El diseño colonial para un continente alineado
21 de febrero de 2026
Hay momentos en que la historia se condensa. En que lo que llevaba años gestándose en despachos, en documentos de seguridad nacional, papers de trabajo, en acuerdos privados entre corporaciones y estados, se vuelve visible de golpe. Febrero de 2026 fue uno de esos momentos para Nuestra América.
Tres escenas en quince días. El 4 de febrero, Washington convoca a 54 países para distribuir el subsuelo del tercer mundo y en particular apropiarse del nuestroamericano. El 11 de febrero, el Pentágono reúne por primera vez en la historia a 34 jefes militares del hemisferio para acordar subordinación disfrazada de cooperación. El 18 de febrero, el jefe del Comando Sur aterriza en Caracas para “acordar” una transición de “normalización” post-Maduro, 49 días después que ese mismo cuerpo ejército, en una operación militar, secuestraran a su presidente y esposa.
No son tres noticias. Es una operación. Y tiene nombre, apellido y doctrina.
El gestor imperial y su tiempo histórico
Antes de hablar de los eventos, hay que hablar del hombre que los diseñó. No para humanizarlo ni para hacerle propaganda inversa. Para entenderlo como lo que es: un operador político de primer nivel al servicio de una maquinaria imperial que lo excede, pero a la que él sirve con notable eficacia.
Marco Rubio concentra hoy en sus manos una acumulación de poder que Washington no veía desde Henry Kissinger en los años setenta. Es simultáneamente secretario de Estado y asesor de seguridad nacional. Es el primer funcionario desde Kissinger en ejercer esos dos cargos al mismo tiempo. A eso se suma haber sido administrador interino de USAID mientras la desmantelaba desde adentro, y haber articulado como ningún otro funcionario de la administración la agenda hemisférica completa.
La comparación con Kissinger es pertinente en términos de despliegue y concentración de poder, no de calibre intelectual. Cada uno es hijo de su tiempo. Kissinger fue el gestor imperial del equilibrio bipolar: un realista que manejaba el tablero global con la frialdad de un ajedrecista, dispuesto a sacrificar países enteros para mantener el balance de poder. Rubio es el gestor imperial de la decadencia hegemónica: un ideólogo que empuja con urgencia porque sabe que la ventana se cierra, que el multipolarismo avanza, que el tiempo juega en contra.
Lo que une a ambos no es la inteligencia sino la función; son instrumentos eficaces de una gestión imperial que en cada época adopta las formas que su momento histórico requiere. Kissinger operaba con la confianza del que lidera el mundo. Rubio opera con la ansiedad del que teme perderlo.
Y hay otra diferencia que importa para entender lo que ocurrió en febrero. Kissinger se enfrentaba a élites latinoamericanas que, aunque subordinadas, tenían sus propios proyectos nacionales, sus propios intelectuales orgánicos, sus propias visiones del Estado. Podía negociar, presionar, pero también necesitaba construir consensos mínimos.
Rubio se encuentra con otra cosa. Se encuentra con un subcontinente de patio trasero cuyas élites dominantes muestran, con notables excepciones, una calidad intelectual y una visión estratégica acorde a sus propias luces; cancilleres que viajan a Washington a firmar 'instrumentos marco' sin preguntar qué hay debajo, generales que agradecen la tecnología de vigilancia sin calcular el precio de la dependencia, presidentes que confunden el alineamiento con el desarrollo. La pobreza del pensamiento de estas élites no es casual, sino que es el resultado de décadas de colonización cultural, de universidades vaciadas de pensamiento crítico, de una clase dirigente que aprendió a medirse con el espejo del norte y no con las necesidades de sus propios pueblos.
El análisis de PIA Global, en los artículos de Oscar Rotundo sobre la arquitectura de la cumbre de minerales críticos y de Héctor Bernardo sobre la conferencia de jefes militares del hemisferio, señala con precisión este punto: la operación norteamericana de febrero de 2026 no encontró resistencia organizada porque no había, del lado nuestroamericano, un sujeto político colectivo capaz de formularla. No hubo contrapropuesta. No hubo coordinación regional. No hubo siquiera un comunicado conjunto de los países afectados.
La asimetría no es solo de poder. Es de proyecto. Y eso, precisamente, es lo que hay que cambiar.
El reparto de los bienes comunes
El edificio Truman del Departamento de Estado, Washington, 4 de febrero de 2026. En la sala representantes de 54 países, 43 cancilleres, el vicepresidente JD Vance, el secretario del Tesoro, el secretario de Interior, el secretario de Energía, el representante comercial, y Marco Rubio. Toda la arquitectura del poder económico-estratégico norteamericano en un solo salón. Nunca antes Rubio había desplegado un gabinete tan completo para un evento multilateral. La foto familiar era parte del mensaje.
El pretexto era la cooperación. El objeto real era la distribución de roles en la cadena global de suministros de los minerales críticos; las 17 tierras raras y los más de 50 elementos que el siglo XXI convirtió en el nuevo petróleo. Los insumos sin los cuales no hay chips, no hay baterías, no hay misiles de precisión, no hay vehículos eléctricos, no hay satélites, no hay economía de guerra ni economía de paz.
China controla aproximadamente el 90% del procesamiento mundial de esos materiales. En 2025 impuso restricciones temporales a sus exportaciones de tierras raras pesadas. Los fabricantes norteamericanos y europeos sintieron el golpe. Lo que ocurrió el 4 de febrero fue la respuesta orgánica a esa demostración de poder chino.
¿Quiénes fueron invitados? ¿Por qué?
La lista oficial del Departamento de Estado incluye a Angola, Argentina, Armenia, Australia, Bahréin, Bélgica, Bolivia, Brasil, Canadá, Islas Cook, República Checa, República Democrática del Congo, República Dominicana, Ecuador, Estonia, Finlandia, Francia, Alemania, Grecia, Guinea, India, Israel, Italia, Japón, Jordania, Kazajistán, Kenia, Lituania, Malasia, México, Mongolia, Marruecos, Nueva Zelanda, Noruega, Omán, Pakistán, Paraguay, Perú, Filipinas, Polonia, Qatar, República de Corea, Rumanía, Arabia Saudita, Sierra Leona, Singapur, Suecia, Tailandia, Países Bajos, Ucrania, Emiratos Árabes Unidos, Reino Unido, Uzbekistán y Zambia. Y la Comisión Europea.
Leer esa lista es leer el mapa del mundo según Washington. Cuatro lógicas la organizan; primero los que tienen el subsuelo que necesitan. América Latina completa, África subsahariana, Asia Central, el Pacífico. Son los países con litio, cobalto, grafito, cobre, tierras raras. Su lugar en la mesa es el del proveedor. Llegaron a firmar, no a diseñar.
Segundo los aliados tecnológicos e industriales. El G7 completo, Corea del Sur, Australia, India, Singapur. Son los que procesan, refinan, manufacturan. Con ellos se negocia el valor agregado. Son el club real de la cumbre. Son los llamados VIP-Tech.
Tercero los aliados geopolíticos de coyuntura. Israel, Arabia Saudita, Emiratos, Qatar, Ucrania, Polonia. No tienen minerales críticos relevantes. Están porque Washington los necesita en otras dimensiones: Medio Oriente, guerra en Europa, contención de Irán. Desordenar la armonía de la multipolaridad.
Cuarto los ausentes que dicen todo. Chile no fue invitado. Tiene las mayores reservas de litio y cobre del planeta y forma el Triángulo del Litio con Argentina y Bolivia. Pero su gobierno en retirada no es afín a Washington. Colombia bajo Petro y a pesar de Petro tampoco. Bolivia asistió y no firmó nada. Cuba, Nicaragua, sobraba enumerarlos.
Y el ausentismo más elocuente: Groenlandia y Dinamarca no fueron convocadas. Washington quiere apropiarse de Groenlandia —que tiene depósitos de tierras raras extraordinarios— sin reconocerla como socia soberana. Invitarla hubiera contradicho la política de anexión. El mapa de los invitados es el mapa de los usos del poder.
Project Vault: el nombre lo dice todo
Dos días antes de la cumbre, el 2 de febrero, Trump anunció Project Vault —Proyecto Bóveda—: una reserva estratégica de minerales críticos con 12.000 millones de dólares de capital inicial. Diez mil millones de dólares del Banco de Exportación e Importación norteamericano —el mayor préstamo en la historia de esa institución— más casi dos mil millones de capital privado aportado por General Motors, Boeing, Google, GE Vernova, Clarios y otras corporaciones.
La reserva almacenará más de 50 minerales en instalaciones seguras y descentralizadas en todo el territorio norteamericano. El objetivo declarado es garantizar 60 días de autonomía industrial si China cierra el grifo. El objetivo real es tener el subsuelo latinoamericano, africano y centroasiático guardado en bóvedas norteamericanas antes de que llegue cualquier alternativa regional de coordinación.
Project Vault tiene una ironía que la propia prensa especializada señaló; la administración que predica el libre mercado y desfinancia el Estado construye así la mayor intervención industrial estatal en décadas. Copia el modelo chino para combatir a China. Diseña reservas estatales estratégicas para proteger a sus corporaciones. El capitalismo de libre mercado, cuando se siente amenazado, siempre descubre el estatismo.
Pero tiene también su límite estructural; puede acumular mineral bruto de Argentina o del Congo, pero sin capacidad de procesamiento propia seguirá dependiendo de China para la transformación final. Por eso Rubio destacó con entusiasmo el 'expertise en procesamiento' de Argentina. La bóveda necesita al proveedor y al procesador intermedio. Ambos fuera de casa.
FORGE y la cláusula implícita
Durante la cumbre Rubio anunció la creación de FORGE —Foro sobre Compromiso Geoestratégico de Recursos— como sucesor de la Asociación para la Seguridad de los Minerales. Vance anunció la intención de crear un bloque comercial con pisos de precios para minerales críticos: mecanismos que protejan a los productores aliados de los precios bajos chinos y desincentiven cualquier venta a Beijing.
Al final del día se firmaron once nuevos acuerdos bilaterales con Argentina, Islas Cook, Ecuador, Guinea, Marruecos, Paraguay, Perú, Filipinas, Emiratos Árabes Unidos y Uzbekistán. Más acuerdos marco con la Unión Europea, Japón y México. Once documentos en un solo día, que se suman a los 21 firmados en los cinco meses anteriores.
La cláusula que ningún acuerdo explicita pero que todos contienen es siempre la misma: quien firma con Washington no firma con Beijing. Los documentos son 'no vinculantes'. La presión que los rodea, en cambio, es absolutamente vinculante.
Como señaló el análisis de Oscar Rotundo en PIA Global sobre la cumbre; la reunión no produjo socios sino proveedores. No construyó cadenas de valor compartidas sino líneas de abastecimiento garantizado. La diferencia entre ambas cosas es la diferencia entre el desarrollo y el saqueo con acuerdo firmado.
Los ejércitos: el Pentágono recibe a sus pupilos
Una semana después de la cumbre de minerales, el 11 de febrero, el Pentágono fue escenario de otro hecho sin precedentes: 34 jefes de Estado Mayor del hemisferio occidental convocados a Washington por primera vez en la historia.
La reunión fue organizada por el general Dan Caine, jefe del Estado Mayor Conjunto, e inaugurada por Pete Hegseth, secretario de Guerra. A puertas cerradas. Sin declaración conjunta. Sin prensa. El secretismo no es un detalle menor; lo que no queda registrado no tiene que ser defendido.
Pete Hegseth fue directo al abrir la sesión, según las declaraciones que trascendieron; “ejercicios, entrenamiento, operaciones, inteligencia, acceso, bases, sobrevuelos: trabajemos juntos”. No fue un discurso de cooperación entre iguales. Fue una lista de requerimientos.
El marco doctrinal fue el Corolario Trump a la Doctrina Monroe, incorporado a la Estrategia de Defensa Nacional de 2026. La Doctrina Monroe —1823— declaró el hemisferio americano como zona de exclusión para potencias externas. El Corolario Trump agrega la dimensión tecnológica del siglo XXI: la contención activa de China, Rusia e Irán en la región.
El general Guillot, del Comando Norte, ofreció sensores avanzados de vigilancia satelital para control fronterizo. El general Donovan, del Comando Sur, abogó por mayor libertad de operación de fuerzas norteamericanas en la región. La oferta tecnológica parece generosa. Su lógica es precisa; un ejército que depende de la inteligencia del Pentágono para ver su propio territorio pierde el control de lo que sabe sobre sí mismo.
Como documentó Héctor Bernardo en PIA Global sobre esta conferencia: la subordinación militar que se construyó en el edificio del Pentágono el 11 de febrero no es la subordinación de la derrota en combate. Es la subordinación del entrenamiento, la doctrina, la tecnología y la inteligencia compartida. Es más profunda porque es más voluntaria. Y porque quien la acepta raramente advierte en qué momento empezó a pensar con categorías ajenas.
Entre los participantes estuvieron los aliados de la OTAN con territorios en el Caribe —Francia, Dinamarca, Reino Unido— y Argentina, representada por Marcelo Dalle Nogare, el nuevo jefe del Estado Mayor Conjunto. El nuevo mando argentino llegó al Pentágono en uno de los primeros grandes actos de política militar de la administración Milei.
Caracas, cierre del cerco
El 18 de febrero, el general Francis Donovan, jefe del Comando Sur, llegó a Caracas. Se reunió con Delcy Rodríguez, presidenta interina; con Vladimir Padrino López, ministro de Defensa; con Diosdado Cabello, ministro del Interior.
Era el día 49 desde que una operación militar norteamericana secuestrara a Nicolás Maduro —la 'Operación Resolución Absoluta', 3 de enero de 2026—, el primer uso de fuerza militar directa de Estados Unidos para derrocar un gobierno soberano en América Latina desde la invasión a Panamá en 1989. Treinta y siete años después, el método regresó.
La visita de Donovan fue presentada como 'estabilización'. Es una palabra útil. Significa supervisar el orden que nosotros impusimos. Washington diseñó un plan de tres fases para Venezuela; estabilización del orden, recuperación económica bajo tutela, “transición democrática” con resultados alineados. Una semana antes, el secretario de Energía Chris Wright había visitado Caracas. Su agenda era exclusivamente petrolera. El esquema es clásico; primero el petróleo, después “la democracia”.
El Comando Sur que hoy supervisa la transición venezolana es el mismo que en los meses anteriores destruyó más de 30 embarcaciones en el Caribe en operaciones contra el narcotráfico, con más de 100 muertos. Su presencia en Caracas no inaugura una época de paz.
Donovan en Caracas es un acto final de una etapa e inaugural de otra, reunido con dos hombres (Vladimir Padrino y Diosdado Cabello) cuyas cabezas tienen precio puesto por las agencias norteamericanas, el jefe del cuerpo militar que bombardeó la ciudad y secuestró a su presidente, construyó una escena que ni a García Márquez o el más fabuloso de los realistas mágicos hubiera podido imaginar. Se reunió con el poder venezolano a hablar de normalización de relaciones y estabilización como si su ignominiosa afrenta no hubiera existido, y así actuaron todos los actores de la escena.
Arquitectura del despojo, lo que los tres actos dicen juntos
Hay que leer los tres actos como una partitura. El 4 de febrero se aseguró el subsuelo. El 11 de febrero se aseguraron los ejércitos. El 18 de febrero se demostró que las palabras tienen consecuencias físicas y militares. Cada evento construye sobre el anterior. Cada uno cierra salidas que los anteriores habían dejado entreabiertos.
La nueva división colonial
Lo que la cumbre de minerales institucionalizó no es novedad histórica; es el modo de producción colonial con formulario del siglo XXI. América Latina provee materia prima. El norte global procesa, refina, manufactura y captura el valor. Los acuerdos firmados el 4 de febrero no contemplan industrialización local, no contemplan transferencia tecnológica, no contemplan captura de valor en origen.
En lugar de plata y oro, litio y tierras raras. En lugar de galeones, cadenas de suministro certificadas. En lugar de tratados de vasallaje, 'instrumentos marco para el fortalecimiento del suministro'. El vocabulario cambia. La lógica persiste.
La paradoja de las fronteras
La misma administración que construye muros, deporta migrantes y desplazados nuestroamericanos en masa y cierra fronteras para personas abre las fronteras para los recursos. El hombre que sale del subsuelo a buscar vida es detenido, procesado y devuelto. El subsuelo mismo viaja sin obstáculos hacia las bóvedas norteamericanas. La integración que propone esta arquitectura se mide en toneladas de mineral, no en derechos, no en movilidad, no en reciprocidad.
Hay un elemento que la narrativa imperial nunca menciona pero que es estructuralmente central para explicar por qué la operación de febrero pudo ejecutarse con tan poca resistencia; la calidad de las élites con que Washington encontró su interlocución regional.
No es solo una cuestión de alineamiento ideológico. Es de proyecto, de visión, de capacidad de pensar el propio territorio con categorías propias. Un continente que en sus propias universidades enseña la economía del FMI, que en sus cancillerías forma diplomáticos para funcionar en el orden que otros diseñaron, que en sus academias militares entrena con manuales del Pentágono, produce exactamente el tipo de élite que recibe la visita de Rubio con alivio antes que con suspicacia.
Esa mediocridad no es natural. Es el resultado de décadas de colonización cultural sistemática, de desfinanciamiento de la educación pública y del pensamiento crítico, de la destrucción de los proyectos nacionales de desarrollo. Es, en definitiva, uno de los productos más eficaces de la política exterior norteamericana hacia la región; el vaciamiento de las condiciones materiales e intelectuales para la resistencia.
El horizonte abierto
Sería cómodo terminar aquí. Sería también deshonesto.
La operación imperial de febrero de 2026 es real, es grave y sus consecuencias serán duraderas. Pero no es irreversible. No hay en la historia latinoamericana ningún momento en que el tablero haya quedado definitivamente fijado. Lo que hoy parece sólido tiene fisuras. Lo que hoy parece consolidado contiene contradicciones.
La propia arquitectura que Washington construyó tiene sus límites estructurales. Project Vault depende de minerales que no puede procesar solo. FORGE necesita que los países productores mantengan su alineamiento frente a una China que ofrece alternativas reales. La subordinación militar requiere consenso interno en cada país, y ese consenso no es eterno. Venezuela demostró que la intervención directa es posible, pero también que tiene costos políticos globales que Washington evalúa.
Del otro lado, el pensamiento crítico latinoamericano no ha desaparecido aunque haya sido desplazado de los centros del poder. Los movimientos populares que construyeron las alternativas del siglo XXI —con todas sus contradicciones y sus fracasos— dejaron acumulación política y experiencia histórica que no se borra con una elección adversa ni con un cambio de ciclo. El análisis riguroso que produce PIA Global y otros espacios de inteligencia crítica del Sur Global es parte de esa acumulación; herramienta necesaria, aunque insuficiente.
Lo que sí es verdad, y hay que decirlo sin eufemismos, es que el momento actual exige más que resistencia reactiva. Exige proyecto. Exige una respuesta latinoamericana articulada, con la misma dimensión estratégica y la misma paciencia de largo plazo que tuvo la operación de Rubio. Sin eso, la bóveda seguirá llenándose.


