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Trelew en contexto


22 de agosto de 2026

Otro aniversario de Trelew nos invita a cuestionarnos sobre el sujeto de la historia, sus prácticas y el socialismo.

David Acuña

El 15 de agosto de 1972, miembros de las organizaciones guerrilleras Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y Montoneros intentaron concretar una fuga masiva de la cárcel de Rawson donde permanecían detenidos.

Seis de los principales jefes guerrilleros —Mario Roberto Santucho, Enrique Gorriarán Merlo y Domingo Menna, del PRT-ERP; Marcos Osatinsky y Roberto Quieto, de las FAR; y Fernando Vaca Narvaja, de Montoneros— lograron abordar un avión secuestrado y refugiarse en Chile, desde donde partirían posteriormente hacia Cuba. Otro contingente de 19 militantes que intentaron escapar no lograron hacerlo. Habiendo siendo trasladados a la Base Aeronaval Almirante Zar, en la madrugada del 22 de agosto, los detenidos fueron obligados a salir de sus celdas y luego de ser formados en dos hileras fueron ametrallados por personal militar.

Sobre estos hechos ya se ha escrito bastante, no nos detendremos en su reconstrucción. El propósito de esta nota es otro, aproximarnos al accionar político de la guerrilla argentina para comprender mejor sus estrategias y las concepciones de lucha por la cual intentaron la construcción del socialismo en la Argentina.

El Cordobazo (1969) marcó un punto de inflexión en la praxis militante a partir de la cual buena parte de las organizaciones revolucionarias comenzaron a concebir la lucha armada como una vía posible para la toma del poder. En términos generales, durante las décadas del 60 y 70, la toma del poder era concebida como parte de un proceso revolucionario en el que el partido o la organización debía apropiarse de las herramientas del Estado, dado que este, al detentar “el monopolio de la coerción”, concentraba también la capacidad de hacer efectivas las políticas de transformación. Cabe aclarar, que la coerción como herramienta política no era nueva en país y que desde 1955 la violencia estatal dio forma a practicas sociales que para nada eran ajenas al clima de época.

En ese contexto emergieron las dos principales organizaciones político-militares, Montoneros y el PRT-ERP, que, según investigaciones rigurosas, no llegaron a reunir entre ambas más de 1.500 combatientes con las cuales enfrentar a unos 200 mil hombres de las fuerzas de seguridad que actuaban prácticamente sin el corset de límite legal alguno.

Más allá del “quehacer militar”, entendido como la formación de una persona consciente de su rol de “combatiente”, era habitual que, luego de dos décadas de prácticas y experiencias acumuladas por el campo popular, una parte significativa de la militancia tuviera algún conocimiento sobre el manejo de armas, fabricación de “caños”, armado de molotov, apropiación de recursos, acciones de propaganda y tácticas de confrontación callejera.

Parte de los posicionamientos del PRT y de Montoneros coincidían en la necesidad de organizar milicias populares y construir un poder militar propio, aunque existían diferencias sustantivas entre ambas organizaciones. Para el PRT, la estructura militar debía orientarse a la derrota de las Fuerzas Armadas consideradas parte del aparato de poder burgués. Montoneros, en cambio, más próximo a la tradición de la Resistencia peronista de los años 50 y a la concepción del Frente Nacional, contemplaba la posibilidad de que un aparato militar propio incluyera también una estrategia de captación e influencia ideológica sobre sectores de las Fuerzas Armadas. En los hechos, esa estrategia de Montoneros para influir o captar oficiales fracasó.

La política militar del PRT expresaba con mayor claridad la posición de una fuerza que se asumía como izquierda revolucionaria, mientras que Montoneros sostenía una concepción más próxima al nacionalismo revolucionario. Eran, por cierto, diferencias con fronteras permeables y zonas de coincidencia.

Más allá de estas cuestiones debatibles, debe quedar claro que las organizaciones guerrilleras en la Argentina surgieron en un clima social favorable, alcanzaron importantes niveles de consenso y desarrollaron movimientos de masas propios. Sus planteos se inscribían en concepciones insurreccionales y de guerra popular, pero terminaron aisladas como consecuencia de la represión, la pérdida de apoyos y la derrota política-militar.

¿Qué queda hoy de la tradición insurreccional y de acción directa tanto en las izquierdas como en los peronismos? ¿Se piensa lo nacional en clave de ruptura revolucionaria? ¿Qué implica realizar la revolución en la Argentina del 2026? ¿Hay un sujeto revolucionario en el presente? ¿Cuáles son las formas organizativas y de lucha que deben adoptarse para una contraofensiva popular ante el modelo de entrega neoliberal, pero también ante la banalización que de la política han hecho algunos sectores progresistas?

Pocas certezas tenemos al respecto. Sin embargo, sí estamos seguros que la tozuda crítica a la realidad colonial es la forma de encontrar respuestas colectivas y crear horizontes deseables de liberación.

Para todos todo.

David Acuña

David Acuña, historiador, profesor y militante peronista. 

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