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Un castigo insoportable: El palabrerío incesante de la crueldad intelectual


06 de junio de 2026

El palabrerío no es ignorancia: es técnica de dominación que infla significantes, vacía significados y convierte el lenguaje en mercancía ideológica para el control social.

Fernando Buen Abad Dominguez

Alguna vez fue la emboscada lenguaraz preferida por párrocos, obispos y papas; otras veces, retahílas incomprensibles esgrimidas por “políticos”, las más de las veces diarrea léxica de publicistas, predicadores, vendedores y comunicadores más enamorados de su ego mercenario que de la calidad del contenido.

El palabrerío no es un accidente lingüístico ni una desviación estilística; es una forma histórica de producción simbólica cuya materia prima es la crueldad intelectual sobre la credulidad socialmente organizada y cuya finalidad es la dominación de la conciencia.

En su forma más elemental, el palabrerío consiste en la inflación del significante y la devaluación del significado. No es ignorancia pura, es una técnica perversa, consiste en, voluntariamente, decir sin decir, en saturar la vida con palabras que simulan densidad conceptual mientras sustraen la mayor cantidad y calidad posible de claridad.

Opera mediante desplazamientos semánticos, eufemismos calculados, metáforas vaciadas y redundancias que anestesian la capacidad crítica. Su eficacia no reside en la coherencia, reside en la repetición y en el asalto al espacio discursivo. Donde el análisis exigiría precisión, el palabrerío ofrece grandilocuencia; donde la realidad demanda explicación, responde con baratijas léxicas.

Vive entre condiciones materiales precisas, desigualdad en el acceso al saber, concentración de los medios de enunciación y una economía política del signo que privilegia la circulación de las falacias y el histrionismo de la nadería sobre la verificación rigurosa.

Todo palabrerío nace allí donde el lenguaje deja de ser herramienta de mediación con la realidad para convertirse en instrumento de dominación ideológica, y se reproduce como parásito deslenguado en cada fisura entre experiencia y comprensión. Históricamente, la verborrea es servil a los ritmos de la lucha de clases.

En contextos de crisis, cuando las contradicciones del modo de producción se tornan visibles, el palabrerío se intensifica como dispositivo anestésico. Se multiplican entonces las narrativas disfrazadas de armonías abstractas, conciliaciones imposibles o reformas de conflicto ensalivado.

El discurso dominante recurre a fórmulas que naturalizan la desigualdad, que presentan como inevitables las relaciones de explotación y que desplazan la responsabilidad hacia abstracciones vacías. La vaciedad infestada con palabrerío.

No se trata de errores inocentes; es la forma discursiva que adopta la ideología cuando necesita ocultar su base material. La vida del palabrerío está anclada en instituciones concretas. Aparatos educativos que privilegian la memorización acrítica, industrias culturales que mercantilizan la atención y sistemas mediáticos que convierten la información en espectáculo son sus principales incubadoras de “fake news”.

Allí se aprende a hablar mucho y decir poco, a confundir opinión con conocimiento, a sustituir la argumentación por la performance. El lenguaje deviene mercancía, circula, se intercambia, se consume, para que pierda su potencia transformadora. En este régimen, la palabra ya no apunta a la verdad; apunta a la rentabilidad simbólica. Opio lenguaraz para el pueblo.

Sin embargo, su sobrevida no sería posible sin una dimensión subjetiva prefabricada con la internalización de formas de habla que reproducen la dominación. El palabrerío no es sólo impuesto; también se asume y, no pocas veces, se disfruta. Se infiltra en la vida cotidiana, en las conversaciones ordinarias, en los hábitos de pensamiento. Se convierte en sentido común.

Esta interiorización es clave para su eficacia; el dominado reproduce el discurso que lo domina, y así la ideología se presenta como espontaneidad. La crítica se desactiva no por censura directa tanto como por saturación de ruido.

Desde una perspectiva crítica, el análisis del palabrerío exige comprenderlo como parte de la superestructura, pero no como un mero reflejo pasivo. Es una práctica activa que contribuye a la reproducción de las relaciones sociales.

Su función es doble: por un lado, encubrir las condiciones reales de existencia; por otro, modelar subjetividades compatibles con esas condiciones. En este sentido, el palabrerío no es accesorio, es constitutivo del orden social. La dominación económica se sostiene también en la dominación simbólica. Algunos humoristas han hecho fama burlándose.

No obstante, su misma expansión contiene las condiciones de su crisis. La saturación discursiva genera fatiga, y la distancia entre palabra y realidad se vuelve asfixiante.

Cuando la experiencia vivida desmiente sistemáticamente el relato dominante, se abre un espacio para la crítica. La conciencia de clase emerge precisamente en esa fisura, cuando los sujetos reconocen que el lenguaje que los nombra no corresponde a su situación material. La ruptura con el palabrerío es, entonces, un momento de politización.

La muerte del palabrerío no es un evento súbito, es un proceso ligado a la organización colectiva del conocimiento. Implica la recuperación del lenguaje como herramienta de análisis y de acción organizada.

Supone la construcción de discursos que no oculten las contradicciones, porque se trata de que las expongan; que no prometan armonías ficticias, mejor que las orienten a la transformación. En este proceso, la crítica no puede limitarse a desmontar las formas vacías; debe producir nuevas formas de enunciación arraigadas en la praxis. La lucha contra el palabrerío es, en última instancia, una lucha por el sentido.

No se trata de purismo lingüístico, se trata de disputa política. Cada palabra puede ser campo de batalla, puede reproducir la ideología dominante o contribuir a su desarticulación. La tarea consiste en rearticular el lenguaje con la realidad, en restituir la relación entre concepto y experiencia, en devolver a la palabra su capacidad de nombrar lo que existe y de anticipar lo que puede existir. Y acabar con los odiosos incontinentes verbales.

En este horizonte, la crítica del palabrerío se convierte en una batalla en la crítica de la economía política. No basta con denunciar la falsedad de ciertos discursos; es necesario comprender las condiciones e intenciones que los producen y derrotarlas. La emancipación no será sólo material ni sólo simbólica, será una reconfiguración de ambas dimensiones.

La muerte del palabrerío será inseparable del surgimiento de una forma de vida en la que el lenguaje deje de ser instrumento de engaño y se convierta en medio de comprensión y de acción colectiva emancipada y emancipadora. Así, la historia del palabrerío no es marginal, es central.

Su vida revela las formas en las que la dominación secuestra el lenguaje; su sobrevida muestra la persistencia de esas formas insoportables en contextos cambiantes; su muerte, finalmente, debe abrir la posibilidad de una práctica discursiva liberada de la lógica del aturdimiento con saliva de engaños.

En esa posibilidad se juega, en parte, el destino de la conciencia de clase y la capacidad de los sujetos para reconocerse como agentes de su propia historia y relato.

 

Fernando Buen Abad Dominguez

Fernando Buen Abad Domínguez es mexicano de nacimiento, (Ciudad de México, 1956) especialista en Filosofía de la Imagen, Filosofía de la Comunicación, Crítica de la Cultura, Estética y Semiótica. Actualmente es Director del Centro Universitario para la Información y la Comunicación Sean MacBride y del Instituto de Cultura y Comunicación de la Universidad Nacional de Lanús

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