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Aburridos democráticos y peligrosos


03 de octubre de 2026

Mientras las redes anuncian el crecimiento de Bregman y la Izquierda disputa el lugar que dejó vacante el kirchnerismo, todos parecen muy ocupados en decidir quién representa mejor lo que ya existe. Casi nadie se pregunta qué pasaría si, en lugar de disputar el lugar, nos animáramos a imaginar otro.

Agustín Sosa

Desde hace un buen tiempo a esta parte, los que vivimos consumiendo contenido político en redes sociales y medios de comunicación, nos venimos enterando que la imagen positiva de Myriam Bregman y, por consiguiente, de la Izquierda institucional, crece incesantemente. Basados en guarismos algorítmicos, los difusores de esa buena imagen ubican a la referente en un lugar exclusivo y avizoran que esa buena imagen puede traducirse en una candidatura presidencial con chances de victoria.
En primer término cabe preguntarse, ¿quiénes somos los que consumimos contenido político? ¿es contenido político eso que consumimos? ¿existe un correlato de eso que se nos expone en redes sociales con la realidad? ¿la realidad de quiénes, de cuántos?

Pensemos que el universo que nos muestran las redes está reducido a aquello que el algoritmo ha detectado como nuestra preferencia y que lo que creemos como político no es más que la expresión permitida de un sistema democrático desgastado, incapaz y excluyente solo beneficioso para la dirigencia que lo utiliza.
Por consiguiente, el punto de encuentro entre lo que las redes muestran como realidad y la realidad es mínimo. En ese pequeño punto de encuentro se expresa la Izquierda institucional, que no por mínimo es inexistente o irrelevante: genera corporalidad, demuestra vocación de lucha y puede unificar sectores en conflicto.

Con Bregman como líder emergente y el relativo protagonismo de la Izquierda en las luchas que se desatan en un país sumido en una crisis económica que condena a la sociedad al hambre, la exclusión, la muerte y a tristezas y desventuras trágicas, ¿qué disputa la Izquierda? ¿a quién le disputa qué cosa?

En 1983 el poder real, que rige los destinos de los pueblos oprimidos, le otorgó a nuestro país (como si fuera una bendición) la democracia que hoy conocemos y en la cual nos gobernamos (¿?). En efecto es una pieza teatral cuyo argumento no varía, solo alternan papeles los actores de la misma compañía teatral que la viene llevando a cabo desde entonces.
Uno de los actos de esa obra es aquel donde una fuerza política representa a un vasto sector de la sociedad y lucha por una mayor asignación de derechos, redistribuir algo mejor los ingresos y hacerle un poco más fácil la vida a los sectores más postergados. La fuerza política que se constituye como representante de esa idea que se ubica del centro a la izquierda del espectro democrático contiene a organismos de derechos humanos, colectivos artísticos y culturales, organizaciones sociales, agrupaciones políticas, intelectuales, sindicatos y minorías varias.

Hasta 2015 quien representó ese papel fue el kirchnerismo, por haber obtenido el gobierno en 2003 y efectivamente haber llevado adelante una agenda de ampliación de derechos y mejora concreta en los ingresos de los más postergados, pudo hegemonizar el espectro dando a las fuerzas de Izquierda un rol secundario y marginal.
Ocurre que desde 2015 a esta parte, ¡once decadentes años!, el kirchnerismo se descompone y desfigura sin pausa, olvidado de sí mismo se disfuma en discusiones e internas que solo garantizan la supervivencia de la dirigencia que lo habita, incluso a costa de que su máxima referente sea una presa política. Y tras cartón, su escisión más robusta, Kicillof, no da señal alguna de que el progresismo o izquierda sea algo que tenga contemplado, como no tiene contemplado condenar el genocidio en Gaza.

Hoy, la escena de lucha por ampliación de derechos está en disputa y Myriam Bregman y la Izquierda democrática quieren protagonizarlo, creen que pueden y vienen haciendo votos para ello. El kirchnerismo va a la ONU y Kicillof se abraza con Cúneo.

Todos luchan por el protagónico de un acto de una obra que cada vez ve menos gente, la entrada es muy cara y el final es horrible.
Pero absolutamente nadie de la dirigencia política piensa en cambiar el libreto ni hacer otra obra, nadie invita a imaginar otros mundos posibles ni mucho menos a luchar por el poder.

Será el pueblo, entonces, quien deba tomar su destino en sus manos, asumir el poder y construir otro mundo posible.

Agustín Sosa

Agustín Sosa es locutor, periodista y militante político del Encuentro Patriótico. 

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