Curupaytí: el desastre de Mitre
26 de septiembre de 2026
Curupaytí fue uno de los mayores desastres militares de la historia argentina y expuso el costo de una guerra atravesada por intereses alglosajones. En una sola jornada, las fuerzas de la Triple Alianza sufrieron miles de bajas, en una magnitud que convirtió aquella batalla en una de las más sangrientas de todo el conflicto.
El 22 de septiembre de 1866, hace exactamente 160 años, tuvo lugar la Batalla de Curupaytí. Ese día, los ejércitos de Argentina, Brasil y Uruguay arremetieron contra las posiciones paraguayas en una guerra que tenía como objetivo declarado derrotar al gobierno de Francisco Solano López.
Pero detrás de la Triple Alianza se movían intereses que excedían el campo de batalla: Gran Bretaña buscaba ampliar las condiciones para la expansión de su modelo de libre comercio, mientras el Paraguay encarnaba una experiencia de autonomía económica y desarrollo interno que podía resultar peligrosa para ese proyecto. No sólo por lo que representaba en sí misma, sino porque su ejemplo podía extenderse al resto de las repúblicas de la Sudamérica hispana y abrir paso a un modelo de desarrollo alejado del modelo anglosajón.
Al inicio de la guerra (1865), Bartolomé Mitre subestimó por completo la dimensión del conflicto declarando que las tropas argentinas estarían: “veinticuatro horas en los cuarteles, en quince días en campaña, en tres meses en Asunción”. La realidad fue que la guerra se prolongó durante casi cinco años y dejó una estela de muerte, destrucción y profundas consecuencias políticas y económicas.
No faltaron voces que desde los inicios cuestionaron los fundamentos del conflicto. Juan Bautista Alberdi, José Hernández y Guido Spano se pronunciaron a favor de la causa paraguaya y denunciaron lo que Alberdi definiría como una “Guerra de la Triple Infamia” contra un país que, a diferencia de la imagen de atraso difundida por sus adversarios, había desarrollado importantes capacidades productivas e infraestructura propia.
Alberdi atacaba precisamente la contradicción entre el discurso civilizador de los gobiernos aliados y la realidad de quienes marchaban a la guerra. “Si es verdad que la civilización de este siglo tiene por emblemas las líneas de navegación por vapor, los telégrafos eléctricos, las fundiciones de metales, los astilleros y arsenales, los ferrocarriles, etc.”, escribiría, resultaba difícil explicar que los supuestos portadores de esa civilización fueran soldados provenientes de provincias argentinas que apenas conocían aquellas tecnologías y que, paradójicamente, eran enviados a “civilizar” al Paraguay.
La impopularidad de la guerra desató levantamientos populares en Mendoza, San Juan, La Rioja y San Luis, poniendo en evidencia que el conflicto no hacía más que profundizar las fracturas políticas y sociales de un país que aun resistía la hegemonía porteña impuesta en Caseros y Pavón.
Curupaytí
A un poco más de un año de iniciada la guerra, las fuerzas de la Triple Alianza se concentraron para atacar el fuerte paraguayo de Curupaytí, ubicado unos kilómetros al sur de la Fortaleza de Humaitá, sobre la margen izquierda del río Paraguay. Durante los primeros días de septiembre de 1866, las tropas aliadas se reagruparon con el objetivo de quebrar aquella posición defensiva.
La mañana del 22 de septiembre, la escuadra brasileña abrió fuego. Luego entraron en acción las posiciones de artillería. Finalmente, Mitre ordenó el avance de las tropas terrestres sobre las defensas paraguayas.
El resultado fue una catástrofe militar para los aliados. Cinco mil muertos argentinos y brasileños quedaron tendidos frente a Curupaytí. Las bajas paraguayas fueron exactamente de 92. Curupaytí quedó grabada, así como una de las mayores derrotas y masacres sufridas por Mitre y sus aliados durante el conflicto.
Pero la dimensión de aquella batalla sólo puede comprenderse dentro del resultado general de la guerra. La victoria aliada llegaría finalmente en 1870, aunque a un costo enorme. Para la Argentina significó alrededor de 50.000 muertos, mientras que Paraguay sufrió una devastación demográfica y económica de proporciones extraordinarias. De una población estimada en 1,3 millones de habitantes, las cifras tradicionalmente difundidas señalan que sobrevivieron alrededor de 300.000, en su mayoría mujeres y niños.
Las declaraciones del Gral. Mitre al finalizar la guerra fueron transparentes en el significado de la misma: “En la guerra del Paraguay ha triunfado no sólo la República Argentina sino también los grandes principios del libre cambio”.
A 160 años de aquella jornada, Curupaytí obliga a volver sobre una pregunta incómoda: qué intereses estaban realmente en juego detrás de aquella guerra y qué modelo de país —y de región— terminó imponiéndose con la derrota paraguaya.


