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La memoria no se resigna


16 de mayo de 2026

Esta semana se conmemora al dirigente deportivo, en homenaje a José Almafitani, quien se constituye como ejemplo para tener en la memoria. Diego Milito, en cambio, su némesis. Perdió en el último partido, habló como le dictaron y hace tiempo que muchos lo venimos diciendo. Milito no dirige, obedece. Es empleado de sus representantes, no dirigente deportivo.

Diego Arturo

Los socios de Racing parecen haber olvidado que el gerenciamiento de Blanquiceleste S.A. los condujo a la pérdida del club como institución. El 29 de diciembre de 2000, Racing dejó de ser de sus socios. Ese día, la jueza María Cristina O’Reilly le entregó el gerenciamiento del fútbol a Blanquiceleste S.A., una empresa presidida por Fernando Marín. Por primera vez en la historia, un club grande de Argentina quedaba en manos de una sociedad anónima. Se firmó por diez años. No fue un error: fue un negocio.

Algunos dirigentes, de la mano de ciertos periodistas y operadores que ya pensaban como empresarios —no como hinchas—, cantaban victoria. “La vieron”, dijeron. Sí, la vieron: vieron plata, no fútbol. La vieron para vaciar el club, no para llenarlo de gloria. Pero el tiempo, que siempre pone a cada cual en su lugar, demostró la verdad. El 10 de julio de 2008, la jueza Susana Giletta decretó la quiebra de Blanquiceleste S.A. La empresa que había venido a “salvar” a Racing también quebró. Diez años después de la quiebra del club (declarada el 10 de julio de 1998), el negocio se derrumbaba solo.

¿Quién rescató al club entonces? No una sociedad anónima. No un “salvador” de afuera. Los socios. Esa generación —los padres de los 90, los que pelearon con el cuerpo y con la dignidad— recuperó el predio, las instalaciones, la identidad. En diciembre de 2008, tras la caída de Blanquiceleste, el club volvió a manos de los socios. Ese predio recuperado lleva un nombre: Tita Mattusie. ¿Quién fue Tita? Una socia más, de esas que nunca salen en las fotos oficiales ni en los palcos. Durante los años de la quiebra, cuando Blanquiceleste abandonó las canchas de entrenamiento y todo parecía perdido, Tita Mattusie puso el cuerpo, la rebeldía y las horas invisibles. No fue dirigente ni figura mediática: fue de esas socias anónimas que recuperaron cada ladrillo con sus propias manos, que limpiaron el barro, que se encadenaron si hacía falta. Por eso su nombre está en el predio. Pero hoy, ¿cuántos hinchas saben quién fue Tita Mattusie? Pocos. Muy pocos. Porque la memoria, cuando no se pelea, se resigna. Y los nombres verdaderos se borran.

Esa generación de padres falló en lo esencial: no supo transmitir la memoria. No supieron sentar a sus hijos y decirles “mirá lo que pasó, mirá lo que nos costó”. Sus hijos hoy no saben qué significó recuperar el club. Crecieron en la era del “salto de calidad”, un eslogan perfecto para el vacío. Ni salto ni calidad. Salto al vacío. Calidad sólo en los bolsillos de unos pocos.

Los mismos que quieren imponer el modelo de esa vieja Europa vacía, depredadora y corrupta. Como si allí no estuviera la cuna de la corrupción financiera, la explotación laboral y la riqueza más obscena. Quieren copiar a los que nos robaron durante décadas. ¿Ese es el “profesionalismo”? ¿Aplaudir al verdugo?

Kevin Felsman. Fue jefe de campaña de Eurnekian, hombre cercano a Marín y hoy es Secretario General del club en la gestión de Milito.

Tu maquillaje no oculta tu olor. Por más que le pongas eslóganes brillantes, -no tanto- por más que hables de “modernización” y “estructura”, el tufo del negocio sigue ahí. Se huele desde la tribuna. Se huele en las cuentas que no cierran, en los contratos que nadie explica, en la falta de identidad.

Y ahora su nuevo discursito, que la culpa no es de él sino de los demás. Se siente “cansado”, “robado”, “hay que cambiar” menciona mientras que los socios deberían sentirse así en un año y medio de “gestión” de un salto al vacío.   

Nos duele la verdad: el sistema trabajó profundamente en nuestra identidad. Y no supimos levantar la voz. Nos entregamos al sistema que nos hace olvidar, que nos hace tristes, que nos convierte en consumidores de glorias ajenas. Mientras unos pocos disfrutan, la memoria se resigna. Pero no: acá no nos resignamos. La memoria se defiende o se muere.

Un club sin memoria no es un club: es una marca.

Diego Arturo

Diego Hernán Arturo es comunicador social, socio fundador de la cooperativa EME contenidos, militante político y de la economía social.

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