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Palantir, el capital tecnológico global y el asalto silencioso a la soberanía popular


25 de abril de 2026

Fernando Esteche

“Se acercan los robots asesinos impulsados por IA.” — Yanis Varoufakis, economista y ex ministro griego, en respuesta al manifiesto de Palantir

“El Manifiesto Palantir es el plan del tecno-fascismo occidental. Las máscaras han caído.” — Alexander Dugin, filósofo ruso, abril 2026

 

 

Para comprender el manifiesto de Palantir hay que retroceder al año 2009, cuando Peter Thiel —cofundador de Palantir y su primer gran financista— publicó en Cato Unbound el ensayo La educación de un libertario. Allí escribió, sin ambigüedad, que ya no creía que la libertad y la democracia fueran compatibles.

Esta frase no era una extravagancia personal; era el programa de un movimiento que desde entonces ha colonizado sistemáticamente los centros de decisión del Estado norteamericano. Thiel no busca reformar la democracia sino superarla mediante arreglos tecnocráticos. Su libro Zero to One (2014) completó el cuadro —el monopolio creativo, no la competencia ni la representación, es la condición de todo avance. La competencia es para los perdedores; el monopolio, para los elegidos.

La empresa que Thiel cofundó lleva el nombre de los Palantiri —las piedras videntes del Señor de los Anillos—, objetos que permiten ver a distancia pero que corrompen inevitablemente a quienes los usan. La elección del nombre no fue inocente. Palantir nació en 2003 con capital de In-Q-Tel, el fondo de riesgo de la CIA, y creció sobre contratos con el ejército estadounidense, la NSA y el FBI tras el 11 de septiembre. Desde el inicio fue una extensión privada del aparato de seguridad del Estado, no una empresa tecnológica en el sentido convencional.

Alex Karp, el actual CEO, construye una fachada más sofisticada. Doctor en filosofía por la Universidad Goethe de Frankfurt, reivindica la herencia de Habermas y la Escuela de Frankfurt —una escuela de pensamiento dedicada precisamente a la crítica del autoritarismo y la defensa de la razón comunicativa y democrática.

Pero como advirtió Le Grand Continent en su análisis del manifiesto, Karp opera en lo que Leo Strauss denominó un registro exotérico (es lo que un pensador dice en público, el lenguaje accesible y aceptable para todos) y otro esotérico (Lo esotérico es el significado real, reservado para quienes leen entre líneas).

Aplicado a Karp y su manifiesto,mantiene el lenguaje de la república y la democracia en la superficie, mientras que el contenido real apunta a una reforma completa del Estado norteamericano en beneficio de la infraestructura digital privada que él controla. Invoca a Habermas para hacer exactamente lo que Habermas pasó su vida combatiendo.

El manifiesto de 22 puntos opera con tres movimientos retóricos principales. El primero convierte la deuda moral en argumento comercial. Silicon Valley le debe al país que lo hizo posible, por lo tanto tiene la obligación afirmativa de participar en la defensa de la nación. El segundo clausura el debate sobre las armas de IA al presentarla como inevitable, la pregunta no es si se construirán, sino quién las construirá. El tercero descalifica el pluralismo sosteniendo que ciertas culturas han producido maravillas; otras han resultado mediocres, y peor aún, regresivas y dañinas.

Este tercer punto cobra su dimensión real cuando se recuerda que Palantir es el proveedor del sistema ImmigrationOS para el ICE, una plataforma que cruza pasaportes, datos del registro social, lecturas de matrículas y datos telefónicos para producir visibilidad casi en tiempo real sobre personas en proceso de deportación. La jerarquía cultural que el manifiesto postula es la ideología operativa del sistema que decide a quién se persigue, a quién se deporta y, en Gaza, a quién se mata.

 

El rol de JD Vance

JD Vance, vicepresidente de Estados Unidos y protegido confeso de Peter Thiel, ocupa en este ecosistema una función estratégica que otorga politicidad racional y ofrece base social al proyecto de gobernanza tech. Es el punto de sutura entre Silicon Valley y el resentimiento de las clases trabajadoras del Rust Belt.

Creció en la pobreza de Ohio, estudió derecho con financiamiento de Thiel, trabajó en capital de riesgo tecnológico y se describe a sí mismo como miembro de la derecha post-liberal. Su trayectoria personal funciona como el argumento vivo de que el proyecto de Palantir no es elitismo puro sino patriotismo popular.

Vance es discípulo intelectual de Curtis Yarvin, ingeniero de software y bloguero neorreaccionario que teoriza un orden pos-democrático basado en la figura del CEO-monarca. La llamada píldora roja, popularizada por el movimiento de extrema derecha en internet, fue tomada directamente de Yarvin. Vance lo cita con aprobación. Thiel lo financia y lo frecuenta en los encuentros del Movimiento Nacional Conservador, donde también confluyen los cuadros intelectuales que alimentan ideológicamente a la administración Trump.

El momento más revelador de Vance en el plano geopolítico fue su discurso en la Conferencia de Seguridad de Múnich en febrero de 2025, el foro más importante del mundo occidental en materia de defensa, donde históricamente los aliados de la OTAN coordinan posiciones frente a amenazas externas. Vance invirtió completamente la lógica del encuentro.

En lugar de hablar de la amenaza rusa o china, declaró que la mayor amenaza para Europa venía de adentro, de los propios gobiernos europeos. Su argumento fue que Europa no era verdaderamente democrática porque censuraba el discurso en redes sociales, desfinanciaba a partidos de derecha y usaba mecanismos legales para excluir candidatos considerados extremistas. Citó como ejemplos concretos a Rumanía, donde se había anulado una elección por presunta interferencia rusa, al Reino Unido, Escocia y Alemania.

El efecto fue el de una declaración de guerra cultural a los aliados de Washington. Vance no fue a Múnich a coordinar la defensa de Occidente; fue a respaldar a los partidos que sus aliados europeos consideran una amenaza a sus propias democracias — el AfD alemán, el RN francés, Vox español.

Lo que en la retórica del manifiesto de Palantir se llama defender la libertad frente a la censura progresista es, traducido al terreno europeo, el apoyo activo de la segunda figura del ejecutivo norteamericano a las fuerzas que buscan desmantelar desde adentro los sistemas institucionales pan-europeos.

La función de Vance en el proyecto es triple; legitimar la agenda corporativa de Palantir con vocabulario de clase trabajadora, servir de correa de transmisión entre el capital tecnológico y el aparato estatal, y exportar la desestabilización institucional a los aliados que podrían constituir un contrapeso.

 

Larry Fink y la gramática del desplazamiento

Mientras Palantir construye la retórica de la fuerza geopolítica, Larry Fink —CEO de BlackRock, el mayor gestor de activos del planeta con más de 10 billones de dólares bajo administración— opera en el lenguaje aparentemente neutral de la inevitabilidad y fatalidad económica. Sus declaraciones de 2025 y 2026 constituyen el complemento indispensable del manifiesto de Karp. Si Palantir captura el Estado, BlackRock captura el dividendo de productividad que la IA genera al desplazar trabajadores.

En la Cumbre de Infraestructura de BlackRock de marzo de 2026, Fink advirtió que los graduados universitarios de ese año enfrentarían el mayor desempleo entre jóvenes en años, incluso sin recesión. La causa era precisa — la IA está destruyendo sistemáticamente los empleos de entrada en finanzas, consultoría, análisis de datos y administración. Las ofertas de trabajo para recién graduados cayeron más de un 16% entre 2024 y 2025, mientras que el número de postulantes por puesto aumentó un 26%.

Para describir este proceso, Fink recurre a un eufemismo que merece ser desmontado con cuidado. Dice que la tecnología no reemplaza a los humanos sino que los augmenta (la letra g en la palabra hace la diferencia conceptual; no es más cantidad es más potencia). La imagen que propone es la del trabajador fortalecido por la herramienta, no desplazado por ella. El problema es lo que añade a continuación, casi de paso — que eso significa que probablemente se necesiten menos contrataciones futuras para la misma escala de negocio.

Traducido sin eufemismo, si un solo programador con IA hace lo que antes hacían diez, los otros nueve sobraron. Un trabajador quedará augmentado y nueve serán reducidos a la nada. Fink llama a eso aumento del trabajador que queda; los nueve que se fueron lo llamarían desempleo. La distinción semántica no cambia el resultado material, los puestos de trabajo desaparecen y el valor generado crece y fluye hacia los accionistas de BlackRock.

El reconocimiento más revelador de Fink llegó en marzo de 2026, cuando admitió que la IA amenaza con concentrar la riqueza a una escala aún mayor, entre las empresas e inversores posicionados para capturarla. La frase es la descripción de un mecanismo que él mismo opera desde el centro. BlackRock tiene participaciones en prácticamente todas las grandes corporaciones tecnológicas que están desplegando IA a escala. Fink no describe el futuro con preocupación — describe su propio balance contable con satisfacción.

El discurso de Fink sobre los oficios manuales tiene el barniz de la humildad social pero evita las preguntas decisivas. ¿Quién se apropia del incremento de productividad generado por la IA que reemplazó a los trabajadores desplazados? ¿A qué salario, bajo qué condiciones y con qué derechos laborales trabajan esos nuevos técnicos de infraestructura? La respuesta está implícita en los números de BlackRock y en el silencio absoluto de Fink sobre cualquier forma de redistribución, impuesto a la automatización o mecanismo de compensación para los desplazados.

 

Bill Gates: el mismo orden, distinta temperatura

Tratar a Bill Gates como una variante equivalente del tecno-autoritarismo de Palantir sería inexacto y borraría diferencias que importan políticamente. Gates no estuvo en la primera fila de la inauguración de Trump en enero de 2025 — fue la gran ausencia entre los tech bros que se inclinaron ante el nuevo presidente. No financia a Vance ni a Yarvin. Apoya la OMS, los acuerdos climáticos, las instituciones multilaterales y a líderes del tipo que se reunieron en Barcelona. Esas diferencias son reales y tienen consecuencias concretas en el mundo.

Reconocer esas diferencias, sin embargo, no equivale a absolver a Gates de una crítica estructural igualmente seria. La pregunta pertinente no es si coinciden en sus posiciones políticas coyunturales —claramente no coinciden— sino si comparten una premisa de fondo sobre cómo debe ejercerse el poder.

Y ahí la respuesta es afirmativa. Gates y Karp no son variantes del mismo proyecto político, pero sí son actores distintos dentro del mismo orden de concentración de poder tecnológico que en ciertos momentos compiten y en ciertos momentos convergen, y que en ningún momento aceptan que el escrutinio público genuino sobre sus decisiones sea una condición de legitimidad.

Karp representa el autoritarismo caliente — abierto, declarado, trumpista en sus alianzas y militarista en su programa. El manifiesto de 22 puntos es exactamente eso: la declaración pública de un proyecto que ya no necesita disimularse. Gates, en cambio, representa el autoritarismo frío — igualmente concentrado en términos de poder, igualmente resistente al control democrático, pero envuelto en el lenguaje de la evidencia científica, la salud global y la reducción de la pobreza. Son autoritarismos de distinta temperatura. Y el frío, precisamente por ser más difícil de nombrar y combatir, merece un análisis igual de riguroso.

La Fundación Gates no es una organización caritativa en ningún sentido funcional riguroso. Es una estructura de poder privado que compra influencia en los espacios donde se toman decisiones que afectan a millones de personas. La filantropía, tal como la practica Gates, es poder político sin mandato democrático como las contribuciones de campaña o el lobbismo, pero sin ninguna de las obligaciones de transparencia que esos mecanismos, al menos formalmente, implican. Gates no está regalando dinero; está comprando asiento en mesas de decisión donde nadie lo eligió.

El mecanismo de captura es preciso y documentado. La Fundación Gates es el segundo mayor donante privado de la Organización Mundial de la Salud, aportando cientos de millones de dólares en contribuciones con destino predeterminado — dinero etiquetado que financia los programas que Gates decide que deben financiarse, no los que los países miembros acuerdan.

El patrón se repite en agricultura africana y en educación pública norteamericana. Gates decidió que podía revolucionar la agricultura en África mediante variedades de semillas modificadas; los propios agricultores africanos llevan años pidiendo que abandone esa cruzada porque, según sus propias organizaciones, les causa más daño que beneficio.

En educación, Gates financió la reforma de los estándares curriculares nacionales sin que ningún mecanismo democrático lo autorizara. Cuando los resultados fueron negativos, la fundación simplemente cambió de prioridad. Adicionalmente, la fundación ha donado más de 300 millones de dólares a medios de comunicación globales, generando una dependencia estructural que hace que la cobertura sobre Gates sea sistemáticamente acrítica.

Los medios no informan sobre Gates con neutralidad porque Gates financia a los medios, ese es el modelo, no la caridad, sino el control del ecosistema de información que define cómo se lo percibe.

Lo que diferencia a Gates de Thiel o Karp no es la ética sino la táctica y las alianzas. Thiel opera con la violencia retórica de quien ya no necesita disimular. Gates opera con la suavidad del que construyó durante décadas una imagen de benefactor global. Uno apoya a Trump y construye sistemas de targeting militar. El otro apoya a los demócratas y construye sistemas de influencia sobre la gobernanza de la salud pública internacional.

Son dos modalidades del mismo fenómeno, la captura privada de decisiones que deberían ser colectivas, públicas y democráticamente controladas, que producen efectos políticos distintos en el corto plazo y contribuyen al mismo vaciamiento de soberanía popular en el largo.

 

Tim Cook, apple, el capitalismo de doble cara

Tim Cook, CEO de Apple desde la muerte de Steve Jobs en 2011, ocupa en este mapa una posición que no encaja limpiamente en ninguno de los perfiles anteriores, y esa misma incomodidad es analíticamente reveladora.

Apple bajo Cook proyecta hacia el usuario occidental una retórica de privacidad y derechos que tiene sustancia técnica real; el cifrado de extremo a extremo de iMessage, el procesamiento local de datos en el dispositivo, y el episodio más conocido: en 2016, cuando el FBI exigió que Apple desbloqueara el iPhone del autor del atentado de San Bernardino, Cook se negó públicamente argumentando que crear una puerta trasera comprometería la privacidad de todos los usuarios. Ese episodio le generó una imagen de defensor de la privacidad que ningún otro tech bro de esa escala puede reclamar con igual credibilidad.

Sin embargo, esa imagen se fractura cuando el mercado exige lo contrario. En China, Apple ha retirado aplicaciones de VPN, de noticias independientes y de activismo político a pedido del gobierno, ha entregado las claves de iCloud a servidores controlados por el Estado chino y ha eliminado aplicaciones de periodismo crítico sin que ninguna declaración de principios lo impidiera. La privacidad de Cook es una posición comercial que se sostiene donde es rentable y se abandona donde el mercado autoritario lo exige.

Su relación con el ecosistema trumpista confirma ese pragmatismo. Cook apareció en la inauguración presidencial de enero de 2025 y ha mantenido una relación de negociación permanente con Trump, en febrero de 2025, Trump anunció que Apple invertiría 500 mil millones de dólares en Estados Unidos en los próximos cuatro años, un compromiso que garantiza a Apple protección arancelaria para sus cadenas de producción asiáticas. Cook no es trumpista ideológico ni populista; es el capitalista que negocia con cualquier poder que le garantice acceso a mercados.

La dimensión más relevante para este análisis es la que opera más silenciosamente. Apple Intelligence; el sistema de IA integrado en dos mil millones de dispositivos que procesa datos de una escala que ninguna otra plataforma alcanza en términos de intimidad. Cook insiste en que ese procesamiento ocurre localmente en el dispositivo, no en servidores centrales. Si eso es completamente cierto, es una arquitectura radicalmente distinta a la de Google, Meta o Amazon.

Si las excepciones que ya existen para el mercado chino se expanden bajo presión de otros gobiernos, Apple se convertiría en la plataforma de vigilancia más grande de la historia precisamente porque nadie la percibe como tal. El peligro de Cook no es su programa declarado sino la escala de lo que controla sin que casi nadie lo nombre como problema de poder.

El denominador común de Gates, Bezos y Cook con Karp y Thiel no es ideológico sino estructural. Los cinco controlan infraestructuras de decisión que afectan a cientos de millones de personas sin que ningún mecanismo democrático pueda retirarles ese control. Sus diferencias de temperatura, el autoritarismo caliente de Karp, el frío de Gates, el silencioso de Bezos, el pragmático de Cook, producen efectos políticos distintos en el corto plazo y contribuyen al mismo vaciamiento de soberanía popular en el largo.

 

Jeff Bezos; la infraestructura silenciosa

En el mismo ecosistema opera Jeff Bezos, fundador de Amazon y propietario del Washington Post, cuya figura merece una mención precisa porque ilustra una tercera modalidad de poder tecnológico; la del que no necesita manifiesto porque ya es la infraestructura.

Amazon Web Services es la plataforma de computación en nube sobre la que corren los propios sistemas de Palantir, entre miles de otros clientes gubernamentales y corporativos. Bezos no construye armas de IA ni crea fundaciones filantrópicas, simplemente alquila el suelo digital sobre el que todos los demás operan y cobra por ese suelo una renta.

Cuando Trump ganó en noviembre de 2024, Bezos hizo dos cosas que revelaron su posición real. Apareció en primera fila en la inauguración presidencial de enero de 2025 junto a Zuckerberg, Musk y los demás tech Bros, una imagen que dio la vuelta al mundo y que ninguno de ellos habría elegido si no considerara que era rentable estar ahí. Lo seguido fue que bloqueó el editorial del Washington Post que iba a apoyar a Kamala Harris antes de las elecciones, rompiendo una tradición de intencionalidad editorial de décadas.

El periódico que financió las investigaciones sobre Watergate y que publicó los Papeles del Pentágono fue silenciado por su propietario en el momento más decisivo, no por convicción trumpista sino por cálculo de negocios. Eso es, en su forma más pura, el autoritarismo pragmático del capital tecnológico maduro, no necesita ideología, solo necesita que el poder que emerge le sea conveniente.

 

Las críticas: Dugin y Varoufakis desde flancos opuestos

Las críticas más agudas al manifiesto de Palantir llegaron de dos intelectuales que raramente coinciden; Alexander Dugin y Yanis Varoufakis. Su convergencia sobre este punto es un dato geopolítico de primera magnitud, porque señala que el proyecto Palantir genera rechazo en registros ideológicos completamente diferentes y por razones igualmente diferentes.

Dugin, el filósofo ruso considerado ideólogo del eurasianismo, publicó un análisis inmediato. El manifiesto de Palantir es el plan del tecno-fascismo occidental, la supremacía de la raza blanca basada en la tecnología, sin el antisemitismo ni la sacralidad del fascismo histórico. Esta vez puramente capitalista, amigable con los judíos, profano, materialista, anglosajón, post-humanista.

Para Dugin, Trump es un peón cuyo papel es de destrucción total y preparación, mientras que Palantir es el proyecto real, un plan para preservar la menguante hegemonía de Occidente mediante métodos radicales. Las máscaras han caído, dice Dugin, porque el proyecto ha alcanzado posiciones suficientemente sólidas como para hablar abiertamente.

En su análisis captura algo que los críticos liberales a veces prefieren no decir; Palantir no es una aberración trumpista pasajera, sino la articulación más coherente de un proyecto de hegemonía occidental que antecede a Trump y que continuará después de él.

Varoufakis, desde la izquierda europea, aporta otra categoría; el tecnofeudalismo. Para el economista griego, las grandes plataformas tecnológicas no son capitalistas en el sentido clásico; cobran rentas feudales a quienes operan en sus infraestructuras, como los señores medievales cobraban peaje a quienes cruzaban sus tierras.

No compiten, monopolizan. No producen, extraen. La diferencia entre Bezos y Thiel, en este marco, es de escala y de ámbito, uno feudaliza el comercio global y la infraestructura digital, el otro feudaliza la soberanía estatal. Gates feudaliza la gobernanza de la salud pública internacional. Son feudalismos distintos que se superponen sobre los mismos ciudadanos.

La crítica de Varoufakis al manifiesto señala que la advertencia sobre robots asesinos impulsados por IA no es retórica. La empresa ha integrado sistemas de inteligencia artificial en las bases de datos de objetivos del ejército israelí en Gaza, produciendo lo que documentación periodística de The Guardian describe como listas de blancos con componente algorítmico.

Karp ha dicho públicamente que su software se usa principalmente para matar terroristas. Al menos el 83% de los más de 71.000 muertos en Gaza al momento de escribir este artículo eran civiles, según las mismas investigaciones. La República Tecnológica mata personas reales.

 

¿Es esto sólo trumpismo? La trampa de la lectura coyuntural

Una de las lecturas más frecuentes del fenómeno Palantir lo reduce a trumpismo, la expresión ideológica de una administración particular, destinada a retroceder cuando las correlaciones electorales cambien. Esta lectura es un error estratégico grave porque confunde la retórica de superficie con la estructura de fondo.

Palantir tiene contratos con el Servicio Nacional de Salud del Reino Unido, con gobiernos europeos, con el ejército israelí y con múltiples agencias de inteligencia de países que no son necesariamente trumpistas. La empresa cotiza en bolsa con una relación precio-ganancias superior a 230 — territorio de especulación extrema — pero su base de ingresos gubernamentales es estructural. En 2025 obtuvo 1.867 millones de dólares de contratos con gobiernos sobre ingresos totales de 3.116 millones. Esa infraestructura contractual no desaparece con un cambio de administración.

El manifiesto de Palantir es simultáneamente trumpista y globalista. Es trumpista en su retórica; deuda moral con América, crítica al pluralismo, rearme tecnológico. Pero su lógica de fondo es globalista en un sentido preciso; aspira a que la infraestructura tecnológico-militar de Occidente, liderada por empresas privadas norteamericanas, reemplace el orden multilateral de instituciones débiles por un orden unipolar gestionado algorítmicamente.

No es el nacionalismo de Trump lo que define este proyecto, es la hegemonía tecnológica de un bloque que reconvierte al Estado-nación en plataforma de gestión privada de servicios de vigilancia.

El ecosistema ideológico que produce a Palantir; Thiel, Yarvin, Vance, la Ilustración Oscura, el aceleracionismo tecnológico de Andreessen, tiene raíces que anteceden a Trump y que sobrevivirán a su segunda administración. Trump es útil para Palantir, no es indispensable.

Prueba de ello es que la empresa opera con igual eficacia en el Reino Unido bajo gobiernos laboristas, en Israel bajo gobiernos de cualquier signo, y en Europa sin que nadie le haya pedido un manifiesto de lealtad democrática. El capital tecnológico maduro no necesita un partido; necesita contratos y desregulación, que puede obtener de cualquier gobierno suficientemente pragmático.

La distinción relevante no es izquierda contra derecha ni globalismo contra trumpismo. Es soberanía popular contra tecnocracia privada; la pregunta de si las decisiones que afectan a las mayorías son tomadas por mecanismos con algún nivel de rendición de cuentas democrática, o si son tomadas por sistemas algorítmicos propiedad de corporaciones privadas que responden únicamente a sus accionistas.

 

La gobernanza tech

El mapa de actores que este ensayo ha recorrido no es homogéneo ni conspirativo. Karp y Thiel comparten proyecto político con Trump y Vance, construyen sistemas de vigilancia y targeting militar, y han decidido que la democracia deliberativa es un obstáculo que ya no vale la pena fingir respetar. Gates apoya instituciones multilaterales, financia a líderes demócratas y rechaza el trumpismo. Bezos opera como infraestructura silenciosa que alquila el suelo digital a todos y se inclina ante cualquier poder que le garantice rentabilidad. Fink captura el dividendo de la automatización y lo distribuye hacia sus accionistas mientras describe el proceso como progreso inevitable. Son proyectos distintos, con alianzas distintas y con consecuencias políticas distintas en el corto plazo.

Lo que los une no es una coordinación ni un programa compartido sino una premisa estructural común. Ninguno de ellos acepta que las decisiones que toma sean controladas democráticamente por quienes las padecen. Pero en todos los casos el escrutinio democrático genuino sobre sus decisiones es tratado como un obstáculo a gestionar, no como una condición de legitimidad.

El proyecto de la facción Palantir-Thiel-Vance aspira en concreto a cuatro transformaciones. Privatizar las capacidades soberanas del Estado; 1) que sea Palantir y no el Congreso, los tribunales o la ciudadanía quien decida cómo se identifica a un inmigrante irregular, 2) cómo se procesa la inteligencia militar, o cómo se construyen los sistemas de objetivos que alimentan operaciones bélicas, 3) capturar el dividendo de productividad de la IA (que el valor generado por la automatización fluya hacia los accionistas de BlackRock y sus análogos, no hacia los trabajadores desplazados ni hacia bienes públicos colectivos), 4) redefinir la ciudadanía en términos de utilidad cultural y tecnológica (el manifiesto habla de culturas mediocres y regresivas en el mismo documento que justifica un sistema de vigilancia migratoria masiva), y neutralizar la deliberación democrática sobre tecnología presentando la carrera armamentista de IA como inevitable y el pluralismo como debilidad.

La República Tecnológica que propone Alex Karp no es una república. Montesquieu o Rousseau se espantarían de semejante pretensión. Es una oligarquía administrada por algoritmos, legitimada por la urgencia geopolítica y financiada por los ciudadanos que desplaza. El tecnofeudalismo que describe Varoufakis, el tecnofascismo que diagnostica Dugin desde la vereda opuesta, y la concentración de riqueza que el propio Fink admite son diferentes nombres para el mismo proceso de vaciamiento de soberanía popular en su versión más dura. Gates representa ese mismo vaciamiento en su versión más suave y Bezos en su versión más silenciosa.

Nombrar lo que ocurre con precisión es el primer acto de resistencia. Distinguir entre los actores sin absolver a ninguno es el segundo. Construir la alternativa es el tercero — y es el que todavía está pendiente.

 

Fernando Esteche

Fernando Esteche es dirigente del Encuentro Patriótico. Doctor en Comunicación Social (FPyCS-UNLP). Director de PIA Global. 

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