infoNativa

Informar también es una lucha


02 de mayo de 2026

La guerra de información redefine los conflictos: controla narrativas, percepciones y legitima acciones en escenarios bélicos y geopolíticos.

Fernando Buen Abad Dominguez

En el escenario bélico contemporáneo, la guerra de información no es un fenómeno secundario ni una dimensión de menor importancia en los conflictos, sino una de sus infraestructuras cruciales, en la que se disputa la producción, circulación y legitimidad del sentido.

En ella no solo se confrontan narrativas, sino que se organizan las condiciones mismas de inteligibilidad de la realidad social, de tal modo que la percepción colectiva deviene terreno estratégico donde se libra una lucha de clases intensificada.

La guerra, en su forma actual, ya no se limita al despliegue de fuerzas materiales sobre territorios físicos, sino que se extiende al control de los signos, las emociones y los marcos cognitivos que orientan la acción social. El campo de batalla se ha ampliado hasta incluir la subjetividad como espacio de ocupación.

Esta metamorfosis no puede ser entendida independientemente del desarrollo histórico del capitalismo, especialmente en su etapa de acumulación fundamentada en la preponderancia de la información, la comunicación y la finanza.

La expansión de las tecnologías digitales, lejos de constituir un horizonte neutral de democratización del conocimiento, ha sido apropiada de manera desigual por los grandes conglomerados corporativos y los aparatos estatales que, en estrecha alianza, han configurado una arquitectura global de vigilancia, segmentación y manipulación de audiencias.

En este contexto, la guerra de información se presenta como una práctica organizada que busca el dominio, donde la verdad no es un valor propio, sino un recurso que se usa según lo que sea más efectivo en la política y la guerra. La dimensión ideológica de esta guerra se manifiesta en la capacidad de imponer interpretaciones que naturalizan relaciones de dominación.

No se trata únicamente de difundir falsedades o de ocultar hechos, sino de establecer marcos narrativos que delimiten lo pensable, lo decible y lo imaginable. La saturación informativa, la fragmentación de la atención y la aceleración de los flujos comunicacionales operan como condiciones estructurales que dificultan la elaboración crítica y favorecen la adhesión acrítica a relatos simplificados.

En este sentido, la guerra de información no busca convencer mediante argumentos sólidos, sino producir efectos de realidad que se impongan por repetición, intensidad y omnipresencia. El papel de los medios de comunicación masiva y de las plataformas digitales resulta aquí central. Estos dispositivos no solo distribuyen contenidos, sino que configuran jerarquías de visibilidad y relevancia, determinando qué acontecimientos adquieren estatuto de “realidad” y cuáles permanecen en la penumbra.

La lógica algorítmica, lejos de ser un mecanismo técnico imparcial, codifica intereses económicos y políticos que priorizan la rentabilidad y la estabilidad del orden existente. Así, la selección y amplificación de determinadas narrativas responde a criterios que reproducen las asimetrías de poder propias del sistema capitalista global.

En el contexto bélico, esta dinámica se intensifica. Las operaciones de guerra se complementan con campañas de comunicación que intentan justificar la violencia, deshumanizar al oponente y forjar acuerdos a nivel interno e internacional.

La figura del enemigo se produce mediante dispositivos semióticos que lo presentan como amenaza absoluta, negándole complejidad y reduciéndolo a una caricatura funcional a la movilización emocional. Este proceso de deshumanización no es un efecto colateral, sino una condición necesaria para la aceptación social de la guerra. Al mismo tiempo, las propias víctimas se jerarquizan en función de su utilidad narrativa, invisibilizando sufrimientos que no encajan en el guion dominante.

Sin embargo, la guerra de información no es un monopolio absoluto de las clases dominantes. En su seno se despliegan también prácticas de resistencia que buscan disputar el sentido y abrir fisuras en la hegemonía. Colectivos de comunicación alternativa, periodistas independientes y movimientos sociales desarrollan estrategias para contrarrestar la manipulación mediática, produciendo relatos que restituyen la complejidad de los conflictos y visibilizan las voces silenciadas.

A pesar de tener enormes restricciones materiales, estas prácticas son manifestaciones de una conciencia de clase en desarrollo, que percibe en la batalla por el sentido un frente esencial de la lucha por la emancipación. La conciencia de clase, en este contexto, no puede reducirse a una mera identificación económica, sino que implica una comprensión crítica de los dispositivos simbólicos que estructuran la percepción social.

Reconocer la guerra de información como campo de disputa es un paso fundamental para desnaturalizar las narrativas dominantes y construir formas de conocimiento que no estén subordinadas a los intereses del capital.

Esta labor requiere de un trabajo conjunto de conocimientos mediáticos y semióticos que habilite a las mayorías sociales para reconocer las operaciones de manipulación y crear criterios de interpretación independientes. La dimensión internacional de la guerra de información añade una capa adicional de complejidad.

Las potencias globales no sólo compiten por recursos materiales, sino por la capacidad de definir el relato legítimo de los acontecimientos. Las instituciones multilaterales, lejos de constituir espacios neutrales, participan también en esta disputa, reproduciendo en muchos casos las correlaciones de fuerza existentes. La geopolítica del sentido se convierte así en un componente inseparable de la geopolítica tradicional, donde la producción de consenso internacional es tan relevante como el control territorial.

En el presente contexto, el concepto de verdad se halla en crisis, no debido a la desaparición de la posibilidad de conocer la realidad, sino a que los mecanismos de validación han sido colonizados por intereses particulares. La proliferación de versiones contradictorias no implica un relativismo absoluto, sino una intensificación de la lucha por la autoridad epistemológica.

La tarea crítica consiste en reconstruir criterios de verdad que se fundamenten en la coherencia, la evidencia y la responsabilidad ética, frente a la instrumentalización sistemática del discurso.

Desde una visión humanista, es necesario examinar la guerra de información no solo en función de su eficacia estratégica, sino también en función de sus impactos en la dignidad y la independencia de los individuos. La manipulación sistemática de la percepción colectiva constituye una forma de violencia que erosiona la capacidad de los sujetos para orientarse en el mundo y tomar decisiones informadas.

Esta violencia simbólica se suma a la violencia material de la guerra, configurando un escenario donde la desposesión no es únicamente económica, sino también cognitiva y afectiva.

Sin embargo, la crítica de la guerra de información no solo debe enfocarse en señalar sus abusos, sino que también tiene que señalar las estructuras que la permiten. Esto implica cuestionar la concentración de los medios de producción comunicacional, la opacidad de los algoritmos y la subordinación de la información a la lógica del lucro. La democratización de la comunicación se presenta como una condición indispensable para la construcción de sociedades más justas, donde la circulación del conocimiento no esté mediada por intereses que perpetúan la desigualdad.

Simultáneamente, es imperativo reconocer que la metamorfosis de estas estructuras no se alcanzará exclusivamente a través de reformas técnicas o normativas, sino a través de procesos de organización y lucha que articulen a los sectores subalternos en torno a proyectos emancipadores. La guerra de información, en última instancia, refleja la contradicción fundamental entre capital y trabajo en el terreno de la producción simbólica. La disputa por el sentido es inseparable de la disputa por las condiciones materiales de existencia.

En consecuencia, la respuesta a la guerra de información no puede ser meramente defensiva. Es necesario crear una forma de comunicarse que no solo cuestione las historias dominantes, sino que también ofrezca nuevas formas de entender las cosas, que puedan unir a las personas para lograr un cambio social.

Esta praxis debe combinar rigor analítico, creatividad estética y compromiso político, evitando tanto el dogmatismo como la banalización. La producción de sentido no es un acto espontáneo, sino una tarea histórica que exige organización, disciplina y conciencia.

Una guerra de información en el escenario bélico contemporáneo representa un escenario estratégico en el que se desarrolla la construcción de la realidad social. Su análisis revela la centralidad de la lucha de clases en la producción de sentido y la necesidad de desarrollar formas de conciencia que permitan a las mayorías sociales resistir y transformar las condiciones de dominación simbólica. Frente a la colonización de la subjetividad por parte del capital, la afirmación de una racionalidad crítica y solidaria se presenta como una exigencia ética y política ineludible.

Sólo así será posible abrir caminos hacia una comunicación verdaderamente emancipadora, donde la palabra deje de ser instrumento de guerra para convertirse en herramienta de liberación colectiva. La guerra de información, en el contexto específico de la agresión militar conjunta de Estados Unidos e Israel contra Irán en 2026, no puede analizarse como un simple acompañamiento discursivo de las operaciones bélicas, sino como una dimensión estructural de la ofensiva misma, inseparable de sus objetivos materiales, geopolíticos y de clase.

A partir del comienzo de los bombardeos coordinados el 28 de febrero de 2026, dirigidos no solo a instalaciones nucleares, sino también a centros de mando, infraestructura energética y liderazgo político de Irán, la generación de sentido ha funcionado como una condición de posibilidad para legitimar, naturalizar y propagar la violencia. El discurso dominante ha organizado la inteligibilidad del conflicto bajo el eje de la “amenaza nuclear”, presentando la agresión como una acción preventiva necesaria frente a un peligro inminente.

Sin embargo, incluso evaluaciones de inteligencia citadas en el propio aparato estatal estadounidense han reconocido que la capacidad de Irán para desarrollar armamento nuclear operativo no era inmediata, lo que revela una brecha entre la narrativa pública y las condiciones materiales verificables.

Esta brecha no es accidental: constituye el núcleo mismo de la guerra de información, cuya función no es describir la realidad, sino producir un régimen de verdad funcional a la acumulación de poder. La construcción del enemigo ha sido uno de los dispositivos centrales de esta guerra semiótica. Irán ha sido presentado como una entidad homogénea, despojada de contradicciones internas, cuya única racionalidad sería la expansión agresiva y la amenaza global.

Esta reducción permite invisibilizar tanto las dinámicas sociales internas —incluyendo conflictos de clase, protestas y tensiones políticas— como las condiciones históricas que explican su posicionamiento geopolítico. La eliminación simbólica de la complejidad es el paso previo a la legitimación de la eliminación material.

Simultáneamente, la agresión ha sido caracterizada como una operación quirúrgica dirigida a metas estratégicas precisas, cuando en realidad ha conllevado la devastación de infraestructura civil, el fallecimiento de miles de individuos y la desestabilización de toda una región. Las cifras de emisiones generadas por la destrucción de ciudades, depósitos de combustible y maquinaria militar —equivalentes a millones de toneladas de CO? en pocas semanas— no sólo evidencian el impacto ecológico del conflicto, sino también el silenciamiento sistemático de sus consecuencias globales en los relatos dominantes.

La guerra de información opera aquí como un dispositivo de invisibilización selectiva: lo que no se nombra, no existe políticamente.

Con la dimensión energética del conflicto se revela, con particular claridad, la articulación entre guerra material y guerra de información. Los ataques a infraestructuras clave como el campo gasífero de South Pars —responsable de una porción sustancial del suministro energético iraní— no sólo tienen efectos militares, sino que reconfiguran el mercado global de energía, generando alzas de precios y redistribuciones de renta a escala planetaria.

En este contexto, la liberación de reservas estratégicas de petróleo por parte de Estados Unidos, presentada como una medida técnica para estabilizar mercados, encubre una operación de gestión de crisis que beneficia a grandes corporaciones energéticas y refuerza su posición en el sistema mundial. La narrativa de la “seguridad energética” funciona como legitimación ideológica de un reordenamiento económico que reproduce la lógica de acumulación del capital.

Hoy la guerra de información no se limita al plano mediático tradicional, sino que se extiende al dominio digital y cibernético. Las operaciones llevadas a cabo por Estados Unidos e Israel han comprendido la interrupción de los sistemas de comunicación iraníes, el sabotaje de las infraestructuras informáticas y la intervención en plataformas de uso cotidiano, tales como aplicaciones religiosas o medios de difusión gubernamentales.

Estas acciones no sólo buscan debilitar la capacidad operativa del adversario, sino intervenir directamente en la producción de subjetividad, alterando los flujos de información disponibles para la población y condicionando su percepción del conflicto. La guerra, en este nivel, se libra en la arquitectura misma de la experiencia.

Y la insistencia en el cambio de régimen en Irán, explícitamente formulada en declaraciones oficiales, revela que el objetivo no se limita a la neutralización de capacidades militares, sino a la reconfiguración del orden político interno en función de intereses externos.

Y la conciencia de clase, en este contexto, exige una ruptura con las formas de percepción inducidas por la guerra de información. Implica reconocer que la producción de sentido está atravesada por relaciones de poder y que la comprensión del conflicto requiere situarlo en la totalidad de las relaciones sociales que lo hacen posible. Esta conciencia no se construye de manera espontánea, sino a través de procesos de organización, educación crítica y práctica colectiva que permitan a las mayorías sociales apropiarse de los medios de producción simbólica.

La tarea crítica consiste, entonces, en desarticular los dispositivos que naturalizan la guerra, visibilizar sus consecuencias materiales y simbólicas, y construir narrativas alternativas que restituyan la complejidad del mundo social. No se trata de sustituir una propaganda por otra, sino de abrir un espacio de inteligibilidad donde la verdad no sea un instrumento de dominación, sino una herramienta de emancipación.

Toda la guerra de información en la agresión contra Irán revela que el capitalismo contemporáneo no sólo se sostiene mediante la explotación de la fuerza de trabajo y el control de los recursos materiales, sino también mediante la colonización de la conciencia.

La lucha por la emancipación, por tanto, no puede limitarse al plano económico, sino que debe extenderse al campo de la producción simbólica, donde se define qué es la realidad y quién tiene el poder de nombrarla. Sólo en esa articulación entre crítica material y crítica semiótica podrá abrirse la posibilidad de una praxis verdaderamente transformadora, capaz de enfrentar no sólo la guerra de armas, sino la guerra por el sentido que la hace posible.

 

 

 

Fernando Buen Abad Dominguez

Fernando Buen Abad Domínguez es mexicano de nacimiento, (Ciudad de México, 1956) especialista en Filosofía de la Imagen, Filosofía de la Comunicación, Crítica de la Cultura, Estética y Semiótica. Actualmente es Director del Centro Universitario para la Información y la Comunicación Sean MacBride y del Instituto de Cultura y Comunicación de la Universidad Nacional de Lanús

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