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Dios se niega a atender en el Aviñón atlantista


18 de abril de 2026

El domingo 12 de abril de 2026, mientras el mundo católico transitaba la semana de Pascua, Donald Trump publicó en su red social Truth Social una imagen generada por inteligencia artificial en la que aparecía con túnica blanca sanando a un enfermo, con una analogìa inequívoca de Jesucristo.

Fernando Esteche

La publicación siguió, con menos de una hora de distancia, a un largo mensaje en el que calificaba al papa León XIV de “débil frente al crimen” y “terrible en política exterior”, le pedía que dejara de “complacer a la izquierda radical” y sugería que él mismo había facilitado su elección al pontificado por ser estadounidense. La imagen mesiánica permaneció doce horas en línea antes de ser retirada bajo la presión de su propia base religiosa.

No fue un exabrupto aislado. Fue el punto de ebullición de una crisis acumulada durante más de un año, en la que convergen la guerra contra Irán, la política de deportaciones masivas, la pretensión de Washington de disciplinar al Vaticano, y la resistencia de un papa nacido en Chicago, conocedor de Nuestra Amèrica, que resultó ser el interlocutor más incómodo que la administración Trump pudo haber imaginado. La paradoja central de este conflicto es política, teológica e histórica al mismo tiempo; el primer papa estadounidense de la historia se convirtió en el adversario moral más visible del presidente estadounidense de turno.

Para comprender la magnitud de lo que ocurre es imprescindible recurrir a la historia. Pocas tensiones en la política internacional tienen raíces más profundas ni son más reveladoras sobre la naturaleza del poder que el conflicto entre Estado y papado.

 

El papado de Aviñón

En enero, el subsecretario de Defensa para Asuntos Políticos, Elbridge Colby, convocó al cardenal Christophe Pierre —nuncio apostólico de la Santa Sede en Washington— a una reunión en el Pentágono. El hecho era inédito en sí mismo. Lo que se dijo en esa reunión, según fuentes vaticanas recogidas por el Financial Times, NBC News y el Washington Post, fue más grave que el protocolo roto, los funcionarios pentagonales advirtieron que Estados Unidos “tiene el poder militar para hacer lo que quiera” y que la Iglesia “haría bien en ponerse de su lado”. Uno de los presentes evocó el papado de Aviñón como advertencia velada. La referencia no era erudita sino amenazante.

El papado de Aviñón es uno de los episodios más traumáticos de la historia de la Iglesia catolica, y entenderlo requiere retroceder al inicio del siglo XIV. El rey Felipe IV de Francia, llamado el Hermoso, mantenía un conflicto profundo con el papa Bonifacio VIII por dos asuntos de soberanía que hoy parecerían menores pero que entonces comprometían la base misma del poder medieval; el derecho de la Corona a gravar fiscalmente al clero francés sin autorización pontificia, y la jurisdicción sobre los obispos y tribunales eclesiásticos en suelo galo. Felipe IV consideraba que esas prerrogativas correspondían al Estado; Bonifacio VIII, que pertenecían a Roma. Ninguno estaba dispuesto a ceder.

En 1302, Bonifacio VIII publicó la bula Unam Sanctam, uno de los documentos más contundentes de la historia eclesiástica, que proclamaba la supremacía absoluta del papado sobre cualquier poder temporal. La respuesta de Felipe fue ordenar el arresto del pontífice. En septiembre de 1303, agentes franceses irrumpieron en el palacio de Anagni, donde residía Bonifacio, y lo capturaron. El papa fue liberado tres días después, pero la humillación y el shock físico lo destruyeron y murió pocas semanas más tarde. El episodio pasó a la historia como la “bofetada de Anagni” y supuso una ruptura simbólica enorme en la concepción de la inviolabilidad pontificia.

Con Bonifacio muerto, Felipe presionó para que se eligiera a un papa manejable. Lo consiguió en 1305 con la elección de Clemente V, un arzobispo de origen gascón que nunca llegó a Roma y estableció su sede en Aviñón, ciudad que pertenecía entonces a los territorios del rey de Nápoles pero estaba rodeada de tierra francesa. Allí residirían siete papas consecutivos durante casi setenta años, entre 1309 y 1377, todos ellos franceses, todos en mayor o menor medida bajo la influencia de la monarquía de París. El poeta Petrarca llamó a ese período la “Cautividad Babilónica de la Iglesia”, aludiendo al cautiverio del pueblo hebreo en Babilonia narrado en la Biblia.

El papado de Aviñón no fue un simple traslado geográfico. Fue una transformación de la naturaleza de la institución. Los papas aviñoneses fueron grandes administradores y constructores —el palacio papal de Aviñón sigue siendo uno de los monumentos medievales más imponentes de Europa—, pero su autoridad moral universal quedó comprometida por su dependencia de la Corona francesa. Cuando el papado regresó a Roma en 1377, bajo el impulso de Catalina de Siena, que convenció al papa Gregorio XI de que abandonara Aviñón, lo hizo dejando atrás décadas de desprestigio institucional que tardarían generaciones en superarse.

Lo que los funcionarios del Pentágono evocaron al mencionar Aviñón ante el cardenal Pierre fue precisamente ese modelo, una Iglesia que, bajo la presión del poder militar de un Estado, abandona su independencia y se convierte en instrumento de la política exterior de la potencia dominante. El mensaje era transparente. Y la respuesta del papado fue igualmente transparente, León XIV no tenía ninguna intención de trasladar su tiara papal a Washington.

 

Imperios que presionaron al papado

La historia de la relación entre el poder político laico y el papado es larga, y en ella se puede rastrear una pauta que, con todos los matices que la historia exige, resulta llamativa. Los imperios o potencias que intentaron someter al papado atravesaron, poco después, períodos de declive significativo. No se trata de una causalidad mecánica ni de un designio providencial, sino de algo más mundano y más revelador; los Estados que necesitan disciplinar a la Iglesia suelen estar en un momento en que su autoridad moral interna ya no se sostiene sola.

Felipe IV de Francia logró lo que ningún rey medieval había logrado del modo en que lo hizo, capturar al papa y forzar el traslado del papado a Aviñón. Sin embargo, el reino que heredaron sus hijos inmediatos fue un desastre sucesorio. Los tres hijos varones de Felipe murieron sin descendencia masculina en menos de quince años, extinguiendo la línea directa de los Capetos. La disputa dinástica que siguió fue el detonante de la Guerra de los Cien Años con Inglaterra, que se extendió de 1337 a 1453 y devastó Francia durante generaciones. El país que había sometido al papado tardó más de un siglo en recuperar algo parecido a su antigua centralidad continental, y aún así nunca recuperó la misma. Fue Borgoña, el Imperio Habsburgo, España y finalmente Inglaterra quienes dominaron sucesivamente el espacio europeo durante los siglos XV y XVI. Francia tardaría hasta el siglo XVII, bajo Luis XIV, para volver a ejercer una hegemonía comparable, y esa ya era otra Francia y otro mundo.

El caso de Enrique VIII de Inglaterra merece un análisis aparte porque produjo el precedente más radical de ruptura institucional con Roma. Cuando el papa Clemente VII, presionado por el emperador Carlos V —sobrino de Catalina de Aragón, la esposa que Enrique quería repudiar—, se negó a conceder la anulación matrimonial solicitada, el rey inglés no intentó someter al papa sino directamente prescindir de él. El Acta de Supremacía de 1534 declaró al monarca inglés cabeza suprema de la Iglesia de Inglaterra. No fue una reforma teológica, fue una ruptura política revestida de argumentos doctrinales. Enrique VIII no tenía interés particular en el protestantismo y de hecho persiguió a protestantes radicales junto con católicos fieles a Roma durante todo su reinado. Lo que quería era un instrumento eclesiástico que respondiera a su voluntad, sin intermediarios en Roma.

El resultado fue la creación del anglicanismo, una iglesia que existe hasta hoy y que en su origen no respondió a una crisis de fe sino a una crisis de poder. Y el precedente histórico no podría ser más pertinente para el momento presente, si la administración Trump llegara a impulsar alguna forma de fractura entre el catolicismo conservador estadounidense y Roma —algo que ningún analista descarta del todo a largo plazo—, el modelo institucional más cercano sería exactamente ese. Una iglesia nacional que sirve al Estado nacional.

Napoleón Bonaparte ofrece otro espejo útil. En 1804 invitó al papa Pío VII a París para presidir su coronación imperial y, en el último momento, tomó la corona de manos del pontífice y se la colocó él mismo sobre la cabeza. El gesto fue una declaración de principios contundente; el poder político no necesita la bendición del espiritual para ser legítimo. Años después, cuando Pío VII se negó a apoyar el bloqueo continental, Napoleón lo mandó arrestar. El papa fue prisionero del Imperio entre 1809 y 1814. Tras Waterloo, Pío VII regresó triunfante a Roma. El Imperio que lo había encarcelado había desaparecido para siempre.

Los totalitarismos del siglo XX intentaron variantes diversas. El nazismo firmó el Reichskonkordat de 1933, que Hitler usó como legitimación internacional mientras la Iglesia lo aceptó para proteger sus instituciones. La encíclica Mit Brennender Sorge de 1937, leída en secreto en las iglesias alemanas, fue la respuesta pontificia al neopaganismo del régimen.

La Iglesia Católica lleva veintiún siglos funcionando como institución global. Ha sobrevivido al Imperio Romano, al Sacro Imperio Romano Germánico, a la monarquía francesa medieval, al Imperio napoleónico y al III Reich. No porque sea indestructible —ha sufrido cismas, escándalos y pérdidas de influencia enormes— sino porque responde a algo más difícil de extinguir que un ejército o un partido, a la necesidad humana de una autoridad que trascienda al Estado. Eso es lo que los funcionarios del Pentágono que evocaron Aviñón parecen no haber comprendido del todo.

 

Francisco, Prevost y la ingeniería del episcopado estadounidense

Para entender por qué León XIV enfrenta a Trump de la manera en que lo hace, es imprescindible comprender qué hizo el papa Francisco durante sus doce años de pontificado en relación con la Iglesia pedófila en Estados Unidos, y cuál fue el papel específico de Robert Prevost en esa operación.

Francisco llegó al papado en 2013 con una lectura clara del problema que representaba el catolicismo institucional norteamericano. Una parte sustancial del episcopado estadounidense había construido durante décadas una alianza tácita con el ala conservadora del Partido Republicano, especialmente en torno a la cuestión del aborto. Esa alianza fue tan lejos que algunos obispos llegaron a negar públicamente la comunión a políticos demócratas. Para Francisco, esa dependencia ideológica del poder político era una deformación que alejaba a la Iglesia de su misión pastoral y la convertía en un actor más de la polarización cultural norteamericana.

La estrategia de Francisco para reequilibrar esa situación fue discreta pero sistemática. Durante su pontificado nombró aproximadamente a la mitad de los obispos activos de Estados Unidos, privilegiando perfiles más pastorales y menos ideologizados. Elevó al cardenalato a figuras como Robert McElroy en San Diego, representante del ala más comprometida con la agenda social de la Iglesia, mientras ignoraba sistemáticamente a figuras conservadoras de perfil más duro que acumulaban méritos sin ascender en la jerarquía. La misión de remodelar el episcopado estadounidense fue, entre 2023 y 2025, la tarea central de quien entonces presidía el Dicasterio para los Obispos, el cardenal Robert Francis Prevost.

Prevost llegó a esa posición clave con credenciales que Francisco consideraba esenciales, cuarenta años de trabajo pastoral en el Perú, una sensibilidad latinoamericana construida desde los barrios marginados de Chiclayo y Trujillo, y una posición doctrinalmente moderada que lo hacía aceptable tanto para el sector progresista como para el conservador. Desde el Dicasterio para los Obispos, Prevost no solo aconsejaba al papa sobre los nombramientos episcopales en todo el mundo, sino que formaba parte de la red de cardenales de confianza que Francisco utilizaba para ir moldeando la Iglesia del futuro en la dirección que consideraba correcta.

Sin embargo, y esto es crucial para entender la tensión actual dentro del episcopado norteamericano, el tiempo no alcanzó. Cuando Francisco murió en abril de 2025, la renovación del episcopado estadounidense estaba incompleta. Los sectores más conservadores y vinculados al ala dura del movimiento nacional-católico lograron imponer su candidato a la presidencia de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, el arzobispo Paul Coakley, en lo que varios observadores interpretaron como un gesto de resistencia abierta frente a la línea de Roma. La paradoja fue mayúscula: Coakley, el mismo arzobispo que meses después exigiría públicamente una disculpa de Trump por sus ataques al papa, representaba al sector del episcopado que había resistido la agenda reformista de Francisco.

Cuando el cónclave eligió a Prevost como León XIV, la administración Trump creyó haber ganado la lotería. Un papa nacido en Chicago, el primero en dos mil años de historia, era exactamente lo que la coalición MAGA necesitaba para consolidar su legitimidad entre el voto católico. La alegría duró poco. León XIV eligió el nombre de León como referencia explícita a León XIII, el papa de la Rerum Novarum de 1891, la encíclica fundacional de la doctrina social de la Iglesia que proclama el derecho a migrar como un derecho humano fundamental. Y su primer gran gesto pastoral fue decirle que no a la invitación de Trump.

 

Louis Prevost, un hermano en MAGA

La referencia de Trump a Louis Prevost, hermano mayor del papa, no es una metáfora ni una figura retórica. Louis Prevost es una persona real, residente en Port Charlotte, Florida, que se describió a sí mismo ante medios internacionales como un “tipo MAGA” y que durante años publicó en redes sociales contenido alineado con el movimiento trumpista, incluyendo declaraciones sobre la guerra en Gaza que él mismo reconoció como “material bastante agitado”. Cuando fue elegido su hermano como papa en mayo de 2025, Louis viajó al Vaticano para la misa inaugural, se sentó junto a la segunda dama Usha Vance durante la ceremonia y regresó luego a Estados Unidos en el avión con JD Vance. Días después fue recibido en la Casa Blanca por el propio Trump, quien lo abrazó y declaró que Louis “entiende las cosas” de un modo en que su hermano el papa no entiende.

Trump volvió a invocar a Louis Prevost en su mensaje del 12 de abril de 2026, cuando arremetió contra León XIV: “me cae mucho mejor su hermano Louis que él, porque Louis es todo MAGA. Él lo entiende, y León no”. El señalamiento es revelador de una mentalidad. Trump parece genuinamente desconcertado de que dos hermanos criados en el mismo hogar de Chicago puedan tener visiones del mundo tan distintas. Lo que no logra comprender es que el cargo que ocupa León XIV no es el de hermano mayor de Louis Prevost sino el de sucesor de Pedro, con todo lo que eso implica en términos de responsabilidad universal. El papa no gobierna para su familia ni para su país de nacimiento. ¡Esto no le quita politicidad sino todo lo contrario!

La escalada de los gestos y la batalla de los símbolos

El conflicto se estructuró en tres fases distintas a lo largo de más de un año, y cada una tuvo una lógica propia. La primera fue la confrontación sobre migración, que comenzó desde antes de que León XIV fuera elegido papa. Cuando era aún el cardenal Prevost, prefecto del Dicasterio para los Obispos, retuiteó contenido crítico con las políticas de deportación de Trump y expresó preocupación pública por el trato dado a los migrantes en Estados Unidos. Era un gesto privado que se hizo público, y fue suficiente para que la coalición MAGA lo catalogara inmediatamente como “woke” y “marxista como Francisco”.

La segunda fase fue la disputa sobre la guerra. Cuando Estados Unidos e Israel atacaron Irán en marzo de 2026 y Trump amenazó con destruir “toda una civilización”, León XIV calificó esas declaraciones de “verdaderamente inaceptables”. El secretario de Defensa Pete Hegseth llamó a los estadounidenses a rezar por la victoria militar “en el nombre de Jesucristo”. El papa respondió que “quienes rezan no matan ni amenazan con matar” y, en la vigilia del 11 de abril en la Basílica de San Pedro, citó al profeta Isaías —”sus manos están llenas de sangre”— sin mencionar nombre alguno, pero sin que nadie en el mundo dudara a quién se dirigía.

La tercera fase fue la de los símbolos, y ahí Trump cometió el error más costoso. El 12 de abril publicó en Truth Social un ataque directo y personal contra el pontífice, calificándolo de débil y pésimo en política exterior, y minutos después publicó la imagen generada por inteligencia artificial que lo representaba como Cristo sanador. La imagen mostraba a Trump con túnica blanca irradiando luz sobre un enfermo postrado, rodeado de águilas, banderas estadounidenses y cazas militares. La fusión del simbolismo cristiano con el imaginario bélico y nacionalista fue tan explícita que resultó inadmisible incluso para sus aliados más leales.

Lo que siguió fue notable. Las voces que más duramente condenaron la imagen no fueron las del Partido Demócrata ni los medios liberales, sino las del núcleo duro del catolicismo conservador estadounidense que hasta ese domingo había apoyado a Trump sin fisuras. Columnistas de medios conservadores la calificaron de blasfemia escandalosa. Presentadores de radio y podcasts de la derecha religiosa pidieron públicamente su retiro inmediato. El obispo Robert Barron, que días antes había acudido como invitado de Pascua a la Casa Blanca, declaró que Trump debía una disculpa al papa. El arzobispo Coakley emitió un comunicado recordando que León XIV era el Vicario de Cristo y no un rival político. La Orden de los Caballeros Templarios publicó un comunicado de repudio. La imagen desapareció después de doce horas. Preguntado al respecto, Trump afirmó que la imagen lo representaba “como médico que cura a la gente”. La explicación no convenció a nadie.

No era la primera vez que Trump utilizaba imágenes de IA con simbología religiosa extrema. En mayo de 2025, tras la muerte del papa Francisco, había publicado una imagen suya vestido de pontífice. En febrero de ese mismo año, otra imagen lo mostraba con corona en la portada de una revista ficticia. El patrón es coherente a lo largo del tiempo y revela algo sobre la psicología del poder en la era Trump: la necesidad de absorber simbólicamente todas las fuentes de legitimidad, incluyendo la religiosa, hasta fundirlas con la figura del presidente.

 

El voto católico, el Partido Republicano y el costo político de la ruptura

En las elecciones presidenciales de 2024, Trump obtuvo el 55 por ciento del voto católico, el mayor porcentaje registrado para un candidato republicano en décadas. Esa cifra fue posible por la convergencia de varios factores: el rechazo de una parte del electorado católico conservador al aborto, la percepción de que la Iglesia institucional se había desplazado demasiado hacia posiciones culturalmente progresistas bajo Francisco, y la construcción deliberada de una coalición religioso-política que hizo de JD Vance —converso al catolicismo en 2019— y Marco Rubio —católico practicante— sus dos figuras más visibles después del propio Trump.

La coalición fue pensada con una lógica interna si el primer papa estadounidense de la historia era además un hombre que la administración pudiera exhibir como aliado moral, la base religiosa quedaría consolidada de cara a las elecciones legislativas de noviembre de 2026. Esa lógica se derrumbó completamente. León XIV rechazó visitar la Casa Blanca el 4 de julio. En su lugar decidió pasar ese día en Lampedusa, la pequeña isla italiana que sirve de destino y tumba a miles de migrantes africanos que cruzan el Mediterráneo. El simbolismo era tan preciso que no necesitaba comentario.

El impacto inmediato de la escalada del 12 de abril fue una fractura visible, aunque probablemente temporal, dentro del electorado católico conservador. Lo significativo no fue que los demócratas criticaran a Trump —eso era previsible—, sino que figuras instaladas en el núcleo duro de la derecha religiosa rompieran públicamente con el presidente por primera vez en temas de fe. Esa ruptura tiene consecuencias electorales potencialmente serias en un momento en que Trump afronta índices de popularidad en declive, una guerra en Irán que divide al país y un contexto económico complejo. Una erosión de varios puntos porcentuales en el voto católico en estados disputados como Pennsylvania, Wisconsin o Michigan podría costar la mayoría legislativa en noviembre.

El Partido Republicano, que durante décadas construyó parte de su identidad en la defensa de los valores judeocristianos frente al secularismo demócrata, se encuentra ante una contradicción que no sabe cómo resolver. Su líder está en guerra pública con el responsable moral más visible del catolicismo mundial. Los legisladores republicanos que silencien sus críticas para no confrontar a Trump arriesgan su credibilidad ante un electorado con fe genuina. Los que lo confronten arriesgan su carrera política. El silencio es, por ahora, la estrategia mayoritaria, pero el silencio tiene un costo propio en tiempos de sobredosis informativa.

Por qué León XIV sale a enfrentar a Trump

La pregunta más importante que plantea este conflicto es por qué un papa decide salir a confrontar al presidente de la potencia hegemónica con la intensidad y la consistencia con que León XIV lo ha hecho. La respuesta tiene varias capas.

La primera es teológica. León XIV eligió el nombre que eligió porque quiso señalar desde el primer día su ubicación intelectual y moral dentro de la tradición de la Iglesia. León XIII, el papa de la Rerum Novarum, fue quien sentó las bases de la doctrina social católica moderna en 1891; el trabajo tiene dignidad, la migración es un derecho, la pobreza no es una fatalidad divina sino una injusticia humana que puede y debe ser corregida. Cuando Trump lanza operativos de deportación masiva y amenaza con destruir una civilización entera, León XIV no está emitiendo un juicio político, está aplicando una doctrina que la Iglesia lleva más de un siglo sosteniendo, y que su propio nombre pontificio proclama como guía.

La segunda razón es institucional. Francisco construyó durante doce años una Iglesia que recuperó protagonismo moral global precisamente en su condición de no alineada. Fue el primer papa en visitar Lampedusa como símbolo de la crisis migratoria, el primero en reencauzar las relaciones con China, el primero en pedir perdón a los pueblos indígenas de América, el primero en reunirse con víctimas de abuso clerical como parte de un protocolo de rendición de cuentas. Ese protagonismo moral no era retórico, se construyó sobre decisiones concretas y a veces costosas. Prevost fue uno de los artífices de ese proyecto desde el Dicasterio para los Obispos, y León XIV lo continúa.

La tercera razón es de momento histórico. El mundo que heredó León XIV es un mundo en que la arquitectura institucional del orden liberal internacional, construida principalmente por Estados Unidos desde 1945, está siendo desmantelada por el propio Estados Unidos. En ese vacío, la Iglesia Católica —con sus 1.400 millones de fieles en todo el mundo, su presencia en más países que ningún otro organismo no estatal, y su capacidad de hablar con autoridad en lenguas que no son las del poder ni las del mercado— ocupa un lugar singular. Cuando León XIV llama a la paz, no solo está expresando una posición sobre Irán sino que está reclamando ese espacio de interlocución moral que el orden post-1945 reservaba a instituciones como la ONU y que hoy está parcialmente vacante.

Hay también una razón personal que no debe subestimarse. León XIV pasó cuarenta años en el Perú, en comunidades pobres del norte del país, trabajando como misionero agustino antes de ser obispo. No es un tecnócrata de la curia romana ni un cardenal formado en los salones de la diplomacia vaticana. Conoce la pobreza de primera mano, habla sobre migración desde la experiencia directa con migrantes, y su formación latinoamericana le da una perspectiva sobre el poder estadounidense que ningún papa anterior de origen europeo podía tener con la misma intimidad. Cuando la administración Trump deporta migrantes venezolanos, salvadoreños o guatemaltecos hacia cárceles de máxima seguridad en El Salvador o los separa de sus hijos en la frontera, León XIV no está mirando estadísticas. Está pensando en caras que conoce.

 

El espejo de la historia

La escena que se ha desarrollado a lo largo de los últimos meses entre Washington y el Vaticano tiene el sabor de esos momentos históricos en que la frivolidad del presente convive sin advertirlo con algo de mayor profundidad. Trump publica imágenes de sí mismo como Cristo y cree que está ganando una batalla cultural. En realidad está revelando algo sobre el estado del poder que ejerce.

Los imperios seguros de sí mismos no necesitan compararse con dioses ni disciplinar a los papas. Felipe IV de Francia convocó al arresto de Bonifacio VIII desde una posición de fuerza, pero esa fuerza escondía la fragilidad de una línea dinástica que se extinguiría en menos de dos décadas. Enrique VIII creó su propia iglesia para no depender de Roma, pero gobernó los últimos años de su vida con la paranoia de quien sabe que el andamiaje que construyó es artificioso. Napoleón encerró al papa y siguió creyendo que el Imperio era indestructible hasta Waterloo.

El conflicto entre Trump y León XIV no es solo una disputa entre dos hombres de temperamentos opuestos que se atacan mutuamente en redes sociales. Es uno de los síntomas más visibles de una transición histórica; el tránsito desde un orden mundial construido sobre la hegemonía indiscutida de una sola potencia hacia un mundo en que esa hegemonía debe negociarse, justificarse y compartirse. En ese tránsito, los actores que tienen autoridad moral sin tener ejércitos —y el papado es el caso más antiguo y más sólido de esa categoría— recuperan un protagonismo que la época unipolar había minimizado.

León XIV no es un líder político y sería un error analizarlo como tal. Es el responsable de una institución que lleva veintiún siglos sobreviviendo a los poderes que intentaron someterla, y que en cada momento de crisis encontró la manera de articular algo que los imperios, por definición, no pueden ofrecer que es la perspectiva de lo que hay más allá del poder. Cuando dice que no teme a la administración Trump, no está siendo provocador. Está siendo históricamente consecuente.

El papado salió de Aviñón en 1377. Pío VII regresó a Roma en 1814. La Iglesia sigue en pie en China setenta años después de la ruptura con Pekín. Los imperios que creyeron haberla doblegado forman parte del archivo de los que ya no existen. Ese registro es largo. Y en él, la administración Trump apenas acaba de abrir su primer expediente.

 

Fernando Esteche

Fernando Esteche es dirigente del Encuentro Patriótico. Doctor en Comunicación Social (FPyCS-UNLP). Director de PIA Global. 

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