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Los pibes que cambiaron la cancha por la trinchera


04 de abril de 2026

Eran jugadores de inferiores, pibes con futuro en el fútbol grande, que la dictadura militar arrancó de las divisiones juveniles para mandarlos al Sur. A 44 años de la guerra, sus historias son un puente entre la pasión popular y la memoria que no podemos olvidar.

Diego Arturo

El 2 de abril de 1982, el desembarco argentino en la Isla Soledad dio inicio a la Guerra de Malvinas. Los que fueron a pelear no eran soldados profesionales. En su mayoría, eran jóvenes de 19 a 21 años, recién salidos de la secundaria o entrando a la universidad. El servicio militar era obligatorio y la camada de conscriptos nacidos en 1961, 1962 y 1963 fue alistada para enfrentar a los “piratas” del ejército de Gran Bretaña.

Entre esos pibes había futbolistas. Chicos que ya mostraban condiciones en las divisiones inferiores, que habían dejado los potreros para soñar con la primera división. La dictadura cívico-militar que gobernaba el país los arrancó de los clubes y los vistió de verde oliva. Del césped al barro. Del arco de San Lorenzo a la trinchera.

 

Los nombres que la historia no debe borrar

Héctor Cuceli y Héctor Rebasti estaban en la Reserva de San Lorenzo. Cuceli, puntero derecho de 20 años; Rebasti, arquero. Ambos vestían la azulgrana cuando arrancó el torneo que San Lorenzo terminaría ganando. Dos meses después, el uniforme era otro. Según palabras de Rebasti: “lo único que sabía hacer era jugar al fútbol”. Al regreso, el club los homenajeó con una cena. A Cuceli le prometieron un contrato que nunca llegó. Rebasti pasó por Huracán, Deportivo Morón y Argentino de Merlo, pero la guerra le había cambiado para siempre.

Omar De Felipe jugaba en la tercera de Huracán, donde había estado desde la pre-novena. Cumplió servicio con el Ejército ese año y pisó las islas. No volvió siendo el mismo. Hoy es director técnico, con un recorrido que incluye Central Córdoba de Santiago del Estero, Independiente, Vélez y Atlético Tucumán.

Claudio Petruzzi era arquero de las inferiores de Rosario Central. En 1981 salió sorteado para el servicio militar obligatorio. En febrero de 1982 se unió, en abril ya estaba en Malvinas. Allí formó parte del cuerpo médico e hizo guardias en la playa para alertar la llegada de barcos enemigos. Al volver, sin dinero y sin oportunidades en ningún club, se anotó en la universidad. Hoy es médico y docente.

Javier Dolard ya había terminado el servicio militar, pero igual fue llamado. En las islas, antes del ataque al ARA General Belgrano, él y sus compañeros improvisaban picaditos con lo que encontraban tirados. Pero no duraban mucho: el hambre y el frío eran más fuertes. Al regreso quiso seguir en Boca Juniors, pero no pudo recuperar su nivel. Terminó trabajando en un banco.

Juan Gerónimo Colombo tenía 19 años, estaba en la reserva de Estudiantes de La Plata y ya alternaba entrenamientos con la primera que dirigía Carlos Bilardo. Hizo el servicio militar en el Regimiento 7 de La Plata. Su compañero José Luis Del Hierro fue uno de los 649 muertos. “Nunca se supo cómo murió”, recuerda Colombo. Del Hierro lo esperaban en Buenos Aires con entradas y pasajes para el Mundial de España 1982, para ver a Argentina contra Bélgica.

Gustavo De Luca se formó en las inferiores de River. En Malvinas fue baleado en la cintura y una bomba que le cayó cerca le provocó otras lesiones. A su vuelta, River lo dejó libre y lesionado. Rehizo su carrera en Talleres de Remedios de Escalada, All Boys y después en el exterior. En 1987 fue máximo anotador de la Segunda División con Porteño. En 1992, con La Serena de Chile, ganó la Recopa Sudamericana al derrotar a Cruzeiro en Japón.

Luis Escobedo, Sergio Pantano y Julio Vázquez tienen un punto en común más allá de la guerra y el fútbol: el ascenso. Escobedo, defensor de Los Andes, ya había terminado el servicio cuando lo llamaron. A los dos días del inicio de la guerra debía reintegrarse. Hizo carrera en Belgrano, Colón, Vélez, Temperley y Dock Sud. Vázquez, de Centro Español, se presentó en el cuartel y lo trasladaron a las islas sin poder despedirse de su familia. Hoy es director técnico y fue ayudante de campo de Omar Labruna en el ascenso de Nueva Chicago. Pantano, wing de Talleres de Remedios de Escalada, volvió e integró el plantel que ascendió a primera, con un gol propio.

 

Malvinas fueron, son y serán argentinas

Malvinas fueron argentinas en cada gota de sangre derramada por esos pibes que la dictadura mandó al frente con la mentira de una Patria que ellos, los de arriba, nunca se animaron a defender con el pecho.

Malvinas son argentinas hoy, en cada ex combatiente que sigue levantándose cada mañana con el frío metido en los huesos, un refugio para ese dolor que no termina de cerrar. Son argentinas en la memoria de los clubes que los vieron nacer como futbolistas, en las instituciones del ascenso que los cobijaron a su regreso.

Malvinas serán argentinas porque la causa no se negocia, porque no hay reclamo más justo que el de un territorio que nos fue arrebatado, pero también porque la memoria de los 649 caídos y de los que volvieron pero nunca terminaron de hacerlo, es una llama que no se apaga.

Repensar Malvinas nos enfrenta a una decisión de fondo: retomar las luchas por la liberación nacional o resignarnos a un presente de hambre, desocupación, miseria, embrutecimiento social y dominación colonial.

Hoy la Argentina está en crisis. Un gobierno que entrega el país y una oposición que se muerde la cola. Pero los héroes de Malvinas, los mártires caídos en la lucha contra toda opresión, nos ponen frente a lo único que realmente está en juego: seguir en el sometimiento o tomar el camino de la revolución nacional que aún está pendiente.

Diego Arturo

Diego Hernán Arturo es comunicador social, socio fundador de la cooperativa EME contenidos, militante político y de la economía social.

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