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Ni indios ni europeos: latinoamericanos


20 de diciembre de 2025

Apuntes sobre la construcción de nuestra identidad a lo largo de la historia.

Daniel Ghiraldo

No hace mucho tiempo, la tierra estaba poblada por dos mil millones de habitantes, es decir, quinientos millones de hombres, de los cuales mil quinientos millones eran indígenas. Los primeros disponían del Verbo, los otros lo tomaban prestado. Entre aquéllos y éstos, reyezuelos vendidos, señores feudales, una falsa burguesía forjada de una sola pieza servían de intermediarios. En las colonias, la verdad aparecía desnuda; las "metrópolis" la preferían vestida; era necesario que los indígenas las amaran. Como a madres, en cierto sentido. La élite europea se dedicó a fabricar una élite indígena; se seleccionaron adolescentes, se les marcó en la frente, con hierro candente, los principios de la cultura occidental, se les introdujeron en la boca mordazas sonoras, grandes palabras pastosas que se adherían a los dientes; tras una breve estancia en la metrópoli se les regresaba a su país, falsificados. Esas mentiras vivientes no tenían ya nada que decir a sus hermanos; eran un eco; desde París, Londres, Ámsterdam nosotros lanzábamos palabras: "¡Partenón! ¡Fraternidad!" y en alguna parte, en África, en Asia, otros labios se abrían: "¡...tenón! ¡...nidad!" Era la Edad de Oro.”

-Jean Paul Sartre; prefacio de Los Condenados de la Tierra.-

En un documento de 1815, Simón Bolívar expresa lo que podríamos llamar “las bases” para definir nuestra identidad como latinoamericanos. Su definición principia por formarse - como cada vez que se le tiene que dar nombre a algo nuevo y, por lo tanto, a algo que aún no fue nombrado, no tiene nombre – desde la negativa, nombrando conceptos que conocemos, conceptos existentes, nombrando lo que no somos: “(…) no somos indios, ni europeos, (…)”. No sólo eso, sino que no somos dos tipos humanos considerados totalmente antitéticos para el conocimiento de la época. Para lo cual el Libertador plantea lo que podríamos llamar una síntesis a estos dos tipos humanos contrapuestos: “(…) sino una especie mezcla entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles; (…)” agregaríamos hoy, latinoamericanos.

Llevando esta idea a sus consecuencias políticas, Simón Rodríguez – tutor y mentor de Simón Bolívar; uno de los primeros intelectuales del pensamiento latinoamericano-, en su obra Sociedades Americanas, de 1828, proclama: "La América Española es Original y originales han de ser sus Instituciones y su gobierno y originales sus medios de fundar uno y otro. O Inventamos o Erramos".

Así, la identidad latinoamericana estaba dándose forma, construyéndose a sí misma a través de la lucha independentista y emancipadora en la que estaba debatiéndose su pueblo. Pero, como contrapartida de esta corriente emancipadora, lo que en Europa era vanguardia aquí era reacción, que a través de las oligarquías locales se estaba dando forma.

Sarmiento, en su Facundo, plantea la fórmula antitética de “civilización o barbarie”. Para la cual, contrariamente a cómo lo pensaban los griegos, “civilización” se referiría a todo lo foráneo - principalmente Europa y Estados Unidos – y “barbarie” a todo lo local, lo autóctono. Podemos ver, así, en la órbita del pensamiento, a la América hispánica como un gran espejo de Europa, donde todo lo que se refleja se configura al revés.

Podemos también, sacar unas brevísimas y arbitrarias conclusiones – pero no por esto poco interesantes- contraponiendo la frase de Simón Bolívar con la de Sarmiento, por considerarlas ilustrativas de un pensamiento y del otro. Al hacerlo, podemos notar que Bolívar utiliza una lógica dialéctica al encontrarse con la contraposición entre dos tipos antagónicos y encuentra una síntesis entre ambos que originará un elemento nuevo. Al descubrir este elemento nuevo nos abre un nuevo panorama. Panorama que tendrá que ser analizado con herramientas nuevas o, utilizando de manera novedosa las herramientas que ya teníamos.

Sarmiento, sin embargo, no encuentra superación ante lo que él encuentra como elementos opuestos más que con la eliminación del uno por el otro. Las consecuencias lógicas que derivan de estos dos tipos completamente distintos de análisis son lo que, siglo y medio más tarde, llevarían al país a debatirse entre “Braden o Perón”.

Pero, digresiones de lado, podemos comenzar a vislumbrar ya el modus operandi de estas dos corrientes del pensamiento que, aún hoy, se debaten en nuestro continente. En lo que hoy es la República Argentina, antes Provincias Unidas del Río de La Plata o Confederación Argentina, la reacción, desde la intelectualidad, tuvo a sus mayores representantes nucleados en un grupo conocido como la “generación del 37”, entre los que podemos encontrar a Alberdi, Echeverría y Faustino Domingo Sarmiento.

Si en Europa el romanticismo era un movimiento revolucionario, en América, más precisamente en el Río de La Plata, era un movimiento contra revolucionario encarnado por la joven intelectualidad nucleada en el Salón Literario, que funcionaba en la librería porteña de Marcos Sastre.

Año más tarde, en el 38, a todos los uniría, además de su adscripción al romanticismo y a las ideas liberales de la época, el exilio forzado y el odio a Rosas (sí, fue él quién los condenó al exilio en su mayoría, pero esto no fue más que un detalle para su odio). Es en este período cuando conforman la “Asociación de la joven generación argentina” – a semejanza de la Joven Italia inspirada por el patriota italiano Mazzini- encabezada por Echeverría, a la que luego se sumarán ilustrísimas figuras como Mitre y Cané.

Digamos que el romanticismo de esta generación es un romanticismo trunco, un romanticismo que estéticamente puede mencionar al gaucho y a la geografía local, pero que al momento de pensar lo político, lo social, no puede dejar de mirar a Europa, así, Echeverría podía afirmar: “Ella no está bien [América]; está desierta, solitaria, pobre. Pide población, prosperidad. ¿De dónde le vendrá esto en lo futuro? Del mismo origen de que vino antes de ahora: de Europa.” o “Todo en la civilización de nuestro suelo es europeo; la América misma es un descubrimiento europeo”.

Sarmiento es parte de esta generación y, por lo tanto, comparte las mismas ideas, las mismas aspiraciones, a las que dará forma acabada en su obra.  El Facundo, digamos, es otro “Plan de Operaciones”, pero uno que va más lejos, es más efectivo porque no sólo intenta operar desde la praxis otorgándole lineamientos, sino que, además, trabaja desde lo imaginario colectivo. Sarmiento es un creador de mitos. Sabe del poder creador de la palabra y le saca provecho.

No sólo eso, sino que crea mitos fundantes sobre los cuales posarán los principios de futuras políticas que él mismo, siendo presidente, llevará a cabo. Uno de los que hasta hoy aún perduran es ese que, antaño, el mismísimo Jauretche trató de desterrar, en su Manual de Zonceras, con muy buenos fundamentos pero que aún hoy podemos llegar a oír y que reza “el mal que aqueja a la Argentina es su extensión”.

Así fue, también, bajo esta misma inteligencia, que luego de las victorias de Caseros y Pavón, principalmente Mitre y los vencedores liberales comienzan a escribir la historia bajo una línea que las unía con la Revolución de Mayo y es la misma con la que aún hoy Billiken aburre a nuestros pibes.

Mariano Moreno, Belgrano y Castelli, al contrario que los anteriores, pueden ser considerados como antecedentes argentinos de lo que podemos llamar un pensamiento latinoamericano revolucionario. Porque el pensamiento latinoamericano debe ser necesariamente revolucionario o no ser nada. Justamente, porque como continente colonizado nuestra identidad se forja y afirma en la lucha por la liberación contra el colonialismo y es esta condición de ser la que la torna revolucionaria.

Pero, a pesar del esfuerzo de éstos, derrotados los caudillos por las oligarquías, triunfó la reacción y la historia la escribieron los vencedores (como se acostumbra). Aunque, tiempo después, con el descubrimiento del “Plan de Operaciones” trastabillan muchas de las mentiras de la línea histórica Mayo-Caseros reivindicada por Mitre y Sarmiento. En esta obra, ordenada a realizarse por Belgrano de manera secreta, se descubre a un Moreno claramente antiliberal, americanista, anti británico – salvo de manera claramente táctica-, proteccionista, popular e indigenista. Un Moreno partidario del terror revolucionario para combatir a la reacción contra revolucionaria “ (…) y así no debe escandalizar el sentido de mis voces, de cortar cabezas, verter sangre y sacrificar a toda costa, (…)”.

Balcanizada la Gran Nación Latinoamericana - concebida en el Plan Continental de Miranda- por la traición de sus oligarquías y sus partidos pro británicos, como el de Rivadavia en Argentina, el pensamiento latinoamericano también comenzó a elaborarse desde estas divisiones. Así, siglo después, comenzó a tomar su propia forma en Argentina, presentándose como pensamiento nacional. Alrededor 1935, se conforma el grupo FORJA, en el que participarían Jauretche, Scalabrini Ortiz, Manzi y Dellepiane, entre otros.

Será ésta una época fecunda en ideas, dónde volverán a enfrentarse dos modelos de país y los mitos elevados por Mitre y Sarmiento como tótems gigantes tratarán de ser derrumbados por este pensamiento nacional revitalizado por sus nuevos mentores.

Es en esta época cuando Jauretche escribe su Manual de Zonceras en clara respuesta al Facundo de Sarmiento, haciéndolo como un marx criollo respondiéndole a las bufonadas de Locke. Y cuando comienza el furor por el revisionismo histórico.

Es para este entonces cuando las dos argentinas, una la reaccionaria de Mitre y Sarmiento y la otra la revolucionaria de Moreno y Belgrano, se debaten hasta que la última estalla un 17 de octubre poniendo sus criollas patas en las parisinas fuentes de Plaza de Mayo.

Pero a la reacción se la destruye y se llega con la revolución hasta sus últimas consecuencias, como ya nos había enseñado la experiencia de La Revolución de Mayo, o las fuerzas reaccionarias terminan reorganizándose, que no les es difícil con todo el acervo cultural que han acumulado gracias a sujetos como Sarmiento, y termina triunfando, para borrar todo lo andado.

Daniel Ghiraldo

Daniel Ghiraldo es abogado laboralista. 

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