las herramientas consensuadas para iniciar un diagnóstico sobre la situación urbana, es medir su huella ecológica, un concepto desarrollado originalmente por los biólogos Mathis Wackernagel y William Rees, en la década de 1990, que permite una visión de la demanda de un territorio sobre los recursos ecológicos de la Tierra.
Su enfoque combina ecología, economía y urbanismo para analizar cómo las ciudades dependen de recursos globales que superan sus límites territoriales y pone críticamente en cuestión el actual modelo de crecimiento económico ilimitado y de la falta de sostenibilidad del modelo actual de desarrollo.
La huella ecológica mide cuánta superficie biológicamente de tierra y agua, la biocapacidad, que se necesita para producir los recursos que una población consume y absorber sus desechos (principalmente CO?). Por ejemplo en la huella de carbono que superficie de bosque es necesaria para absorber las emisiones de CO? que no se eliminan por otros medios.
Se expresa en hectáreas globales (gha) por persona, por ciudad o país. Cuando la huella ecológica excede la biocapacidad de la Tierra, estamos en déficit ecológico. El promedio mundial de 2,8 de huella ecológica per cápita (gha) supera el resiliente índice de 1,6 (gha) lo que determina el déficit global del planeta. Pero como todo índice general no alcanza a explicar los rasgos principales del fenómeno, ya que no todos consumen igual ni generan el mismo impacto ambiental.
Las regiones metropolitanas dependen de un vasto sistema de recursos que se generan fuera de su espacio, muchos de ellos no renovables; la demanda de insumos naturales consumidos para su funcionamiento deja una huella profunda, consumen energía a una velocidad que la naturaleza no alcanza reproducir; la lógica del crecimiento destructivo impuso su predadora racionalidad instrumental. Según el Consejo de la Tierra, para su sostenibilidad ecológica Tokio requeriría una superficie equivalente a tres veces el tamaño de Japón.
Factores de la huella ecológica de las grandes ciudades incluyen emisiones de carbono de combustibles, consumo de energía, ocupación de tierras para uso residencial e infraestructura, consumo de agua y producción de residuos, demanda de alimentos, de industria y construcción. A medida que las áreas urbanas continúan expandiéndose y aumentando su población, su influencia en el planeta se intensifica.
Los cambios en el uso del suelo para el desarrollo urbano a menudo conducen a la pérdida de hábitat natural y a la disminución de la biodiversidad. Los sistemas alimentarios en las zonas urbanas implican cadenas de suministro complejas que dan lugar a largos recorridos de alimentos. A mayores distancias a transitar para el transporte de personas y mercaderías el impacto en el ecosistema se multiplica Los sistemas de transporte en zonas urbanas dependen predominantemente de combustibles fósiles no renovables, y los vehículos emiten gases de efecto invernadero que contribuyen al cambio climático El efecto ambiental de la construcción incluye: extracción de materias primas como hierro, arena, grava y madera. Consumo de energía en el proceso de construcción y uso residencial, desbroce y sellado del suelo que limita la permeabilidad y resiliencia natural del suelo. Generación de residuos de construcción y demolición. El carbono incorporado en los materiales de construcción (carbono emitido durante su producción, transporte y montaje) es un componente crucial de la huella ecológica.
La sociedad del automóvil sintetiza el arquetipo epocal de un estilo de vida; transporte individualista por excelencia, símbolo inequívoco de irracionalidad, ha ido rediseñando la vida urbana y suburbana. El área destinada a circulación y estacionamiento alcanza el 30% del uso del suelo, es el principal generador de monóxido de carbono, polución auditiva, consumidor de energía no renovable e insumos no reciclables, principal causa de muerte violenta, generador de stress, tensión y estratificación. Nada pone en cuestión su existencia y su aumento permanente; al contrario, los índices de crecimiento económico toman la industria automotriz como referencia positiva.
El déficit en espacios verdes se traduce en islas de calor urbanas, mayor exposición a contaminantes y menor resiliencia a eventos climáticos extremos. Eventos catastróficos, como incendios e inundaciones en los cascos urbanos se han multiplicado geométricamente en las últimas décadas. Los índices de vulnerabilidad de las ciudades, producto del cambio climático, señalan una tendencia al agravamiento, a pesar de lo cual las medidas que podrían atenuar el impacto siguen ausentes o son insuficientes.
Nada pudo mostrar tanto la vulnerabilidad de las ciudades y sus déficits ambientales como la pandemia del COVID. A pesar de lo cual poco ha cambiado positivamente, cuando todo indica que un nuevo brote es factible.
Las pocas ciudades que han encontrado caminos alternativos para reducir la huella ecológica, son aquellas que tienen bastante menos de un millón de habitantes. En 1950 había 86 ciudades con más de un millón de habitantes, hoy son 550. Hace 50 años solo tres ciudades tenían más de 10 millones de habitantes hoy 44 ciudades superan esa cantidad. Las grandes metrópolis o megalópolis están desbordadas sin control y son incapaces de establecer un equilibrio entre lo que consumen y el impacto que producen.
Reducir la huella ecológica de las ciudades implicaría múltiples estrategias locales y regionales que aborden diferentes aspectos. Desde el diseño de edificios ecológicos y la eficiencia energética, hasta ampliar y mejorar los sistemas de transporte público, la reducción de residuos y su reciclaje, multiplicar espacios verdes y detener la eliminación de bosques y humedales, hasta redistribuir la población en ciudades intermedias, modificar hábitos de consumo, frenar la megaminería y la utilización de agrotóxicos. La posibilidad de políticas de planificación urbana y de cambios en patrones de consumo y acciones integradas para reducir la huella ecológica y alcanzar una mayor resiliencia ambiental enfrentan la tenaz y suicida resistencia de las corporaciones y de los gobiernos que las representan.
Si bien es creciente la toma de conciencia sobre los problemas socio-ambientales y la necesidad de un cambio civilizatorio, los proyectos de desarrollo sustentable de las metrópolis ven agotadas sus propuestas frente a una problemática que es más social y política que técnica.
El funcionamiento de una metrópolis como un sistema cerrado autosuficiente, generando su propia energía y reciclando sus propios residuos es irrealizable, entre otras múltiples razones por el modo de producción de un capitalismo flexible y especializado. El paradigma de sustentabilidad urbana no se construye con formulaciones genéricas, el laissez faire o apelaciones a indefinidos actos voluntarios, menos aun con el ejercicio de una fraseología que utiliza publicitariamente y sin resultado alguno, una serie de conceptos asumidos internacionalmente como parámetros básicos para pensar las ciudades: sustentable, verde, inclusiva, diversa, equilibrada, conectada, tecnológica y respetuosa de su patrimonio.
Por otra parte, cómo abordar los problemas socio-ambientales en ámbitos globales, cuando la humanidad es testigo de su deshumanización, del horroroso genocidio en Gaza, un territorio con sus ciudades reducidas a escombros por parte de Israel con el apoyo de quienes tienen una parte importante de la responsabilidad de detener el cambio climático y cuidar la vida en el planeta.
El AMBA, una megalópolis bulímica
En América Latina, ante la magnitud de una progresión que es persistentemente desbordada, políticos, técnicos y gestionadores del Estado han abandonado toda pretensión de sustentabilidad, de pensar la relación con el medio natural de las metrópolis. Frente la presión de los actores principales del modelo económico, se impone una lógica de negación y en el mejor de los casos la aceptación de un diagnóstico que se presenta como irreversible.
La sustentabilidad de las grandes metrópolis en América Latina no está dentro de las agendas políticas, no solo de los gobiernos locales o regionales, sino básicamente por la decisión de los países centrales y sus corporaciones que llevan adelante depredadoras y agresivas estrategias neoliberales y neocoloniales. En esa dirección las intervenciones urbanas llevadas adelante en las últimas décadas tienden a ser, acríticamente, correlatos más o menos directos de los procesos urbanos propios de la etapa de la globalización.
La Región Metropolitana de Buenos Aires, una de las mayores urbes del planeta y la tercera de América Latina, por tamaño y población, no es la excepción, es una megalópolis bulímica que consume vorazmente recursos naturales, industriales y energía y vomita el CO2 a la atmosfera del planeta y desechos no reciclables. Tiene todas las falencias estructurales de las metrópolis capitalistas, versión hipertrofiada de la ciudad moderna, con su crecimiento exponencial, está dejando una gigantesca huella en el medio natural. Con sus 14 millones de habitantes y una superficie de 13.285 km2, tiene un gran despliegue de actividades productivas, concentra más del 40% del Producto Bruto Interno y del Producto Bruto Industrial en el 0,5% de la superficie del país. Por otro lado, es su mayor mercado consumidor, no sólo por la cantidad de población, sino por el nivel de ingreso económico de la media.
Como resultado del proceso de suburbanización, el 17,9% del territorio metropolitano está ocupado por o distintas modalidades de urbanizaciones cerradas. Son parte del cambio en la morfología que surge de la expansión del AMBA que se desarrolló de la ciudad concentrada hacia un sistema de archipiélago donde el límite de la urbe se desdibuja y se vuelve difuso. La proliferación de los barrios cerrados y enclaves exclusivos, terminan absorbiendo los retazos de lo rural, modifican negativamente la geografía del territorio y construyen patrones sociales de exclusión. Ejemplos claros son los grandes emprendimientos en las costas y el Delta del Río de la Plata[i], que arrasan los humedales, modelo que se aplica en otras regiones como la zona cordillerana en el sur del país, donde se invaden bosques para transformarlos en countrys de lujo. La contracara es, según el RENAPAB, Registro Nacional de Barrios Populares en Argentina, la existencia 2.009 barrios populares y asentamientos informales donde viven 600.000 familias y ocupan solo el 4,4 %de la superficie. La mayoría carece de los servicios más elementales. En la CABA, la ciudad con el más alto nivel de ingresos por habitante, y el segundo mayor presupuesto del país todavía 250.000 personas no tiene red de gas y 210.000 carecen de redes cloacales.
La huella ecológica promedio en Argentina es de aproximadamente 3 gha hectáreas globales por persona, pero en el AMBA esta cifra llega a 5 gha. Debido a la alta densidad poblacional, fuerte consumo energético y extensiva generación de residuos.? La matriz energética local depende principalmente de combustibles fósiles, siendo Buenos Aires una de las áreas con mayor generación y consumo de energía y transporte basado en fósiles, lo que incrementa las emisiones de gases de efecto invernadero.?
La Argentina genera 70 millones de toneladas de CO2, de los cuales 30 millones, corresponden al AMBA, incluidos los 12 millones de toneladas producidas por la CABA. El 53 % correspondió al sector de la energía; el 30 % al transporte y el 17 % a los residuos.
Causas principales del déficit ecológico en el AMBA son: el crecimiento poblacional en desmedro de otras regiones, el aumento incesante de la construcción formal e informal, el ? deficiente sistema de transporte público, que es insuficiente y mal articulado, tránsito caótico, basado en la supremacía irracional del automóvil, degradación del entorno natural, contaminación del Rio de la Plata y la cuenca Matanza-Riachuelo, desfavorable relación de espacios verdes por habitante, falta de mantenimiento y colapsadas infraestructuras de la red de cloacas, agua potable, pluvial, provisión de energía eléctrica y gas, segregación espacial polución del aire, contaminación visual y sonora, aumento continuo de la generación de residuos, falencias graves en el sistema de su recolección, depósito y su procesamiento.
En Argentina se generan 47 mil toneladas de residuos por día, 17.000 en el AMBA, estos valores van en aumento progresivo y el método de recolección y reciclado sigue siendo ineficaz. La recomendación de las 3R (reducir, reciclar y reutilizar) está lejos de cumplirse. Actualmente la recolección está a cargo de cada una de las jurisdicciones y la disposición final a cargo de un organismo interjurisdiccional (CEAMSE) donde se registran diversas disfuncionalidades, tanto en relación con la cobertura de la recolección como en la disponibilidad de zonas de re lleno sanitario.
La cuenca Matanza-Riachuelo es uno de los problemas ambientales más graves del AMBA, abarca 14 municipios y la CABA. Para sanearlo, en 2006 se creó la Autoridad de Cuenca Matanza Riachuelo, ACUMAR. Pasaron dos décadas y varios gobiernos pero su descontaminación aún sigue pendiente, afectando gravemente la salud de los sectores más pobres que se localizan en sus terrenos aledaños.
El Rio de la Plata y su cuenca son el límite este del AMBA, además de su belleza escénica tiene una vital importancia en nuestra salud, no solo nos provee del agua que bebemos, garantiza la renovación del aire, imprescindible para enfrentar la polución causante de enfermedades respiratorias, sus costas edificadas e invadidas y sus aguas contaminadas son el resultados de políticas especulativas, falta de controles y la manipulación de las leyes y normas que se van adaptando al ritmo de las demandas del mercado. El acuífero Pehulchen-Co que abastece de agua a una parte del conurbano bonaerense está contaminado por filtración de aguas residuales: Filtración de efluentes cloacales y desechos industriales y uso de fertilizantes y pesticidas, que se filtran al subsuelo.
Las recurrentes inundaciones que afectan distintas zonas siempre que llueve intensamente, son consecuencia de la degradación del sistema hidrográfico natural, de la escasez de tierra absorbente y arbolado, una red pluvial obsoleta, el insuficiente mantenimiento y limpieza de la red de desagües. La especificidad de estos eventos surge de una intensa artificialidad a las que son sometidas las condiciones del sistema hidrológico. Una de las características principales de esta artificialidad es la impermeabilización, por saturación constructiva, de grandes porciones de la superficie. Este sellado actúa para reforzar el flujo, la escorrentía, aumentando la cantidad de agua que fluye sobre la superficie, acelerando el proceso que deviene en torrentes desbocados. escorrentía, cuyo índice mide el agua que escurre y no es absorbida. En la CABA alcanza un valor del 90%, mientras que en el área rural solo llega al 5%. ¿Qué ocurrirá si se duplica la superficie construida, como permite el actual código de planeamiento de CABA? La consecuencia será, inevitablemente, un aumento en las inundaciones urbanas.
Como tendencia general de la movilidad metropolitana se observa una retracción del transporte público, a expensas de los medios privados. En la Argentina, en los últimos treinta años la cantidad de pasajeros del transporte público descendió de 67% a 42%, mientras que el automóvil aumentó su participación del 16% al 38%. En consecuencia, se fueron multiplicando y potenciando los efectos secundarios indeseados sobre las condiciones de los viajes (excesivos tiempos, costos e incomodidades) y la calidad ambiental (contaminación atmosférica y sonora).
No hay campañas de concientización, pues pondrían en crisis el modelo dominante, un ejemplo del despropósito es el uso del asfalto, un recurso energético no renovable, que aumenta la temperatura en el espacio público debido al alto albedo del asfalto en comparación con la piedra de los adoquines, así como facilita el aumento de la velocidad del tránsito automotor y altera los ciclos del agua y del aire, contribuye al aumento de la temperatura global, entre otros aspectos. Se estima que se han extraído adoquines y se asfaltaron, aproximadamente, 3.000 tramos de calles y 9.500 tramos de avenidas y calles están adoquinados con asfalto superpuesto. Por otra parte, el adoquinado prácticamente no requiere mantenimiento.
Las iniciativas urbanas oficiales ignoran premeditadamente este cuadro, lo naturalizan, sus prioridades están dirigidas a facilitar negocios megaproyectos de lujo por parte de desarrolladores privados que apropian tierra pública, donde el Estado actúa como el proveedor-privatizador.
Cuando se logra una legislación de protección del medio ambiente como el artículo 41 de la Constitución Argentina establece: “el derecho a un ambiente sano, equilibrado y apto para el desarrollo humano, así como el deber de preservarlo. Las autoridades deben garantizar la protección de este derecho, promoviendo el uso racional de los recursos naturales, la preservación del patrimonio natural y cultural, la biodiversidad y brindando educación ambiental” o como el Plan Urbano Ambiental, PUA de la CABA aprobado por ley 2930/08, son ignoradas sistemáticamente, además de no estar a consideración pública su ajuste y actualización en tiempo y forma, tienen una casi nula ejecución gubernamental, tanto en término de investigaciones y propuestas previstas en la norma, como en la reducción sistemática de recursos presupuestarios asignados.
El debate sobre la crisis del AMBA está ausente de la consideración política salvo para la retórica de la violencia y la inseguridad. A la incapacidad por analizar y actuar sobre variables múltiples, se suma una práctica condicionada por la agenda electoral que acorta los tiempos, estrecha el horizonte y descarta cualquier posibilidad de una perspectiva ecológica integral que requiera plazos diferentes. Cuando de la actividad política desaparecen programas y propuestas, no extraña que también se abandone la idea de pensar y proyectar el medioambiente urbano.
La tarea de Sísifo[ii]
Sin subestimar los enjundiosos aportes realizados por expertos ambientalistas sobre la necesidad de reestructuración urbana hacia una ciudad ecológica, el desarrollo sustentable agota su propuesta frente a una problemática que es más social y política que técnica. Es preciso romper con la identificación de lo urbano acotado a los límites políticos administrativos de la ciudad, sin relacionarlo con los conflictos territoriales de carácter regional desconociendo su interdependencia. Es una metodología errónea que se utiliza frecuentemente porque simplifica el análisis y las propuestas.
La desmesura y la hostilidad metropolitana son presentadas como un mal inevitable, atribuible a factores inmanejables, su fetichización mistifica las causas y diluye las responsabilidades. Las prácticas elusivas presentan una madeja de problemas técnicos y operativos que traumatizan e inhiben las respuestas.
La noción de crecimiento y desarrollo basada en estadísticas de metros cuadrados de edificios construidos o de asfalto sobre el adoquinado, debería medirse con mejoras socio-ambientales, menos ruidos, menos polución, aguas e industrias más limpias, espacios públicos más seguros y permeables, mejores condiciones de habitabilidad generalizada, más forestación y nuevos espacios verdes, menor velocidad para los vehículos motorizados, pacificación del tránsito, mejorar el transporte público, sin autos transitando con una sola persona, menos concentración en el área central, informar y concientizar sobre los riesgos y vulnerabilidades. Sin búsqueda de participación y consenso con la comunidad, prima el interés de los grandes desarrolladores inmobiliarios, la desigualdad y la segregación territorial, la concentración y la degradación del ambiente urbano.
Es preciso descentralizar el AMBA hacia una urbanización mejor distribuida, con escalas más humanas, que abarque todo el territorio nacional, es imperioso pensar la metrópoli a largo plazo, poner en entredicho el productivismo constructor-destructor, modificando los patrones culturales y sociales, para que respondan a un modelo civilizatorio radicalmente distinto.
La propuesta central sobre la que bascula toda la panoplia de soluciones tiene un eje central maltusiano: somos demasiados en el planeta, la población de las ciudades crece geométricamente y se hace necesario el control de población. La ecología de mercado es un oxímoron, el ecocapitalismo es la bioideología que intenta justificar y ejercer el control demográfico que el capitalismo necesita para seguir expoliando la naturaleza y a la mayoría de la población mundial y condenar a la extinción a quienes están excluidos de su sistema económico.
En el AMBA la mayoría de sus habitantes tienen un compromiso débil con su ciudad, su densidad poblacional, su enorme extensión, su geografía difusa y dispersa hace fácticamente imposible reconocerla y reconocerse en ella. La desinformación y el desconocimiento, la delegación de roles y la creencia que es un tema de especialistas, abonan su falta de responsabilidad ante la crisis ambiental y social. Los citadinos de Buenos Aires siguen interpretando la ciudad con la taxonomía simbólica, política, racial y de clase con que el Estado y la ideología hegemónica categorizaron su subjetividad, conformada por el sentido autorreferencial de los sectores dominantes.
Las fuerzas políticas y sociales que confrontan con la actividad depredadora de las megamineras y las corporaciones del agronegocio, no tienen la misma lectura sobre el grave deterioros socio ambientales del AMBA, aún siguen atados a la simplificación de concebir lo urbano solo como un escenario, un contenedor donde se localiza la producción y el conflicto social, se sigue sin percibir como se ejerce el modo espacial de dominación.
Mirando el futuro con responsabilidad intergeneracional, partiendo de que estamos inmersos en sistema global que nos conduce al colapso de la vida en el planeta, aunque las metas parciales semejan una tarea de Sísifo, son una posibilidad de mejorar la calidad de vida y sobre todo un camino para concientizar sobre todo a las jóvenes generaciones en la batalla por la defensa de la naturaleza, el medio ambiente y protagonizar el necesario cambio civilizatorio hacia una sociedad ecosocialista.
El extractivismo minero y la expansión tóxica de la frontera del agronegocio han generado resistencias notables entre quienes defienden su derecho a la tierra y sus ecosistemas, pero no existe un correlato con los habitantes de Buenos Aires, que no ven la relación entre esos procesos destructivos y la calidad de su vida en la gran urbe.
El hecho que a diferencia de una corporación minera o del sector dominante del agronegocio, la crisis ambiental del AMBA tenga múltiples causas y actores, favorece la dilución de responsabilidades. Se combinan el Estado, los gobiernos locales, corporaciones internacionales, las entidades y estudios de profesionales y empresas de la construcción, ámbitos académicos, grandes operadores inmobiliarios, entidades financieras y los medios vinculados a estos sectores, para ir redefiniendo día a día la relación negativa de la metrópoli con el medio ambiente.
La ciudad creación humana símbolo de civilización avanza hacia su necrosis, en palabras de Mike Davis “la gran ciudad capitalista resulta extremadamente peligrosa porque en lugar de cooperar con la naturaleza trata de dominarla”.
Como señala Michael Lowy “No hay razón para el optimismo: las entrelazadas élites gobernantes del sistema son increíblemente poderosas y las fuerzas radicales de oposición aún son chicas. Pero constituyen la única esperanza de que el catastrófico curso del crecimiento capitalista sea detenido”.
*Este artículo forma parte del Dossier “No hay plan B. Desafíos y alternativas frente al saqueo extractivista y al cambio climático” del portal Huellas del Sur.
[i] Esta práctica se inició con Puerto Madero, siguió con Nordelta, y tiene en proyecto Puerto Escobar y Rambas del Plata en la ex Ciudad Deportiva de Boca, los más emblemáticos de un total de los 870 barrios cerrados en el AMBA
[ii] Sísifo, según la mitología griega es conocido por su castigo que fue empujar una piedra cuesta arriba por una montaña pero, antes de llegar a la cima, volvía a rodar hacia abajo, hecho que se repetía una y otra vez como ejemplo de lo frustrante de la tarea.


