La escuadra del monte
13 de septiembre de 2025
Un relato de resistencia donde la memoria y la lucha se entrelazan en el borde del conurbano bonaerense.
Concluimos al fin que no podrÃamos estar en Moreno. Si bien veÃamos el escenario favorable, ya que el acceso por el flanco sudoeste era el menos considerado por los federales, nuestras filas se reducÃan a solo dos personas: Karpov y yo.
Los dÃas se habÃan precipitado en el último tiempo como se queman las hojas secas de aquel monte que nos habÃa visto nacer a la lucha armada. Los errores en el campo de batalla, devenidos en derrotas por parte del enemigo, habÃan despertado el ánimo de viejas estructuras organizativas que, al encontrar una ventana de oportunidad, se disponÃan a dar término a los salvajes colonos.
En los dÃas previos a Moreno, el ataque en La Paz fue clarificador respecto de la defensa y capacidad de reacción de los que pretendÃamos derrotar. Escuálidos escudos y nula planificación de repliegue los habÃan puesto en ridÃculo ante ataques no letales (vegetales). La posterior validación popular de la arremetida demostraba también que ese tipo de hechos provocaban heridas que no curaban fácilmente. El daño causado no solo se podÃa cuantificar de inmediato —en la velocidad de la moto—, sino también a largo plazo, en la legitimidad perdida.
Los años de peregrinaciones a la patrona de la patria nos daban un conocimiento casi total del trayecto que debÃamos cubrir desde el monte hasta el teatro de operaciones. Karpov conocÃa el resto gracias a su trabajo de vendedor en una fábrica de bombas de agua. Le habÃan asignado toda la zona oeste del conurbano cuando comenzó: era el bautismo de los vendedores. No habÃa ferreterÃa que no conociera en Moreno, La Matanza, Morón o Ituzaingó.
SaldrÃamos a pie la tarde anterior, de Cañuelas a Las Heras, por tierra. Allà el profesor nos esperaba para provisiones y descanso en el fondo de su casa. El profesor, en los años de peregrinaciones y campamentos anuales, se habÃa destacado en tareas de aprovisionamiento y postas de descanso. Bajo su atención no hubo tropa desabastecida. A media mañana nos separarÃamos en dos grupos, uno irÃa en tren y otro, en colectivo. Nos volverÃamos a encontrar ya iniciados los ataques.
No dudamos un instante con Karpov de quiénes conformarÃan la escuadra de lanzadores. Era nuestro fuerte y única forma de ataque: de lejos, siempre de lejos. Pablo, a cien metros, bien de “llovidita” y sin viento, no erraba un piedrazo; lo mismo el Pantera. Los tres Soto tenÃan ametralladoras en los brazo, fuerza y velocidad, precisión difusa, no más de cincuenta metros de alcance certero, pero corrÃan rápido.
No pudimos dar con ninguno. Pablo, guardiacárcel en Batán hacÃa diez años. El Pantera se habÃa hecho adventista, priorizaba la palabra por sobre la acción directa. De los Soto, ni noticia. La última vez que la hermana los habÃa visto —hacÃa siete años aproximadamente— se estaban yendo a hacer una changa a EnergÃa, cerca de Necochea.
Las horas pasaban. Karpov repasaba los nombres del piberÃo en voz alta por si aparecÃa el reemplazo natural, pero no: los únicos buenos con la piedra eran ellos.
En Moreno no hubo batalla, la escuadra del Monte Mateo nunca llegó y parece que no habÃa nadie más dispuesto al enfrentamiento que nosotros, se supo que un botellazo alteró la paz impuesta y dejó con un fuerte dolor de cabeza a un trabajador de prensa; en lo que respecta al enemigo, tuvo que esperar unos dÃas para conocer otra derrota, esta última, bajo el simulacro democrático del sufragio.
Los años de juegos y excursiones en el Monte Mateo pasaron y la canchita del barrio son casas que amplÃan el ejido. Aun asÃ, de vez en cuando, seguimos imaginando batallas donde hay algún villano que vencer.


