Eterno
20 de junio de 2026
Fue el barro convertido en magia, la mano y la gambeta que desafió imperios; Diego Armando Maradona vive en cada gol imposible y en el corazón del pueblo que lo ama inmortal.
Siempre creà que el 22 de junio de 1986 nació el amor incondicional del pueblo argentino con el Diego. Si bien la atracción hacia sus condiciones como jugador de fútbol venÃan de muchos años atrás, esa tarde, en el estadio Azteca por los cuartos de final del mundial y con Inglaterra como rival, Maradona empezó a erigirse como héroe nacional, como el fiel representante del sentir argentino.
Cuentan que ni bien se supo que el rival era Inglaterra, la concentración del equipo argentino cambió y Diego, capitán de aquel plantel, no estuvo ajeno a la situación. En los dÃas previos, los periodistas intentaron sacarle respuestas que tuvieran como eje discursivo lo que habÃa sucedido cuatro años atrás, cuando la guerra de Malvinas nos dejó con un dolor que perdura hasta nuestros dÃas. Diego, inteligente, esquivó esas preguntas con la misma habilidad con la que dejaba rivales tirados en el suelo y eligió la serenidad, aunque por dentro, su corazón explotaba, su alma ardÃa.
La mañana del partido Diego amaneció antes de lo que solÃa despertarse. La carga emotiva convertida en presión lo llevó a querer estar cuanto antes en el vestuario. Habló con sus compañeros y volvió a poner énfasis en el fútbol, en ese, su campo de batalla, en el cual no sólo habÃa que ganar un partido y seguir en el mundial, sino hacer honor a la memoria de los caÃdos, darle apenas un poco de alivio a sus familias y dejar a Inglaterra afuera, verla rendida.
Ya en el vestuario, su vendaje, el dibujo de un jugador en el piso hecho por el mismo Diego, la Virgen de Luján y todos los rituales previos estaban en orden. Cuando por fin tuvo que caminar al campo de juego, la imagen de Diego cambió, su figura pareció crecer. Cantó el himno y en un cerrar de ojos que pareció eterno, entendimos que para él no era un partido más. Alentó a sus compañeros y el puño cerrado los obligó a formar parte de su mismo sentir. El mismo con el que hoy y cada dÃa lo recordamos.
Lo que vino después fue sincerar su don natural al extremo. Dejar en ridÃculo a la colonia que se apropió de cuanto pudo a lo largo de su historia. Diego jugó aquel partido con todo un paÃs detrás, jugó por Chitoro, por la Tota, por sus compañeros, por quienes ya no estaban y sacó a relucir toda la rebeldÃa y la justicia de potrero. Por momentos pareció irse a sus sueños de niño, a los potreros de Fiorito, a sus primeros goles siendo cebollita, a esas noches abrazando su pelota de cuero descosida, pero volvió. Volvió, para continuar escribiendo su historia, nuestra historia, un vÃnculo indisoluble.
“Sentà que les estaba robando la billetera a los ingleses, como ellos nos robaron las Malvinas” dijo años después. Fue visceral, auténtico, fue Diego. El primero de sus goles, de nuestros gritos aquella tarde, fue con el puño más que con la mano. El mismo puño cargado de bronca contenida y colectiva.
Pero no le fue suficiente. Atravesado por el amor a la pelota, miró al cielo, respiró hondo y necesitó enmendar la trampa reciente. Quiso que el mundo lo vea. Entonces su figura nuevamente generó una atracción natural. Durante poco más de 10 segundos los ojos del mundo lo siguieron. Y cuando la pelota toco la red y le puso el punto final a la más hermosa declaración de amor al fútbol, hizo de su persona un estandarte inmortal.
De este lado del mundo, las injusticias se gritan fuerte, y cuando se les tuerce el rumbo se festeja, como uno o dos goles a Inglaterra en un mundial. Han pasado 40 años de aquel 22 de junio de 1986, pero no hay antes ni después para lo que se ha vuelto eterno.


