El asesinato del padre Carlos Mugica
16 de mayo de 2026
La figura de Mugica continúa ocupando un lugar central en la memoria polÃtica y religiosa argentina. Su prédica en las villas, su identificación con el peronismo y su compromiso con los sectores más pobres lo convirtieron en un sÃmbolo de la militancia cristiana y popular de los años setenta.
Carlos Mugica nace el 7 de octubre de 1930 en el seno de una familia tradicional de la elite porteña. Su acercamiento al peronismo ocurrió tras el golpe militar de 1955 que derrocó al gobierno constitucional de Juan Domingo Perón. El propio Mugica relató en distintas oportunidades que el impacto decisivo se produjo al leer una pintada en la pared de un conventillo: “Sin Perón no hay Patria ni Dios, abajo los cuervos” (en referencia a los curas). Aquella frase, escrita desde el dolor popular, terminó quebrando sus prejuicios antiperonistas y lo llevó a comprender que no podía permanecer ajeno al sufrimiento de los sectores humildes. Esa “conversión”, como él mismo la definía, lo transformó en uno de los sacerdotes más fervientemente comprometidos con la causa nacional y popular.
“Me di cuenta que en la Argentina los pobres son peronistas. Y que eso no es una casualidad. Y tampoco un dato más. Ellos creen en Dios, pero ellos también creen que políticamente hubo un tiempo mejor y que nuevamente vendrá un tiempo mejor, y ese recuerdo y esa esperanza se llama Peronismo”.
Carlos Mugica
Durante los años 60 y comienzos de los 70, Mugica se convirtió en referente espiritual de grupos juveniles y universitarios que comenzaban a combinar el cristianismo con las ideas del socialismo nacional. Entre esos jóvenes se encontraban futuros dirigentes Montoneros como Mario Firmenich, Fernando Abal Medina y Carlos Gustavo Ramus. También integró desde sus orígenes el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, surgido al calor de las reformas impulsadas por el Concilio Vaticano II convocado por Juan XXIII.
Su itinerario político y pastoral lo llevó además a ser testigo en primera persona del Mayo Francés y visitó la Cuba revolucionaria, donde estableció vínculos con Che Guevara. Años después, recibiría al guerrillero en Buenos Aires antes de su partida hacia Bolivia. En noviembre de 1972 integró la histórica comitiva que acompañó el regreso de Perón al país tras 18 años de exilio.
El 11 de mayo de 1974, a la salida de la iglesia San Francisco Solano, en el barrio porteño de Mataderos, Mugica fue asesinado a balazos. Desde entonces, las circunstancias del crimen dieron lugar a múltiples interpretaciones y operaciones políticas destinadas a instalar responsabilidades cruzadas.
Al día siguiente de su asesinato la organización Montoneros dio a conocer un comunicado repudiando lo acontecido y señalando como responsables a “las bandas armadas de la derecha política que en nuestro país se han dedicado sistemáticamente a sabotear la organización popular mediante los secuestros, asesinatos, atentados a Unidades Básicas”.
Reconociendo las diferencias públicas que existían entre Montoneros y el padre Carlos Mugica, ambas partes no dejaban de considerarse miembros del mismo campo popular. Las tensiones políticas del momento no habían roto los vínculos entre ambos sectores, algo que quedó evidenciado cuando Mugica participó en una de sus últimas actividades públicas oficiando misa por Alberto Chejolán, militante del Movimiento Villero Peronista asesinado por la Policía Federal.
En el comunicado difundido tras el crimen, Montoneros sostuvo que el asesinato buscaba profundizar las divisiones internas del movimiento popular y advirtió que “el objetivo de este asesinato es ahondar y hacer insuperables esas diferencias. Por lo tanto, los únicos beneficiarios de esta muerte son el enemigo principal del pueblo, el imperialismo, la oligarquía y sus bandas armadas que actúan cada vez con mayor impunidad en nuestra Patria”.
Pese a ello, el periodista Jacobo Timerman, entonces director del diario La Opinión, impulsó versiones que vinculaban a la conducción montonera con el asesinato. Aquellas acusaciones fueron amplificadas en el clima político de la época y terminaron consolidándose como una hipótesis difundida por distintos medios y actores políticos.
Las respuestas no tardaron en aparecer. El diario Mayoría, ligado al sindicalismo peronista, rechazó públicamente cualquier intento de responsabilizar a Montoneros. En la misma línea, el psicoanalista Arturo Smud —colaborador radial de Mugica— desmintió que el sacerdote hubiera denunciado amenazas provenientes de esa organización, como afirmaba Timerman.
Décadas más tarde, el testimonio de Ricardo Capelli, amigo íntimo de Mugica y sobreviviente del atentado, aportó uno de los relatos más contundentes sobre el crimen. En una entrevista publicada por el diario Tiempo Argentino en 2011, Capelli identificó como autor de los disparos a Rodolfo Almirón, integrante de la Triple A y hombre de confianza de José López Rega.
Almirón había sido expulsado de la Policía Federal años antes por “ineptitud para el servicio” y posteriormente se vinculó en España con grupos parapoliciales y redes de inteligencia asociadas al franquismo. Según Capelli, tras el atentado recibió amenazas durante años para que no declarara públicamente sobre lo ocurrido.
En 2007, la Justicia argentina logró la extradición de Almirón desde España para juzgarlo por sus crímenes vinculados al terrorismo parapolicial de los años setenta. Sin embargo, falleció el 5 de junio de 2009 antes de recibir condena judicial.
Fue enterrado en el cementerio de La Recoleta tras habérsele oficiado una misa de la que participaron los sacerdotes Jorge Vernazza, Rodolfo Ricciardelli y Hernán Benítez, el confesor de Evita. En 1999 sus restos fueron trasladados hasta la parroquia Cristo Obrero, en la Villa 31, en medio de una multitud que lo despidió como una de las figuras más representativas de la Iglesia popular argentina. El cortejo, integrado fundamentalmente por agrupaciones peronistas y cristianas, fue recibido en la Villa 31 por el entonces arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio, luego Papa Francisco.
La figura de Mugica continúa ocupando un lugar central en la memoria política y religiosa argentina. Su prédica en las villas, su identificación con el peronismo y su compromiso con los sectores más pobres lo convirtieron en un símbolo de la militancia cristiana y popular de los años setenta.
“En primer lugar pienso que la palabra patrón u opresor significa lo mismo. En el sistema capitalista el ser patrón o empresario necesariamente supone la condición de opresor porque la estructura de la empresa del sistema capitalista se basa en la explotación del hombre por el hombre, de modo que así ese patrón se llame peronista, cristiano o lo que fuera, en la medida que a mí me oprime. Yo tengo el deber de luchar no contra él sino por mi liberación. Yo tengo que sacarle el pie que él me pone encima a mí, no por odio a él, sino por amor a él. Porque a él le hace mal oprimirme y a mí me hace mal que me oprima”
Carlos Mugica


