infoNativa

La escuadra del monte


13 de septiembre de 2025

Un relato de resistencia donde la memoria y la lucha se entrelazan en el borde del conurbano bonaerense.

Agustín Sosa

Foto: Luis Valenzuela

Concluimos al fin que no podríamos estar en Moreno. Si bien veíamos el escenario favorable, ya que el acceso por el flanco sudoeste era el menos considerado por los federales, nuestras filas se reducían a solo dos personas: Karpov y yo.
Los días se habían precipitado en el último tiempo como se queman las hojas secas de aquel monte que nos había visto nacer a la lucha armada. Los errores en el campo de batalla, devenidos en derrotas por parte del enemigo, habían despertado el ánimo de viejas estructuras organizativas que, al encontrar una ventana de oportunidad, se disponían a dar término a los salvajes colonos.

En los días previos a Moreno, el ataque en La Paz fue clarificador respecto de la defensa y capacidad de reacción de los que pretendíamos derrotar. Escuálidos escudos y nula planificación de repliegue los habían puesto en ridículo ante ataques no letales (vegetales). La posterior validación popular de la arremetida demostraba también que ese tipo de hechos provocaban heridas que no curaban fácilmente. El daño causado no solo se podía cuantificar de inmediato —en la velocidad de la moto—, sino también a largo plazo, en la legitimidad perdida.

Los años de peregrinaciones a la patrona de la patria nos daban un conocimiento casi total del trayecto que debíamos cubrir desde el monte hasta el teatro de operaciones. Karpov conocía el resto gracias a su trabajo de vendedor en una fábrica de bombas de agua. Le habían asignado toda la zona oeste del conurbano cuando comenzó: era el bautismo de los vendedores. No había ferretería que no conociera en Moreno, La Matanza, Morón o Ituzaingó.

Saldríamos a pie la tarde anterior, de Cañuelas a Las Heras, por tierra. Allí el profesor nos esperaba para provisiones y descanso en el fondo de su casa. El profesor, en los años de peregrinaciones y campamentos anuales, se había destacado en tareas de aprovisionamiento y postas de descanso. Bajo su atención no hubo tropa desabastecida.  A media mañana nos separaríamos en dos grupos, uno iría en tren y otro, en colectivo. Nos volveríamos a encontrar ya iniciados los ataques.

No dudamos un instante con Karpov de quiénes conformarían la escuadra de lanzadores. Era nuestro fuerte y única forma de ataque: de lejos, siempre de lejos. Pablo, a cien metros, bien de “llovidita” y sin viento, no erraba un piedrazo; lo mismo el Pantera. Los tres Soto tenían ametralladoras en los brazo, fuerza y velocidad, precisión difusa, no más de cincuenta metros de alcance certero, pero corrían rápido.
No pudimos dar con ninguno. Pablo, guardiacárcel en Batán hacía diez años. El Pantera se había hecho adventista, priorizaba la palabra por sobre la acción directa. De los Soto, ni noticia. La última vez que la hermana los había visto —hacía siete años aproximadamente— se estaban yendo a hacer una changa a Energía, cerca de Necochea.

Las horas pasaban. Karpov repasaba los nombres del piberío en voz alta por si aparecía el reemplazo natural, pero no: los únicos buenos con la piedra eran ellos.
En Moreno no hubo batalla, la escuadra del Monte Mateo nunca llegó y parece que no había nadie más dispuesto al enfrentamiento que nosotros, se supo que un botellazo alteró la paz impuesta y dejó con un fuerte dolor de cabeza a un trabajador de prensa; en lo que respecta al enemigo, tuvo que esperar unos días para conocer otra derrota, esta última, bajo el simulacro democrático del sufragio.

Los años de juegos y excursiones en el Monte Mateo pasaron y la canchita del barrio son casas que amplían el ejido. Aun así, de vez en cuando, seguimos imaginando batallas donde hay algún villano que vencer.

Agustín Sosa

Agustín Sosa es locutor, periodista y militante político del Encuentro Patriótico. 

Compartir esta nota en