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Estados Unidos, Reino Unido y la hipótesis de divergencia estratégica


04 de abril de 2026

Doctrina Donroe, Greater North America, la red de acuerdos británicos en el Cono Sur, el petróleo de Malvinas y las contradicciones del proyecto imperial anglosajón ante el declive hegemónico de Washington.

Fernando Esteche

“Toda la geografía que importa al norte es nuestra. Lo que queda al sur del ecuador es su responsabilidad, en asociación con nosotros y otras naciones occidentales. — Pete Hegseth, SOUTHCOM, Doral, Florida, 30 de marzo de 2026.”

La nueva cartografía imperial, Greater North América

El 30 de marzo de 2026, ante los jefes de defensa del hemisferio occidental reunidos en el cuartel general del Comando Sur de los Estados Unidos en Doral, Florida, el Secretario de Guerra Pete Hegseth anunció lo que la segunda administración Trump venía insinuando desde su primer día en el poder. Lo llamó Gran América del Norte (GNA), y con ese nombre bautizó una cartografía que borra fronteras políticas, devora identidades nacionales y reescribe la historia continental desde los intereses de una sola potencia.

La doctrina es brutal en su claridad. Todo territorio y toda nación soberana ubicada al norte del ecuador, desde Groenlandia hasta Ecuador, desde Alaska hasta Guyana, forma parte del perímetro inmediato de seguridad de los Estados Unidos. México, Centroamérica, el Caribe, Colombia, Venezuela, Ecuador y las Guayanas quedan definidos, sin su consentimiento y contra su historia, como extensión del espacio vital de Washington. El argumento geográfico que Hegseth ofrece para sustentarlo apela a la Amazonia y los Andes como barreras naturales que separan responsabilidades estratégicas: al norte, dominio directo; al sur, asociación tutelada. La distinción no es de soberanía sino de grado de subordinación.

La pregunta inmediata que esta doctrina plantea, y que merece una respuesta precisa, es qué significa concretamente para los países que quedan absorbidos en ese perímetro. La respuesta no está en los eufemismos diplomáticos sino en los hechos que acompañan la enunciación. Significa que esos países deben permitir o facilitar la presencia militar norteamericana en sus territorios bajo el pretexto de la lucha contra el narcotráfico y la contención de la migración. Significa que sus fuerzas armadas deben interoperar con las norteamericanas bajo doctrinas, equipamiento y cadena de mando que Washington define. Significa que sus recursos estratégicos quedan sometidos a la supervisión de una potencia que los considera parte de su propio espacio de reproducción sistémica. Significa que sus relaciones con China, Rusia o cualquier potencia extrahemisférica que Washington considere adversaria pasan a ser objeto de veto político. Y significa, en el plano más concreto, que cualquier gobierno que se desvíe de esa lógica puede ser intervenido, como ya lo demostró la operación en Caracas para secuestrar a Maduro o la Operación Lanza del Sur hundiendo embarcaciones en aguas caribeñas. No es una alianza, es un tutelaje.

La doctrina recibió el nombre oficial de Doctrina Donroe, juego de palabras entre Donald y Monroe que sus propios voceros usan con orgullo. Sus cuatro pilares declarados son el control de la migración, la detención de flujos de narcóticos, la negación de posiciones estratégicas a China y Rusia, y la consolidación de socios subordinados que operen militarmente con y para Washington. La incorporación de Argentina, Ecuador y Bolivia al Escudo de las Américas firmado en marzo de 2026 muestra cómo van construyendo alineación en el continente.

Para los países al sur del ecuador, Hegseth reservó una fórmula que resume la lógica colonial con nitidez perturbadora. “Deben asumir la carga compartida de defender el Atlántico Sur y el Pacífico Sur en asociación con Washington y otras naciones occidentales, asegurando la infraestructura crítica y los recursos de la región”. La mención de recursos no es accidental: es el reconocimiento tácito de que el diseño imperial tiene una dimensión extractiva que excede ampliamente el discurso de la seguridad.

 

Monroe y Canning: la trampa histórica y su reverso

Para entender la Doctrina Donroe en su profundidad histórica hay que reconstruir el contexto en que nació la Doctrina Monroe original, y la trampa que esa historia contiene para el presente. En 1823, cuando las colonias españolas en América completaban su proceso de independencia, el canciller británico George Canning propuso al gobierno de los Estados Unidos una declaración conjunta para impedir que la Santa Alianza europea interviniera en América Latina en nombre de España. La propuesta de Canning fue seductora porque parecía un acto de solidaridad con las nuevas repúblicas. En realidad era un cálculo imperial de primera magnitud.

Gran Bretaña tenía un floreciente comercio con América Latina que dependía de que las antiguas colonias permanecieran fuera del sistema colonial español. El libre comercio era el nombre británico de su propio imperialismo económico. Canning lo sintetizó con la frase que mejor define la lógica imperial desde entonces: “He llamado al Nuevo Mundo a la existencia para restablecer el equilibrio del Viejo Mundo”. No habló de los pueblos de América sino de sus propios intereses geopolíticos.

El Secretario de Estado John Quincy Adams entendió la trampa y convenció a Monroe de rechazarla. Lo que Canning buscaba era que Washington se comprometiera a no adquirir ninguna parte de las antiguas colonias españolas, atando las manos norteamericanas en beneficio de los intereses británicos. La declaración fue unilateral, y Monroe se arrogó la tutela del hemisferio sin compartir el liderazgo con Londres. Así nació una doctrina que en su origen no fue anticolonial sino el acto fundacional de la disputa entre dos imperialismos sobre quién controlaría el nuevo mundo latinoamericano. La independencia de nuestros pueblos era, para ambas potencias, una oportunidad de penetración, no un derecho a respetar.

Doscientos tres años después, la Doctrina Donroe reproduce esa lógica con una diferencia de primer orden; la rivalidad entre Washington y Londres es ahora una asociación. El imperialismo anglosajón opera hoy como bloque integrado, con Estados Unidos como potencia hegemónica y Gran Bretaña como su brazo global de segunda línea, especialmente activo en el Atlántico Sur. Lo que en 1823 era competencia imperial se ha convertido en división del trabajo de gestión colonial. Pero esa asociación, como veremos, no está exenta de contradicciones propias que merecen análisis detenido, porque en esas contradicciones Nuestra América puede encontrar márgenes de maniobra que hoy no explota.

 

La red de acuerdos británicos al sur del ecuador

La Gran América del Norte hegsethiana no es un proyecto exclusivamente norteamericano. Tiene un socio histórico e indispensable en el Reino Unido, que mientras Washington construye su nueva cartografía imperial desde Miami, teje silenciosamente una red de acuerdos militares y estratégicos en América del Sur. Esa red tiene como función asegurar la retaguardia anglosajona en el Atlántico Sur, consolidar la ocupación colonial de Malvinas y bloquear cualquier contrapeso regional autónomo. No opera en un único plano sino en varios, con distinta densidad y formalización según el país.

Brasil es el socio más ambicioso. El 26 de marzo de 2026, cuatro días antes del discurso de Hegseth, los cancilleres Yvette Cooper y Mauro Vieira firmaron la Asociación Estratégica Brasil-Reino Unido 2026-2030 en los márgenes del G7. El documento eleva la relación a la categoría más alta de vínculo diplomático bilateral y establece en el plano de defensa la expansión del Acuerdo de Colaboración en Capacidades militares firmado en febrero de 2024, un diálogo Político-Militar en formato 2+2 con reuniones periódicas de los ministerios de Relaciones Exteriores y Defensa de ambos países, cooperación en tecnología militar con transferencia tecnológica, ejercicios conjuntos de Fuerzas Armadas y cooperación espacial. Brasil es la mayor potencia militar y económica de América del Sur y miembro activo de los BRICS. Incorporarlo como socio estratégico de defensa significa que Londres obtiene legitimidad, infraestructura y respaldo político de la potencia regional dominante en el Atlántico Sur. Que eso ocurra cuatro días antes de que Hegseth enuncia la Doctrina Donroe no es coincidencia, es coordinación.

Chile es el socio más antiguo y más operacionalmente activo. Los vínculos de defensa tienen raíz en 1982, cuando el régimen de Pinochet proveyó al Reino Unido inteligencia, alertas de ataques aéreos argentinos y facilidades para operaciones de las fuerzas especiales SAS y SBS, recibiendo a cambio misiles, radares y aviones de reconocimiento electrónico. Esa deuda histórica con Londres nunca fue saldada y sigue estructurando la relación. El Plan de Cooperación Bilateral en Defensa 2024-2025 incluye ciberdefensa, cooperación antártica, capacitación y entrenamiento; oficiales chilenos cursan programas en el Royal College of Defence Studies de Londres; y la Armada de Chile suscribió un acuerdo para el desarrollo de industria naval conjunta con el Reino Unido. Pero la dimensión más significativa y menos discutida es la logística operacional directa. Aeronaves militares británicas A400M Atlas de la Royal Air Force utilizan regularmente bases aéreas chilenas como escalas en sus misiones hacia las Malvinas y la Antártida. El 19 de enero de 2026, el A400M con registro ZM413 aterrizó en la base del Grupo N° 10 de la Fuerza Aérea chilena procedente de las islas. En diciembre de 2025, el ZM407 voló de Brasilia a Santiago. Las aeronaves ZM418 y ZM421 operaron en 2025 usando Montevideo, Santiago y Brasilia como escalas, todo ello sin anuncios oficiales ni declaraciones de las autoridades chilenas.

Bolivia representa el caso más reciente y el que mejor ilustra la dinámica de recomposición en el corazón del continente. El nuevo gobierno de Rodrigo Paz Pereira, electo en 2025 con una orientación de ruptura con el MAS, reorientó la política de defensa boliviana. Después de diecisiete años de relaciones militares suspendidas con los Estados Unidos, la nueva conducción señaló su disposición expresa a reactivarlas. China, que durante los gobiernos anteriores había sido el principal proveedor de equipamiento militar mediante donaciones y convenios de cooperación, cedió terreno ante una reorientación hacia la órbita anglosajona que completa el cuadro en el corazón del subcontinente.

Argentina es el caso más contradictorio. Baste señalar aquí que en 2025 actualizó un memorándum con el Reino Unido para ampliar la cooperación en narcotráfico, terrorismo, ciberseguridad e inteligencia, el primer instrumento bilateral de esa naturaleza desde la guerra de 1982.

Colombia y Perú participan con la Royal Navy en la Iniciativa de Submarinos Diésel-Eléctricos, ejercicio de guerra antisubmarina que opera desde 2001 y que integra de facto a las armadas de ambos países en la arquitectura de interoperatividad naval del Atlántico occidental que Londres contribuye a estructurar. Uruguay no tiene acuerdos formales de defensa con el Reino Unido, pero Montevideo aparece recurrentemente como escala de aeronaves militares británicas en sus operaciones hacia el Atlántico Sur.

La base de todo son los propios territorios de ultramar británicos: las Islas Malvinas usurpadas a la Argentina, con base aérea operacional, instalaciones de la Royal Air Force y sistemas de misiles; las Georgias del Sur y Sandwich del Sur (también usurpadas); la Isla Ascensión, base logística y de comunicaciones en el Atlántico Sur central con pista para aeronaves de largo alcance y sistemas de seguimiento satelital; Santa Helena; y el arco de territorios en el Caribe anglófono que incluye las Islas Vírgenes Británicas, Anguila, las Caimán, Montserrat, Bermuda y Turcos y Caicos. Estos no son residuos coloniales decorativos, son la infraestructura de una potencia que proyecta poder desde el Atlántico Sur hasta el Caribe, y que ninguna otra potencia extrahemisférica posee en esa extensión.

 

El petróleo de Malvinas: Navitas y la dimensión extractiva de la ocupación

Hay una dimensión del conflicto malvinense que raramente ocupa el lugar central que merece- La explotación de los recursos hidrocarburíferos en las aguas de las islas. Es allí donde la ocupación colonial adquiere su forma más concreta, más rentable y más reveladora de las articulaciones globales del proyecto imperial anglosajón.

El 10 de diciembre de 2025, las empresas Navitas Petroleum, de capital israelí y cotizada en la Bolsa de Tel Aviv bajo el control del empresario Gideon Tadmor, y Rockhopper Exploration, británica, tomaron la Decisión Final de Inversión para el desarrollo del yacimiento Sea Lion, en la cuenca norte de Malvinas. La inversión total asciende a 1.800 millones de dólares. Navitas, operadora con el 65% del proyecto, aportará 1.170 millones. La producción esperada es de 32.000 barriles diarios en la primera fase, con proyección de escalar hasta 200.000 mediante tres plataformas de producción flotante. El inicio está fijado para 2028, y Sea Lion es la cuarta reserva de petróleo no desarrollada más grande del mundo. Navitas no se detuvo allí, en enero de 2026 firmó un memorando de entendimiento para adquirir también el 65% de la licencia PL001 en la cuenca norte de Malvinas, adyacente al Sea Lion, con un potencial estimado de 3.100 millones de barriles en 1.126 kilómetros cuadrados. La expansión de la presencia israelí en las aguas malvinenses es sistemática. Navitas llegó a este proyecto luego de que Harbour Energy decidiera retirarse por exceso de exposición política y de capital. Fue la firma israelí la que cubrió el 100% de los costos de Rockhopper antes de la decisión de inversión, reviviendo un activo que estaba financieramente congelado desde hacía años.

La respuesta argentina fue formal pero tardía. El 11 de diciembre de 2025, la Cancillería rechazó las actividades como unilaterales e ilegítimas, señalando que vulneran las resoluciones de la Asamblea General de la ONU que exigen negociación entre Argentina y el Reino Unido sobre el diferendo soberano. Buenos Aires recordó que ambas empresas habían sido declaradas clandestinas y sancionadas con prohibición de operar en Argentina por veinte años, junto con cualquier empresa, institución financiera o aseguradora que participe en sus proyectos.

La reacción israelí expuso todas las contradicciones del tablero. El canciller Gideon Sa’ar reconoció que la actividad se desarrolla en un área en disputa soberana, pero argumentó que se trata de una empresa privada y que Israel no dispone de mecanismo legal para detener sus operaciones. La respuesta dejó al gobierno de Milei en una posición insostenible: el presidente argentino, aliado incondicional de Israel, protestaba formalmente contra una empresa israelí que extrae ilegalmente petróleo de aguas argentinas en disputa, mientras su gobierno negociaba simultáneamente un acercamiento defensivo con el propio Londres que autorizó esa extracción. El capital israelí opera los recursos malvinenses bajo licencias del gobierno colonial británico de las islas, sin ningún permiso argentino, mientras el gobierno de Milei mantiene con Israel una alianza incondicional y con Londres una negociación sobre el veto de armas a cambio de postura soberana más flexible. La articulación es reveladora de la naturaleza del sistema que se está construyendo sobre las aguas del Atlántico Sur.

 

La debilidad de la Royal Navy y el Suez al revés

Existe una paradoja en el corazón del proyecto imperial británico en el Atlántico Sur que tiene consecuencias estratégicas de primer orden. El Reino Unido está edificando una arquitectura de dominación regional precisamente en el momento en que su capacidad naval ha caído al punto más bajo de su historia moderna.

En apenas tres años, la Royal Navy retiró dos buques de asalto anfibio, cuatro fragatas, un submarino nuclear de ataque, cinco cazaminas y dos buques cisterna. El número de fragatas activas cayó a niveles sin precedentes en décadas. El único buque permanentemente desplegado en el Atlántico Sur desde principios de 2026 es el HMS Medway, una patrullera de la clase River, no una fragata de combate. El Centro de Análisis de Políticas Europeas calificó el año 2026 como el del camino hacia la humillación nacional para la Royal Navy, señalando que la flota no pudo enviar a tiempo un destructor para la defensa de Chipre cuando una base aérea británica fue atacada por drones en marzo.

El 1° de abril de 2026, el Primer Lord del Mar, General Sir Gwyn Jenkins, máxima autoridad de la Royal Navy, admitió públicamente que la armada no está lista para la guerra. Las declaraciones se produjeron en el preciso momento en que la administración Trump presionaba a Londres para enviar buques al estrecho de Ormuz en el marco de la guerra contra Irán. Trump llamó juguetes a los dos portaaviones británicos. Hegseth ridiculizó a la gran y temible Royal Navy por su ausencia en el conflicto del Medio Oriente. Y Trump le dijo públicamente a Starmer que consiguieran su propio petróleo, advirtiendo que los Estados Unidos no estarían ahí para ayudarlos. Ese intercambio, que podría leerse como un cruce diplomático incidental, es en realidad la expresión más cruda de la tensión estructural que recorre toda la relación angloamericana.

La paradoja se resuelve cuando se entiende que la debilidad naval de Londres no hace menos activo su proyecto imperial en el Atlántico Sur, sino que lo hace más dependiente de la red regional de acuerdos. La infraestructura política y logística construida con Brasil, Chile, Bolivia y Uruguay suple, temporal y funcionalmente, lo que la flota ya no puede proveer por sus propios medios. Es la estrategia de una potencia en declive relativo que administra sus recursos escasos con inteligencia colonial.

En ese contexto hay que leer el acontecimiento que aquí denominamos el Suez al revés. En 1956, cuando el Reino Unido, Francia e Israel invadieron Egipto para recuperar el control del Canal de Suez, Washington los forzó a retirarse mediante una presión financiera devastadora sobre la libra esterlina. Fue el momento en que Gran Bretaña entendió que la relación especial tenía jerarquías claras. En el fondo era una relación de potencia dominante a potencia subordinada, y el aprendizaje marcó toda la política exterior británica posterior: Londres necesita activos propios, posiciones propias, acuerdos propios para no quedar completamente a merced de las decisiones norteamericanas. En 2026, el Suez se invirtió. Cuando Trump exigió a Starmer las bases militares británicas para la ofensiva contra Irán, el primer ministro dijo No. Un No educado pero firme que, según el Washington Post, particularmente perturbó al presidente norteamericano. La potencia subordinada se negó a poner su infraestructura al servicio de la guerra de la potencia dominante. Es la primera fisura operacional documentada entre ambas metrópolis en el escenario actual.

 

Complementariedad hoy, fisura posible mañana

Llegamos al nudo del análisis. La red que Londres construye en el Atlántico Occidental opera hoy en perfecta complementariedad con la agenda norteamericana: los acuerdos con Brasil y Chile; la cadena logística aérea a Malvinas, con Uruguay; la explotación petrolera con capital israelí bajo licencia colonial británica; la presión sobre Argentina para el reconocimiento tácito de la presencia en las islas. Todo eso funciona en el mismo sentido que la Doctrina Donroe, y los plazos de los acuerdos más importantes, firmados días antes del discurso de Miami, sugieren coordinación deliberada.

Pero esa complementariedad presente no agota el análisis. La hipótesis que este ensayo propone con respaldo empírico es que la arquitectura que hoy construye Londres en el Atlántico Sur no es solo funcional a los intereses norteamericanos: está siendo edificada también como infraestructura de poder autónomo británico para un escenario de declive hegemónico de los Estados Unidos. Lo que hoy parece división de roles podría ser, en el mediano plazo, la construcción silenciosa de una posición británica independiente, aprovechando el espacio que la sobreextensión norteamericana deja vacante.

El mecanismo es el siguiente. Cuando Washington se expande desde Groenlandia hasta el ecuador y enuncia una doctrina hemisférica total, produce inevitablemente zonas de menor densidad de control en sus flancos. El Atlántico Sur es el flanco sur del sistema anglosajón: mencionado en la doctrina Donroe como zona de carga compartida para actores secundarios, pero no gestionado directamente por Washington. En ese espacio delegado, Londres avanza y consolida. La sobreextensión norteamericana, que Paul Kennedy analizó como el mecanismo histórico del declive de todas las grandes potencias, opera aquí como la condición que habilita la autonomización británica. Cuando un Imperio se expande más allá de su capacidad operacional, crea inevitablemente los márgenes en los que el siguiente actor en jerarquía puede construir posiciones propias.

La sobreextensión norteamericana no es solo geográfica. Tiene dos dimensiones entrelazadas; una crisis de sobre-compromiso militar y político que la guerra contra Irán profundiza, y una crisis de declive económico estructural producida por décadas de desindustrialización, financiarización y el ascenso de China como potencia sistémica. A esto se agrega una crisis política interna que potencia la debilidad. La administración Trump expresa un proyecto de gestión imperial profundamente contradictorios con otros con mucho poder (es la guerra civil interna). Las facciones que priorizan el Indo-Pacífico y la contención de China chocan con las que priorizan el hemisferio occidental. Quienes conciben a Europa como aliada estratégica enfrentan a quienes la tratan como carga a abandonar. Los que quieren preservar la OTAN disputan con los que la consideran obsoleta. La hegemonía no se sostiene solo con poder militar sino con coherencia estratégica, credibilidad institucional y capacidad de organizar alianzas. En los tres planos, Washington exhibe fisuras profundas.

El Reino Unido no está exento de sus propias contradicciones. El Brexit desintegró el consenso político que sostenía el modelo de Gran Bretaña como puente entre Europa y Washington. El gobierno de Starmer enfrenta presiones simultáneas e incompatibles; recomponer la relación con la Unión Europea, que le exige separarse del atlantismo incondicional, sostener la relación especial con un Washington que la convierte cada vez más en una relación de extorsión, y construir posiciones propias en el mundo post-OTAN que se perfila. Una encuesta YouGov de principios de 2025 reveló que solo el 37% de los británicos tiene una visión favorable de los Estados Unidos, el punto más bajo en décadas. En mayo de 2025, Londres firmó con la Unión Europea una Asociación para la Seguridad y la Defensa. En julio de 2025 suscribió un tratado de defensa bilateral con Alemania. Paralelamente avanza en el AUKUS con Australia. La diversificación estratégica británica es real y el Atlántico Sur es una de sus piezas más sólidas, construida con sus propios recursos y acuerdos, sin requerir autorización norteamericana.

La clave analítica está en que los activos que Londres consolida hoy en el Atlántico Sur son funcionales a Washington en el corto plazo pero no dependen de Washington para existir. Los acuerdos con Brasil y Chile, la cadena logística aérea, la explotación petrolera en Malvinas, los territorios de ultramar; todo eso pertenece a Londres y continuaría operando aunque la relación especial se deteriorara. Esa es exactamente la diferencia entre una arquitectura complementaria y una arquitectura autónoma que opera temporariamente de manera complementaria.

 

La variable OTAN: el escenario que reconfigura todo

La variable que potencia más decisivamente la hipótesis de la fisura posible es el futuro de la OTAN. Si los Estados Unidos abandonan la alianza, la vacían de contenido operativo o convierten los compromisos del Artículo 5 en condicionales al gasto en defensa del aliado, la relación entre Washington y Londres se reconfigura estructuralmente. Esa posibilidad ya no es hipotética. El vicepresidente JD Vance planteó en Munich en 2025 una visión que pone en duda el compromiso norteamericano con la defensa colectiva europea. Asesores de Trump han propuesto un modelo de OTAN dormida con compromisos mínimos activados solo en situaciones de crisis declarada. El Proyecto 2025 de la Heritage Foundation reveló otro ángulo de la competencia intra-imperial; uno de sus objetivos declarados era mantener al Reino Unido alejado de Europa y de su órbita. Washington no quiere una Londres autónoma y europeísta; quiere una Londres subordinada y atlantista. Ese objetivo define, por contraste, exactamente el campo en que la fisura podría profundizarse.

Una OTAN vaciada o abandonada por Washington no significaría el fin del vínculo bilateral angloamericano. Los Five Eyes de inteligencia, los acuerdos atómicos de 1958 y el AUKUS subsistirían. Pero sí alteraría profundamente su arquitectura. Sin la OTAN como ancla colectiva, Londres necesitaría construir alternativas propias, y el Atlántico Sur, donde ya tiene posiciones consolidadas, acuerdos de defensa activos y un proyecto petrolero en marcha en Malvinas, sería uno de los pilares centrales de esa redefinición. Las posiciones construidas hoy en articulación con Washington podrían mañana operar como activos independientes.

La historia de la relación angloamericana es, en el fondo, la historia de una rivalidad que nunca terminó del todo, apenas fue subordinada. Cuando los intereses divergen, Washington no duda en disciplinar a Londres, como lo demostró en Suez. Y cuando Washington se debilita, Londres construye posiciones que en otro contexto podría usar para sus propios fines. El No de Starmer sobre Irán no es una anécdota: es el primer signo visible de que esa lógica histórica sigue operando por debajo de la retórica de la alianza incondicional.

 

Argentina en el tablero

En este tablero, el rol de Argentina es el más contradictorio y el más decisivo. La administración Milei adoptó posiciones que se tensionan de una manera difícil de sostener en el tiempo. Mantiene el reclamo soberano sobre Malvinas como principio constitucional. Pero al mismo tiempo es uno de los socios más entusiastas de la agenda anglosajona en la región.Fue firmante del Escudo de las Américas que Brasil y Colombia no suscribieron; mantiene una alianza incondicional con Israel mientras ese Estado opera el mayor proyecto petrolero de la historia de las islas en aguas argentinas en disputa; participa de negociaciones en las que el levantamiento del veto de armas estaría condicionado a una postura soberana más flexible; solicitó el estatus de socio de la OTAN; y actualizó un memorándum de cooperación con el propio Reino Unido que ocupa militarmente el territorio que reclama.

La paradoja Navitas ilustra el círculo vicioso con brutalidad. Argentina protesta formalmente contra una empresa israelí que extrae ilegalmente su petróleo, mientras su gobierno mantiene una alianza incondicional con Israel y negocia con el Reino Unido que autorizó esa extracción el levantamiento del veto de armas a cambio de una postura soberana más flexible. La subordinación produce las condiciones de su propia profundización.

Argentina tiene, sin embargo, una posición objetiva de peso en este tablero que la política de Milei desperdicia. Posee la plataforma continental más extensa del hemisferio sur. Bordea el Atlántico Sur en más de cuatro mil kilómetros de costa. Proyecta soberanía sobre la Antártida a través de su sector polar. Es el punto de confluencia del Atlántico Sur, el Pasaje Drake y el acceso al Pacífico. Quien controla el posicionamiento argentino configura en gran medida la arquitectura de seguridad del Atlántico Sur. Como señalamos en Destinados por la Providencia, la subordinación de las élites locales a los proyectos imperiales de cada época no fue solo una imposición externa sino una elección política interna con consecuencias de largo plazo para la soberanía popular. La diferencia entre los que negocian la entrega y los que construyen la resistencia no es ideológica en abstracto, es la diferencia entre los que piensan el país como objeto de la historia y los que lo construyen como sujeto.

 

Nuestra América frente a la nueva Doctrina Monroe

La Doctrina Gran América del Norte es la formulación más franca del dominio imperial norteamericano desde la Segunda Guerra Mundial. Lo que Hegseth dijo en Miami el 30 de marzo de 2026 es lo que Washington siempre pensó, que América Latina es su patio trasero, que sus recursos son un activo del sistema de reproducción occidental, y que la soberanía de sus pueblos es una variable secundaria frente a los imperativos de su seguridad. La urgencia de formalizar esa doctrina es, paradójicamente, un síntoma de fragilidad. La multipolaridad emergente, con OCS, China como actor global y la resistencia del Sur Global, obliga a Washington a consolidar su hegemonía antes de que el tablero se reconfigure definitivamente en su contra.

La arquitectura de dominación en el Atlántico Sur no es monolítica ni estable. Hoy Washington y Londres operan en perfecta complementariedad. La Doctrina Donroe necesita la red británica al sur del ecuador para funcionar, y la red británica se beneficia del paraguas político de la doctrina norteamericana. Pero esa complementariedad lleva en su interior las condiciones de una fisura posible. La debilidad naval del Reino Unido confesada por su propio Primer Lord del Mar; el No de Starmer a Trump sobre Irán; la diversificación estratégica de Londres hacia Europa y el AUKUS; las contradicciones internas del trumpismo; la crisis de la relación especial: todo apunta a una relación angloamericana más tensa, más transaccional y más contradictoria de lo que la retórica de la alianza incondicional sugiere.

Para Nuestra América, la conclusión tiene dos dimensiones inseparables. La primera es la alerta ante la trampa de la sustitución. Una América del Sur que reaccione al dominio norteamericano buscando en Londres un contrapeso habrá cambiado de amo sin cambiar de condición. El libre comercio británico que reemplazó al monopolio colonial español en el siglo XIX no fue una liberación sino una recolonización bajo nueva bandera. La eventual divergencia entre las metrópolis no es, en sí misma, una oportunidad para nuestros pueblos, lo es solo lo es si existen sujetos políticos capaces de construir alternativas propias. Las tesis de algún trasnochado que propone elegir a los norteamericanos para confrontar con Reino Unido es igual de entreguista.

La segunda dimensión es la de la construcción urgente. La respuesta a la Gran América del Norte pasa por la defensa soberana de los recursos del Atlántico Sur y de la plataforma continental, por la articulación de Brasil, Argentina y los países del Mercosur como espacio de contrapeso real, por la reivindicación activa de Malvinas en todos los foros disponibles, y por la construcción de una inserción internacional que no pida permiso a ninguna metrópolis para existir.

La geografía que el Imperio dibuja para nosotros no es nuestra geografía. La patria grande que soñaron Bolívar, San Martín y Martí no termina en el ecuador: llega hasta el Cabo de Hornos, hasta las aguas de Malvinas, hasta el último recurso soberano que cualquier pueblo latinoamericano pueda defender como propio. Defenderla no es solo una causa nacional, es la condición de posibilidad de cualquier proyecto de soberanía popular en el siglo que estamos transitando.

 

Fernando Esteche

Fernando Esteche es dirigente del Encuentro Patriótico. Doctor en Comunicación Social (FPyCS-UNLP). Director de PIA Global. 

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